domingo, 20 de junio de 2010

Miniclip: Cabecita Loca


Todos llevamos dentro un espíritu emprendedor que, no se sabe por qué, un día se enciende y comienzas a hacer cosas que previamente nunca habías hecho. Hay a quien se le aparece más a menudo, y hay quien es funcionario.

Mi espíritu emprendedor, cuando se ilumina, suele hacerlo proyectado sobre una actividad que yo denomino 'cacharrear programas'. Llevo practicando esta actividad desde que era chico. Recuerdo que cuando apenas levantaba dos palmos del suelo mi madre tenía un ordenador donde escribía sus textos. El aparato en cuestión se manejaba con MS-DOS, la famosa pantalla negra con letras blancas de los ordenadores de antaño. Ya entonces aprendí (desconozco cómo) a poner un juego de aviones. No tuve la misma suerte con el Prince of Persia, para el que siempre necesitaba la ayuda de mi madre.

Después de muchos años de cacharreo he aprendido una valiosa lección con respecto a los impulsos emprendedores, y es que resulta vital que en el tiempo que dura la ilusión inicial por aprender algo nuevo (es decir, muy poco tiempo) hay que conseguir alcanzar unos mínimos resultados de avance. Si dejas que se esfume el impulso sin haber logrado nada volverás ipso facto a lo de siempre, porque todos sabemos que las cabezas que piensan mucho corren el riesgo de perder su solidificación.

Pues bien, ayer me bajé el el Premiere Pro, un programa de edición de vídeo. Llevaba mucho tiempo con intención de echarle el guante, pero en un par de intentos previos que hice por instalarlo siempre me topé con no sé qué problema, y terminé por no jugármela con el estado sólido de mi cerebro. Sin embargo ayer, cosas del destino, el programa se instaló sin más problemas y cuando hice doble click sobre el icono se apareció frente a mis ojos cual virgen María a cateto de pueblo.

Era ya tarde cuando esto ocurrió, así que hice algunas pruebas pero sin obtener demasiado éxito. Había consumido gran parte de mi impulso inicial, así que decidí que si tras un sueño reparador seguía sin lograr nada satisfactorio pondría punto y final a mi carrera como editor de cine. Cuando me he levantado ha salido lo siguiente.



Todo el mérito es de Los Rebujitos y su gargantuesca versión del «Cabecita loca» de Amaral. A ritmo de Black Eyed Peas han logrado convertirse en una melodía referente y casi himno de muchos momentos especiales.

Ah, por cierto: el verano empieza mañana.

domingo, 13 de junio de 2010

Un cartón sin trampa ni cartón

Dado que estos días ando algo corto de tiempo, toda mi creatividad está destinada a idear maneras de levantarme antes de la una del mediodía para estudiar algo y aprovechando que estamos en pleno pistoletazo del mundial, os rescato una imagen que guardaba en el cajón desastre. Para colmo de conveniencia ayer mismo empató a uno Inglaterra contra EE.UU., y el gol británico llegó de la mano del propio Steven Gerrard.

La foto en cuestión se hizo a mediados de marzo en uno de los puestos exteriores del mercado de Candem Town, Londres. Como podéis comprobar por el cartón pinzado a la camiseta, allí no se engaña a nadie.


Suerte a todos con la vida.

jueves, 3 de junio de 2010

La conquista silenciosa

Se dice de la oriental que es una cultura milenaria. No creo que en occidente estemos realmente concienciados de lo que esto significa. Detengámonos por un instante y reflexionemos: esto va de una gente que se ha pasado milenios dándole al coco, y cuando un pueblo se pasa milenios dándole al coco desarrolla una capacidad innata de supervivencia y superación fuera de lo habitual. El de hoy es un ejemplo claro de ello.

La ciudad de Madrid ha visto multiplicar en los últimos años su población asiática. De la misma manera que las propias personas sus negocios se han extendido por todos sitios. No hay barrio que no ostente establecimientos con su marca particular: tiendas de comestibles, bazares, restaurantes… Sin embargo, rara vez podrás ver a asiáticos residentes en España disfrutando del lado lúdico de la vida, por mucho que seamos uno de los países del mundo con mayor número de bares. Ellos viven única y exclusivamente para trabajar, y para defenderse de las tentaciones han tejido a su alrededor un misterioso silencio incómodo que los occidentales no llegamos a comprender.

Cuando me cruzo con personas asiáticas aquí en Madrid siempre tengo la misma sensación. Me planteo que ellos han venido desde muy lejos para, en muchos casos, acabar vendiendo latas de cerveza a altas horas de la madrugada a gente muy cocida. Además la mayoría de las veces acaban sufriendo todo tipo de menosprecios, pero ellos en ningún caso responden a las burlas. Es como si carecieran de dignidad. Esto sólo se explica de dos formas: o son rematadamente estúpidos o tienen un plan secreto. Yo evidentemente me decanto por la segunda.

Le tengo mucho respeto a estas personas, pero más que por educación es por puro miedo. Ellos las matan callando. No creo que los orientales estén genéticamente desconfigurados para sentir rencor, simplemente tienen la asombrosa capacidad de saber ocultarlo hasta el momento preciso (por algo es una cultura milenaria la suya). Y cuando el momento preciso llegue y el rencor acumulado explote todos nos sorprenderemos de hasta dónde son capaces de llegar.

Este hecho es comúnmente conocido como «La conquista silenciosa».

Traigo a colación esta reflexión por una revelación que he sufrido esta semana. Ayer nos dejaron en el buzón un folleto publicitario del restaurante chino Casa Jin (probablemente uno de los pocos restaurantes chinos en España que no se llama “La Gran Muralla”). Nunca he sido muy aficionado a la comida china, pero desde hace algún tiempo me vengo abriendo a todo tipo de experiencias gastronómicas. La cuestión es que me dejé seducir por la cocina del sol naciente y terminé echándole un vistazo al folleto en cuestión.

Cuando lo hube hecho, el pasmo se apoderó de mi persona.

A grandes rasgos era un folleto de comida china normal: nombres de platos, menús, precios, etc. Pero allí había un detalle que ponía sobre relieve el hecho de que, sin habernos dado cuenta, el poder oriental en nuestro país ha aumentado hasta límites insospechados. Y no me refiero a la jugosa oferta del 10% de descuento hasta el 20 de julio, ni el estoico horario de “abierto todos los días”, sino al detalle que os muestro a continuación:


Me parece acojonante que te den plena libertad para escoger el plato que quieras elevando el límite máximo de precio hasta la friolera de los 4.015€. El sueldo medio neto de un español (en 12 pagas) es de 1.427,06€ al mes. Es decir, lo que a un español medio le costaría más de tres meses de duro trabajo lograr pagar, ellos lo ofrecen con plena libertad y cierto desaire. Pero lo que resulta el golpe de gracia que nos hace estar un escalafón por debajo en la cadena del desarrollo es que, lo que para nosotros supone un colosal gesto de poderío económico, para ellos no es más que un elemento más de su menú “normal”.

Como diría Jorge Ilegal, Europa ha muerto.