martes, 18 de diciembre de 2007

Imágenes de momento, nada más


Como un renglón que se rompe antes de ser escrito, así proyecto mis dedos sobre la celulosa. Pasa otro día, y otro millar de palabras anochecerá sin rima pertinente. Apenas unas sombras, y el tintineo de cucharas a media mañana, procuran rellenan sin éxito el espacio que deja tu imagen. Porque no soy capaz, no de esa forma.

Quiero decir: La primera imagen de recreo en una mañana de tantas cuantas puedan ser vividas. Esa imagen que provoca la más bana absortitud, llevándote a perder tu mirada en el fondo de una taza de café, mientras subconscientemente tus dedos agitan una cuchara; deslizosen por el borde. El sonido de ese roce, la única música que acompaña a ese momento en el que, solo aparentemente, el mundo se sienta frente al felpudo de tu puerta, esperándote para despachar un día más.

Y es que tengo motivos para inmortalizar esa imagen, porque sin duda jamás un sábado, o cualquier otro día de la semana, pudo ser cuanto menos reconfortante. Porque no importa lo que diga el televisor, ni la primera plana del periódico. Porque en ese justo instante podrían volar cerdos ibéricos de colores y dejar su estela por mi ventana, que mi atención no se apartaría lo más mínimo de contemplar un simple desayuno.

Al igual que en la más cruenta batalla, esta muralla acabará callendo, porque no hay asedio más mortal que el es capaz de propiciar un cabeza-trompo con papel y estilográfica.

sábado, 8 de diciembre de 2007

Hijos de una historia; una cual otra cualesquier


El nuevo pantalón que sustituye al viejo. El recién comprado que releva al gastado. Las luces de neón que se llevan por delante al más sagrado de los olivos.

Así es amigos, El Olivo de BCM ya no está con nosotros. Y es que, ¿qué valor tiene en nuestras vidas las raíces de la historia? Somos rurales, esa es la sangre que corre por nuestras venas, ¿y nos atañe algo el entorno que nuestros tarugos antecesores nos regalaron con el mayor de los orgullos? Nada. Cero. Es el valor que depositamos sobre lo nuestro, sobre nuestras calles, sobre nuestras aceras, sobre nuestros locales y en definitiva, sobre nosotros mismos. La herencia genética de la que renegamos por esas fórmulas atrayentes y estimuladoras diseñadas por el mismísimo averno, una sociedad capitalizada por el caos y el desenfreno que avanza sin tapujos disparando a mansalva contra todos nuestros santos.

¡Vergüenza siento! Oh cruel destino, futuro errante, imparable rueda de Cronos que gira sin manera humana de escapar. La vida, que te golpea con su maza.

Descubrámonos por un momento y démosle un último adiós, porque nosotros lo hemos traicionado como viles bellacos sin corazón, con esta apariencia tosca y pétrea que, maldita sea, ¡odiaré por el resto de mis días!

(minuto de silencio)

viernes, 30 de noviembre de 2007

El peso del sonido


El primer rayo de la mañana siento chocar contra mis labios, como si de un beso se tratase. En este momento no quiero estar para nadie. Ni para él, ni para él, ni para él.

Un trozo de papel cuelga del tendero de la ropa húmeda. Una pinza de plástico verde para que tus letras no caigan al suelo y resbalen hasta el alcantarillado. Esas letras me pertenecen, mías son. Ni de él, de él, ni de él.

El ruido aún perdura, retumbando en mi cabeza como retumba un conejo escapado a la fuerza gravitazional. Aquella válvula sonaba sucia, y solo para mí. Nada de él, ni él, ni aquel.

El sueño adormeció tantas notas que siento vergüenza. ¡Cuál idiota! Me permito pisar el felpudo de casa, restregar mis suelas contra él, y alejarme. No creo que exista una posición más egoísta. Porque, ¿cuánto te queda por ofrecer? Más de lo que soy capaz de darte. Mucho más de lo que dedico a darte.

Pasó el tiempo, y el sonido me hizo tu esclavo. Solo un sonido me unía a ti, pero el sonido tomó materia, y tomo forma, y ahora no nos dejará marchar. Y ella a mi lado, libremente. No alcanzo a entenderlo.

¿Qué mesura puede tener todo esto? ¿Acaso soy yo algo más que un simple humano? Nada más y nada menos, de cabo a rabo, de principio a fin. Porque la necesidad superó la creación, y aunque deba, ni quiero ni puedo abandonarlo.

Y ya solo esperar, esperar. Esperar a qué vuelva la calma, a que el Hombre Milenario se siente en esta habitación, en el sofá del que ahora pende una triste manta solitaria. Y que cuando él vuelva, el tubo catódico explosione, y se lleve por delante los sistemas de válvulas. ¡Ah! Y que nos deje algo de color, que eso nunca queda de más.

