miércoles, 28 de octubre de 2009

Sólo el «que»... mis cojones, Lorca

Lorca fue un maricón. Bueno claro, es posible que mi acusación no se interprete en la acepción apropiada. Lo que yo quiero decir es que no sólo era gay, también un cobarde de tomo y lomo. Sé que esto que digo puede levantar suspicacias. Como si lo oyera: «oye tío, cómo dices eso, estás hablando de una de las cimas de la poesía del 27, el perfecto matrimonio entre la tradición culta y la popular hecho poesía, un pionero de la exploración en la persona humana y en el sentido de vivir…». Sí, si yo todo eso lo acepto, pero créanme cuando les digo que cambiarán de opinión al escuchar el motivo que me lleva a tachar a este mito literario de medroso, pusilánime y vil cagueta.

Comenzaré contando la historia tal y como la conocen los manipulados libros de historia literaria. Existe un verso de Rubén Darío que debe su fama a un comentario que Lorca hizo de él. El verso en concreto pertenece al poema Responso a Verlaine y reza tal que así: «Que púberes canéforas te ofrenden el acanto». La anécdota sobre el citado comentario —para mí la génesis de esta trascendental controversia— consistía en que cuando Lorca lo escuchó por primera vez, el poeta granadino dijo que de todo el verso sólo entendía el «que».

Pues bien, hoy os traigo una tan realidad fría como un témpano de hielo, cruda hasta decir basta. Echemos otro vistazo al verso: «Que púberes canéforas te ofrenden el acanto». Todos, cuando leemos —o escuchamos si tenéis por costumbre recitar, cantar o gritar en voz alta las entradas de mi blog— el verso generamos automáticamente un significado para el mismo. Os doy unos segundos para lo penséis, y sed guarretes: «Que púberes canéforas te ofrenden el acanto»... Tres, dos, uno, tiempo. ¿Lo tenéis? Seguro que sí. Y es que es un hecho que ese intuitivo significado es auténtico, real, veraz, único, genuino, exacto y empíricamente demostrable. ¿Realmente podemos tragar con que el padre de Poeta en Nueva York no fuera capaz de descifrar tan insípido enigma?

Amigos, hoy abogo por la rigurosidad histórica y os cuento una realidad que, debido a intereses de todo tipo, fue injustamente falseada. Lo cierto es que Lorca y el resto del tropel del 27 se encontraban en el bar de turno, tomando historias de todo tipo, mientras recitaban poemas de referentes modernistas de la época en lengua española. Por entonces no se habían inventado ni los MacBook ni los Starbucks, así que esta era la única forma de que un escritor de bien llamase la atención hasta el punto de ser reconocido socialmente como tal. A Lorca, no se sabe si por desdicha o por su también tapado pique con Luis Cernuda, que era el que elegía las estrofas a comentar, le tocó la cuarta de Responso a Verlaine.

Pues bien Lorca, te digo una cosa, y te lo digo claramente: me caes gordo. Por tu culpa ahora nadie podrá ponerle oficialmente a este verso el significado que se merece. Y está claro que todos sabemos lo que significa «ofrender el acanto». Somos muchos los que llevamos una vida entera ofrendiéndonos el acanto, no me jodas Fede, y sin «púberes canéforas» ni hostias. Pero claro, si el sentencioso Federico García Lorca no se atrevió… no vamos ahora nosotros, meros mortales de vidas triviales, a añadir tan magna página en la historia del arte.

Tus poemas estaban de puta madre, pero esto Lorca, esto es un lastre literario de cojones…

lunes, 26 de octubre de 2009

Por el amor de Dios...

