Cuando hube finiquitado las playas atlánticas comencé a desesperarme. Había llegado al ecuador de mi recorrido sin más resultado que petados de playa con pronunciados escotes masculinos y peinados preocupantemente sugerentes. Esto fue así hasta el glorioso momento en que puse pie en El Puerto de Santa María.
Lo primero con lo que me topé al quemarme con la arena de la playa de Valdelagrana fue una morenita de pechos anormalmente extensos y bien colocados tostándose al Sol. La miré descaradamente con cara de vicio. Luego vi a un grupo de chavales molestando al resto de bañistas con los berriazos que le propinaban a un jabulani homologado. Al principio parecían los típicos pervertidos pringados de playa: blancuzcos de piel, quemados como salchichitas a la plancha y con físicos oscilantes entre lo chuchurrío y el forrondonquismo. Pero amigo mío, esta primera impresión fue del todo engañosa. Cuando aquel jabulani homologado comenzó a recorrer sus pies todo cambió. Estos tenían talento de verdad: sus piernas estaban bañadas por ríos de pura magia.
Fue entonces cuando saqué mi cámara de vídeo profesional y les robé unos segundos plagados de destellos. Seguidamente no me resistí y les ofrecí un contrato profesional y reglamentario para ingresar en las filas de los Bafana Bafana. Aceptaron a regañadientes.
Los tengo alojados en el Hostal La Noriega. Me han prometido que próximamente van a rodar un nuevo vídeo aquí en tierras tarugas. Hasta que lo completemos os dejó con el pequeño metraje que extraje de aquel mágico momento en la playa de la Valdelagrana.
Hasta pronto amiguitos.