¿Cuántos colores eres capaz de distinguir en 24 horas?

lunes, 19 de noviembre de 2007

Cero


Cuatro, tres dos, uno... es tu hora de moverte. La física del mundo entero funcionó como un engranaje perfecto, como piezas de un rompecabezas que encajan de forma irreprensible. Una progresión numérica acercándose peligrosamente a cero.

Y vuelta a empezar.

Creo que balbuceé una lista negra, creo que tu equipo ocupaba el primer lugar. Todavía recuerdo mi promesa de contarte el resto, pero creo que el resto está por fabricar. Me siento capaz de realizarlo, estoy bien armado y no veo un solo impedimento, porque cuando ríes, dios mío, cuando ríes las soluciones se dibujan solas.

Ahora se qué función desarrolla el periodo noctámbulo ilustrado acotado como sueño, porque ellos ya no importan, no son más que otro step más: Se para tenerlos al lado de quién se originaron.

Apaga las luces, dicen que la oscuridad potencia el resto de sentidos hasta llegar a la sobrehumanidad. Sentirlo de forma sobrehumana, ¿quien podría desear otra cosa? Aquí es donde todo acaba, cuando todo acaba una vez más. Es simple cuestión de tiempo, saber la forma de esperar. Yo elegí la mía.

Cuatro, tres, dos, uno... es tu hora de moverte.

jueves, 1 de noviembre de 2007

De cabrones está el mundo lleno


La gente es aprovechada, vividora, mentirosa por naturaleza. Pues no saben nada. No importa cual lisado esté el personaje en cuestión, aquí prima la picaresca, y la cabronía, casi más esta última.

Acabo de salir del metro, y he pasado por delante del loco sicótico que hace la sobremesa sentado en las escaleras de la boca. El tío dedica la mayor parte del día a mantener largas conversaciones, sin fin aparente, con su amigo (o amigos, no sabría decir) imaginario. Pues bien, coge el tío loco y me alarga la mano en plan: “¿Me aflojas unos euros muchacho, que estoy más loco que una puta cabra?". Pidiendo cuartos el tío, ¡para eso si que distingues las formas materiales de los entes etéreos! ¡Eh! ¡Cabrón! ¡Gasta algo de casta y pule los detalles de tu farsa, amigo!

No confíes nada más que en tu pene, es el único que jamás te dará por detrás, que dice el otro.

miércoles, 10 de octubre de 2007

¿Con qué caeré?

Os pongo en situación: El tipo se encontraba en medio de una encrucijada, un cruce de calles, la de en frente, la de detrás, y una a cada lado. A su izquierda un accidente múltiple, monovolúmenes incrustados en turismos corrientes y molientes de poca monta, ciclomotores y motocicletas, traillers de transporte de troncos alcornocales sirviendo de alimento (junto con el oxigeno tan abundante en esta parte hundida de la atmósfera) al fuego que envolvía los medios de locomoción. A la derecha no paraban de escucharse los gritos amenazantes de un animabestia, extrañamente coincidente con el perfil de Gozilla, manteniendo una lucha a muerte con el primo pequeño del Thunder Megazord, siendo el Power Ranger rojo el único que perdure de la formación original (aún se me encoge el corazón recordando el triste fin de Kimberly) que, a pesar de no ofrecer el rendimiento de antaño, el tío pone empeño y se resigna a caer en el olvido de los “niños prodigio frustrados". Por detrás, un campo psycomagnético controlado por un liche de dudosa reputación impedía el paso a todo aquel ser animado que no perteneciese al plano de los no-muertos, o que tuviese lazos de parentesco con algún humano no mayor de 1’50 cm. que bailase la yenka en nivel destacado (porque todos conocemos los puntos débiles de un liche de dudosa reputación). Por delante, doscientas butacas de tela marronesca ocupadas por doscientas viejas tejiendo suéteres de algodón modelo “Doctor en Alaska”, dispuestas a abalanzarse sobre el primer sujeto oscilante entre 1 y 39 años para retorcer de forma diabólica sus doloridas mejillas al grito de: "¡Ay mi chicoooo!" (estéticamente no se exigen imposibles).