Jaime estaba esperando en la puerta de «La Despensa», una tienda de barrio que pillaba de paso hacia la zona de la Velada Abierta. El ruido proferido por un Seat León amarillo atrajo su atención. El coche aparcó delante de Jaime. De la puerta del copiloto bajó su colega Mario.
—Hey cabrón, ya estás aquí —dijo Jaime.
—Sí tío, perdona, es que estaba lejos y he tenido que pedir que me traigan.
—¿Quién…
Antes de terminar la frase su duda se vio resuelta. De la parte del conductor salió Emilio.
—Qué coño… —dijo Jaime procurando que Emilio no oyese nada.
—¡Chicos! Ahí os quedáis, ¿vale? —gritó Emilio desde el coche.
Jaime y Mario hicieron un gesto con la mano para despedir a Emilio hasta que este se hubo metido en su coche y marchado con la música rechinando desde el interior.
—Tío, estás loco —rechistó Jaime.
—¿Qué pasa?
—¿Cómo que qué pasa?
—Estaba a tomar por culo y tenía que venir. ¿Qué tiene de malo?
—Que es cura.
—¿Y?
—¡Y marica!
—Anda ya…
—Toma no, pero si lo vieron darse el lote en la sacristía con Mari Cantero.
—Jajaja, marica entero… está que te pees.
—Déjate de mierdas.
—Tú, pero que eso es un puto bulo y no puede ser verdad. Si el obispado se entera de eso lo mandan en proyectil teledirigido hacia el mundo del santísimo copón de Dios.
—Bueno chaval, tú verás a qué te arrimas.
—¡Eh!
—No soy yo el que lo llama a las tantas de la noche para que me dé paseítos.
—Tío, tengo que decirle a mis jefes que me financien un coche.
—¿Tus padres? A ver si lo que te van a financiar va a ser una hostia…
—Déjate de hostias y mierdas.

viernes, 16 de octubre de 2009

Como las cosas importantes

Acabo de hacerme eco de la triste —de repente esta palabra se ha quedado miserablemente corta— y aun espero que todo se trate de una broma de mal gusto. No doy crédito. Es imposible dar crédito. Hace apenas una semana estaba rastreando tu web, diarios digitales y wikis haciendo cábalas sobre tu futuro profesional, y hoy el mismo se corta como una fina tira de celofán.

Amigo Andrés, esta vez te has pasado. ¿Así que de esto se trataba? ¿Este era tu verdadero plan? Porque si era así, te ha salido al milímetro, como un triple imposible sobre la bocina: ninguno fuimos capaz ni de preverlo ni de prevenirlo.

Si lo estudio con más detenimiento, resulta obvio que muchos de los pasos ya estaban dados. Viviste una NBA que, sencillamente, no se volverá a repetir. Viste a ese joven neoyorkino irse a Carolina del Norte. Después lo viste llegar, vestirse de rojo y convertirse en el mejor de todos los tiempos. También viste a la generación del nuevo siglo. Pudiste vivir los tres anillos de Kobe y Shaq, la pareja que ya es historia. Luego viste a Duncan ponerle techo a la liga. Luego el aterrizaje de E.T…

Tras muchos años de más de mediasnoches, te alejaste de toda esa camarilla para desafiar una —relativamente— nueva disciplina. Pero en el fondo el baloncesto siempre lo tuviste ahí, ¡y de qué forma! Pudiste vivir los tres momentos más históricos de la selección, tres hitos como tres soles. La leyenda estaba escrita, y dificilmente se volverá a repetir. Una vez más tu trabajo estaba completo.

Y como un preludio extensible, así dijiste adiós: «Yo me despido de todos ustedes, es mi última retransmisión con LaSexta, y voy a decir lo mismo que decía hace tres años y pico, cuando vine aquí a LaSexta: “la vida puede ser maravillosa”».

Me pongo a pensar y los recuerdos inundan mi cabeza... madre mía ¡cuántas madrugadas de fin de semana pegado a la tele con el Plus en comunidad! Como un mico, sin haber probado la cerveza y velando hasta las tres o las cuatro de la mañana para ver los partidos de la NBA. Está claro que, por muy buen baloncesto que se jugase en la cancha —y evidentemente no siempre fue así— los dos teníais gran parte de culpa de las ojeras del día siguiente.

