domingo, 21 de noviembre de 2010

La historia de un segundo

Al primer segundo le siguió un segundo. Es decir, un segundo segundo, con sentido ordinal. Aunque espera, ahora que lo pienso, temporalmente también pasó justamente un segundo. Un segundo de tiempo colocado en segundo lugar… sí, algo así.

El caso es que a ese segundo le siguió un tercero, y al tercero un cuarto. Cuando quiso darse cuenta el tiempo se había puesto en marcha.

Al principio no tenía demasiado claro que aquello fuese bueno. Ahora se podía mover, podía emitir sonidos, podía tocar cosas, y sentirlas. En definitiva, se sentía vivo.

Sin embargo aquello del tiempo le incomodaba. Había perdido el control. La mayor parte de las cosas ya no dependían de él. Más bien solo él dependía de sí mismo. Todo cuanto le rodeaba se movía, sonaba, tocaba y sentía a su propia manera.

Aquello le incomodaba.

Poco a poco se fue dando cuenta de una cosa. Todo aquello que le rodeaba no le era completa y absolutamente ajeno. Descubrió que podía obtener respuestas en función de sus actos. Así empezó a dominar su entorno.

Llegó hasta un punto de dominio en el que volvía a creerse con el control de todo. Se tenía a sí mismo como herramienta, y todo lo demás estaba a su merced.

Cuando se vio en lo más alto algo salió mal. Lo que en numerosas cosas había funcionado no lo hizo en aquella ocasión. No sabía decir si el comportamiento de su entorno había variado o simplemente él hizo algo mal sin percatarse. Fue ahí cuando descubrió el dolor.

El dolor no le gustaba. Le parecía lo peor que le podía pasar. Volvió al punto de partida: volvió a no comprender nada.

Después el dolor se fue curando. Se cuidó en ser más atento y no fiarse de su entorno. Él lo necesitaba, pero no sabía en qué momento podía volvérsele en su contra. Aprendió a ser cauto.

El dolor volvió en más ocasiones, pero cada vez de forma más localizada y con intensidad atenuada. Se recuperó una y otra vez al dolor. Sin darse cuenta se había producido un cambio en su interior: conforme más crecía el respeto más decrecía el miedo hacia el dolor. Aprendió a respetarlo al mismo tiempo que lo afrontaba sin miedo.

Se hizo fuerte. Se hizo cauto. Comprendía su entorno y lograba sobrevivir en él, aunque ello supusiera alguna dosis de dolor.

Al final comprendió que aquello no era ni bueno ni malo: era único. Sentirse vivo no podía compararse a ninguna otra cosa.

Y el tiempo siguió pasando.

Cinco, cuatro, tres, dos, uno…

domingo, 7 de noviembre de 2010

Pizarras, trifásicos... y un par de cartulinas

Tuvimos ayer una tarde chusca en mi piso. Eva, mi nueva pisañera, decidió iniciar una peregrinación a un establecimiento regentado por chinos que hay cerca de casa. Lo que en principio iba a ser una visita rápida y casual terminó por convertirse en un compendio de idas y venidas que nos mantuvo entretenidos.

El primero de los viajes lo realizó ella. Yo me limité a encargarle un ladrón trifásico (que desde que he descubierto que se llaman así no paro de repetir la palabra siempre que tengo ocasión). La cuestión es que volvió de comprar al cabo de una media hora y trajo consigo, además de otros enseres de manualidades y decoración, una pizarrita de estas de rotula.

La idea me caló pronto, así que minutos después me dispuse a comprarme una propia, además de otro ladrón trifásico. Por si acaso. Al instante mismo de que la pizarra de Eva fue pegada en una de las paredes de su cuarto, se podían leer ya varios millares de 'cosas por hacer'. Así pues, esta vez recibí yo el encargo de comprarle a ella una segunda pizarra.

Cuando llegué al chino no logré encontrar el modelo de pizarra que Eva había comprado, así que me decanté por otro con un bordecito de madera molongo molongo. Además, compré otro trifásico y unas cartulinas que me entraron por el ojo y que ya veré qué uso les doy.

Una vez en casa, con la segunda compra hecha descubrí que, al parecer, Eva odia la madera. Esto provocó un tercer y definitivo viaje con el único fin de descambiar la pizarra con borde de madera (como la mía) por otro más simple y moderno. Y es que Eva es simple pero muy moderna.

Y así echamos la tarde.

El resultado de todo esto es que justo en frente de mi escritorio ahora tengo instalada una pizarra de dudosa calidad y cuya utilidad queda en entredicho. En cualquier caso, aquí os la presento.



Con respecto al vídeo solo me queda añadir un par de cosas. La primera es que he usado vilmente la técnica de Álvaro Carmona. La segunda es que hay un yerro en el título de la canción de Pájaro Sunrise: es "Beggar/Lover", con erre final angolsajona ahí güena.

Sed felices.