A mí me pasa igual con el sueño, imposible de esquivar. Caeré en una siesta.

martes, 25 de septiembre de 2007

Connotaciones de ser uno mismo


La señora Constan barría su felpudo mientras yo pasaba por su lado y suplía su obligación social con un *sonórico “Buenos días”. La madera de la barandilla raspaba más que de costumbre. La de la escalera crujía más que de costumbre. Al parecer las escaleras no habían pasado una buena noche, y su despertar fue algo ingrato, aunque probablemente el despertar ingrato fue el mío y todo mantenía una religiosa normalidad. En cualquier caso no tardé en llegar al portal del número 30 de la avenida Infante Toledo. Hice sonar fuertemente mis zapatos contra los baldosines de la acera de los pares, avisando a la ciudad de que hoy iba a salir ahí fuera, y el que avisa no es traidor. Adelanté a unos cuantos transeúntes, midiendo que ningún choque contra pronóstico rompiese bajo premonición mi bienestar matutino. Alcancé el frío metal de la puerta del Bayo, bar a que acudía periódicamente para recibir las primeras ingestiones del día, y botellas de anís que pulularon sobre tazas de café. Hice un barrido sobre la estancia, e ignoré la presencia de un conocido no amigo. Digamos que simplemente soy coherente y eficiente: Tú no tienes claro si saludar, tú no sabes si acercarte, tú no sabes de qué diantres hablarme. Yo simplemente evito la duda, soluciono el problema no dando lugar a que se produzca, y si se produce es porque eres rematadamente idiota. Descolgué unas monedas sobre la barra y volví a congelarme la mano con el metal de la puerta.

Cuando quise darme cuenta estaba escuchando en el interior de mi coche una canción que, en inglés, viene a titularse algo tal que “Asientos de pre-vuelo plástico”. Eso significaba que el contacto ya estaba dado, que todo estaba a punto para que una nueva mancha roja se deslizase por calles y avenidas, hasta topar con aquella localidad de las afueras donde se concentraban no recuerdo cuantos platós de televisión. Ya con “Asmático” al stereo, fui recordando que no siempre he sido un hijo de puta, que también hubo ocasiones en las que pasé desapercibido.

Supongo que habré hecho demasiadas cosas en mi vida como para conmemorar recuerdos mediocres en una mañana cualquiera. Es posible que sea envidiado por alguno, odiado por muchos, amado un puñado. A veces piensas que has fallado tantas veces, y a tanta gente, que al único al que no has de fallar bajo ningún concepto es a ti mismo. Intento al menos respetarme, ser consciente de que voy a pasar una vida entera conmigo y que tendré que aprender a soportarme en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad. He aprendido que hay gente a la que jamás agradaré. También hay gente a la que no paro de joder y que siguen a mi lado; los hace parecer gilipollas a mis ojos. Por suerte esto es lo que tengo sin implicarme en absoluto con la gente, no estoy solo. Se que es suerte, no más, que cualquier otro en mi lugar habría sido lapidado hace años, pero si me ha tocado vivirla es mi situación, me pertenece, y también sus beneficios.

No culparé a nadie si el día de mañana viene alguien y me destroza la vida con mi propia medicina, es más, veo perfectamente humano intentarlo, casi una obligación, pero tampoco me da remordimiento de conciencia el saber que, si alguien lo intenta, corre el grave riesgo de unirse de forma autómata a una lista de fracasados que aumenta su tamaño conforme nos atraviesa el tiempo.

A día de hoy no siento nada especial por ser yo mismo.

Soy, no más.

lunes, 17 de septiembre de 2007

En esta vida hay que saber ser agradecidos


El día no empezó ni por asomo de forma especial. Nada reseñable, a lo sumo un ligero dolor de espalda que desveló mi sueño a eso de las once y media de la mañana. La televisión es un asco a esas horas. Me senté un rato frente a ella, viendo como pasaba ante mí el día con más pena que gloria. Para comer: comida recalentada. Un paso aquí. Un paso allí. Sin lugar a dudas el tiempo se había densificado, atravesarlo llevaba consigo el sobresfuerzo de un lago empantanado, lodo y fango. Ni una palabra, ni una conversación. Dediqué algo de tiempo a saldar mis obligaciones, aunque la mente tampoco dio de sí tanto como hubiera deseado. Volver a pisar viejos lugar, reobrar actos del pasado, y todo ello con un solo objetivo: Alcanzar el momento.

Para bien o para mal, al margen de cómo nos sintamos cada uno en el candor de nuestra morada, el tiempo no se detiene. Y así, sin más, fue como llegó la cita. Un buen montón de víveres sobre la mesa es lo poco que recuerdo que acompañaba a este servidor momentos antes de que un extranjero hiciese saltar una esfera en el Palacio de los Deportes, en el mismísimo corazón de Madrid. Comentarios cientos, acertados en su mayoría, fue lo que aconteció a continuación en este día que había dado un giro de 540º. Un día para hacer historia, un día para romper maleficios, un día para ganar. ¿Razones? Inabarcables. Pero el destino quiso que, de una forma totalmente legítima, fueran de otra estirpe los que al pitido final saltasen unos sobre otros, ondeando una tricolor, y profiriendo una serie de gritos en un idioma que tan si quiera he escuchado. Derrota, si. Desilusión, si. Olvido, no. Probablemente aún es temprano para que todos se den cuenta de que ese punto que nos separó de cumplir el sueño es el mismo punto que nos ha grabado en la historia. Porque es el punto del dolor, de un dolor muy profundo, tan profundo que nos acompañará a los que amamos este deporte el resto de nuestras vidas. Y es que esa es otra forma de hacer historia.