Es que joder, esto es para cabrearse. ¡No es así como ocurren estas cosas! Te explico. En primer lugar deberías haber esperado unos meses más, relajado, manteniendo la incertidumbre. Qué te voy a decir yo, hasta Navidad por ejemplo. Como regalo de Reyes, ¡zas! «Montes ficha por…». Y la rueda vuelve a girar. Y así durante —al menos— diez o doce años más, con idas y venidas, más gritos, más apodos, más himnos de guerra, muchas más incorrecciones… Esta habría sido una justa y razonable ventaja. Llegado el momento, aceptaríamos tu retiro profesional. Nos costaría, pero acabaríamos haciéndonos a la idea. Y te lo perdonaríamos. Te seguiríamos viendo en alguna entrevista o colaboración para radio o televisión, divirtiéndonos como tú bien sabes. Otros veinte o treinta años más, para que cuando de verdad afrontar esto fuera inevitable, tuviéramos a mano una legión de hijos, nietos y biznietos a los que relatarles tus más épicas batallas.

Sin embargo, nos has dejado a todos con la misma pregunta por responder: «¿qué será lo próximo?».

En cualquier caso no eres ninguna deidad, cometes errores como cualquiera y llegado este momento he de confesarte algo: tu plan ha fallado. Para aclarar esta afirmación te contaré una breve pero intensa historia personal. La semana pasada recibí una llamada. Se me quería informar de algo. Podría detallarla, pero creo que simplemente reproduciendo las siguientes palabras resultará más que suficiente: «Chantal está embarazada, vas a tener un hermanito o una hermanita». Así es amigo Andrés, voy a ser hermano a los 22. Es sin duda la mejor noticia que me podrían dar, ¿no lo crees?

Y es que a fin de cuentas estamos hablando de lo mismo, aquello que siempre supiste infundir en tus retransmisiones: la alegría de vivir. ¿Qué importa si el autobús se retrasa, si nos pisan por la calle o si hemos olvidado las llaves de casa? A fin de cuentas las noticias importantes llegan así, de improviso, sin poderlas remediar.

Hermano a los 22… jaja, y Andrés, algunos todavía dudan que la vida puede ser maravillosa…

jueves, 8 de octubre de 2009

Cada vez más sordo, cada vez más solo

Domingo salía con Maira y se estaba quedando sordo. Había sido víctima de un trauma de oído durante un concierto de Iggy. Domingo siempre había tenido fe ciega en Maira, hasta que las malas lenguas entraron en escena justo el mismo día en que comenzó a perder audición.

Al principio apenas se notaba; una ligerísima salida de tono, miradas de desconfianza; reiterar de nuevo la última frase. Sin embargo, el problema sólo pudo ir en crecimiento. Conforme más se apagaba el mundo a su alrededor, más se apagaba su amor por Maira. El débil de voluntad había cedido. Su relación era ahora más que nunca una trampa mortal.

Un día, mientras paseaba por el parque con la intención de aclarar sus ideas, se topó con una escena cualquiera. Una furgoneta monovolumen se encontraba aparcada frente a un pequeño tramo de césped. A su vez, la niña de apenas nueve años vestida aún con ropa de colegio, bailaba bajo la atenta mirada de su propia madre. Su padre seguía descargando objetos del maletero. De pronto el padre se giró. Domingo supuso que la niña, mientras ejecutaba el baile, había vociferado a la atención del cabeza de familia. Ahora padre y madre miraban a la niña bailar, y la niña bailaba. En aquel microuniverso, la preocupación había desaparecido por completo. Domingo acababa de descubrir el futuro que quería para Maira y él.

Ese mismo día, cuando Domingo llegó a casa se encontró con Maira. Ella llevaba un rato esperando en el portal de su apartamento. Él le abrió la puerta, y ambos subieron. Se acomodaron en un sofá. Domingo miró loco de amor a los ojos de Maira, mientras ella, ajena al mensaje, miraba hacia el suelo con indiferencia. Por su parte, los labios de Maira se movían, pero era este para Domingo un lenguaje prácticamente indescifrable. Pasado un rato, Maira agarró a Domingo por los brazos y lo agitó enérgicamente. Las palabras saltaban de su boca y recorrían el pequeño espacio que los separaba, para terminar muriendo en los oídos de Domingo. La mirada de él moría al chocar con las palabras de ella. Llegado el momento, y mientras la más absoluta de las impotencias se apoderaba de ambos, él escucho una frase. Fue la última de boca de Maira. «Dime que no te gusta cómo te follo, pero no digas que no te quiero». También fue la última de su vida. Los ojos de Domingo se llenaron entonces de lágrimas mientras observaba atónito cómo Maira salía de la habitación.