tabTenía intención de viajar hasta allí. Era algo a lo que llevaba mucho tiempo dándole vueltas, hasta que aquella calurosa mañana de agosto me decidí. Me dije a mí mismo que si no lo hacía pasaría el resto de mi vida preguntándome cómo habría sido.tabEstaba en la estación. Justo unos días antes me había comprado un disco que hablaba también de viajes y autobuses y, por ironías de la vida, lo estaba escuchando cuando ví llegar mi vehículo. Me asusté. Aquello distaba mucho de ser el mejor autobús visto por mis ojos, ni tan siquiera rozaba la media del resto de los viejos cacharros motorizados que descansaban en aquellas dársenas. Aunque por entonces desconocía que varios contratiempos alargarían el viaje hasta una semana, sí que desde un primer momento tuve intención de que fuese largo. Si sumamos dicha idea a lo que en ese instante estaba viendo, tenemos como resultado una ligera sensación de incertidumbre con expectativas de ir a peor.
tabSegún mi billete, me correspondía el asiento 49. Dejé las maletas en el maletero y subí. Estaba bastante retrasado, vaya, en la última fila. Me agobié bastante al estar sentado justo en la esquina trasera, aunque intenté ser positivo.
- Estupendo, me ha tocado ventanilla.
tabEl autobús iba completamente lleno. A mi izquierda se sentó un tipo medio calvo de unos cuarenta y tantos años vestido al estilo heavy metal. Desde el primer momento en que lo ví, su mandíbula estuvo prieta y sus morros ligeramente sacados, expresión que no borraría de la cara hasta pasada la semana. Inevitablemente pensé que su rancio aspecto no encajaba para nada con el cuerpo que los años le habían dibujado, pero lo cierto es que, al igual que la expresión de la cara se mantuvo intacta, pasé la semana sin hacer ningún comentario referido a su aspecto. El tipo se sentó, colgó unos auriculares de sus oídos y comenzó a asentir con su cabeza al ritmo de la música – heavy, supuse.
tabPoco a poco un entorno viciado comenzó a rodear mi ansiado y esperado viaje, aunque todo empeoró cuando aquel ruinoso vehículo se puso en marcha. El motor, que para colmo estaba situado a escasos centímetros de mis pies, emitía un ruido extraño y desagradable en comparación con la idea que yo tengo sobre el ruido que hacen los motores. Era mucho más parecido a una trituración de vacas que a una combustión de gasóleo. Pocos minutos hicieron falta para que aquel demoníaco ruído se introdujese en mis oídos y bombardease lo que me quedaba de cerebro. Para colmo, la temperatura se elevó rápidamente y claro, el troncomóvil carecía de cualquier tipo de sistema de refrigerio. En aquel mismo instante deseé algo frío, algo gélido. Una vez más la vida se tomó muy a pecho mi ruego, pues a partir del segundo día el paisaje se tiñó de blanco, y no paré de helarme en cada parada que hizo el autobús. Era como si la Antártida y el desierto de Utah estuvieran separados únicamente por una puerta churretosa.
tabProbablemente, aquella fue la semana de mi vida en la que menos me he movido, fue casi como estar en cuarentena por un virus capaz de destruir la Tierra. Desde entonces tengo un pitido en los oídos que escucho sólo cuando estoy en silencio, y que sabiamente me recuerda el porqué nunca más he vuelto a pisar un autobús.