Cuando pasen veinte años, y todos estos tipos se dediquen a ver partidos desde palcos, quiero poder volver aquí, y leer que el 16 de Septiembre de 2007 yo estuve frente al televisor, y que solo me despegué de él para seguir con vida en momentos clave. Quiero poder leer que durante la mayor parte del partido tuve que emplearme en cuerpo y alma por llevar a cabo una respiración vitalmente satisfactoria, quiero verme con la vida resuelta y tener la maldita posibilidad de recobrar un escrito en el que figure que un día de mi vida estudiantil en Madrid fue dedicado a ver en solitario, en el salón de un piso en una barriada de la Línea 9, cómo Pau provocó un dos más uno, cómo se pidió ese tiempo muerto, cómo yo (junto con miles de españoles) salí al balcón a tomar el aire mientras el corazón palpitaba más fuerte de lo que jamás recordaba. Y recordar ese balón que jamás entró. Quiero recordar que jugamos, y que perdimos, pero que pusimos una piedra más en una trayectoria de leyenda.

Vendrán más campeonatos, más “Rusias”, más “Lituanias”, nuevos jugadores griegos que harán temblar a Europa, con toda certeza veremos una futura Serbia que pulverizará los aros de todo el planeta; pero me queda la enorme satisfacción de que nuestro equipo está oficialmente y de forma inexorable del bando de las más grandes.

Gracias chicos, gracias por todo.


Escrito por darkwin (cuenta la fábula que casi soltó una lágrima)

lunes, 10 de septiembre de 2007

Soldados nipones a modo de minutero


Son solo dos puntos de color naranja parpadeando en la pantalla del dvd, marcando una hora cualquiera en un día cualquiera. Solo fabrico dos tipos de instantes: momentos cualquiera y el resto. Últimamente vivo entre los primeros. La vida que pase como si de elementos extirpables se tratase. Elementos que me rondan lejos. Elementos que faltan, que rascan y que espero vuelvan. O yo volver a ellos.

Es el movimiento el que nos hace cambiar. Es la quietud la que nos hace alejarnos de aquello que preciamos, a velocidad de vértigo. Me alejaré pronto para pronto volver. Y es que ya se me hace imposible cerrar los ojos sin soñar un "tú". Se me hace imposible hablar sin entonar un "tú". Se me hace imposible abrir los ojos sin ver un "tú". Es imposible salir a la calle y no vivir el "tú".

Te propongo algo: No ser más que personajes secudarios de una historia, extras de un rodaje de poca monta, y parar el tiempo cada vez que veamos un segundero moverse, enemistarnos para siempre con ellos.

¡Para siempre!

miércoles, 15 de agosto de 2007

Hecho de sueños reales


Los hombres nacemos, crecemos, nos reproducimos, en ocasiones tenemos gatillazos, y otras muchas simplemente soñamos, y lo relatamos...

El comienzo de esta controversia: una invitación del mismísimo Santi Balmes, una cena en su piso de Ciudad Real (la verdad es que me pareció bastante raro el hecho de tener un piso en tal ciudad, pero me lo tomé como una excentricidad de una estrella post-pop-rock). Evidentemente no lo dudé un instante. Cuando quise darme cuenta estaba frente a la puerta de madera de imitación de ébano, a escasos centímetros de la mirilla, con una "B" de forja sobre el marco y el dedo índice sobre el timbre. No perdí un segundo y lo accioné.

Estaba nervioso. Tras la puerta aparecieron Nuria y Santi. Nuria esbozó una sonrisa más propia de un reencuentro con un pariente lejano que de un completo desconocido. Santi ya entonces poseía la cara agria que perduraría casi inalterable durante el resto de la velada.

Nuria me invitó a pasar. Pasé al salón y allí estaba la pequeña retozándose por el suelo. Me senté sobre una silla y me dispuse a ver el televisor. El salón curiosamente era clavadito al de mi tía Jose (si, le decimos así, de Mari Jose). Santi se sentó en el sillón de piel y comenzamos tragar telebasura al unísono.

El siguiente fragmento de la noche consistió en la ingesta de tercios de cerveza (no de forma abusiva), y el picoteo vario de platos cuidadosamente decorados con manjares de la tierra que Nuria se encargó de depositar sobre la mesa de la Livingroom. Todo esto sucedió mientras la pequeña correteaba de aquí para allá y el par de dos observábamos, sin puta gana, la televisión de plasma. El hielo se rompió cuando Nuria, por fin, terminó de trajinar en la cocina, y se sentó con nosotros. Todo estaba delicioso, altamente satisfactorio. Creo recordar que comimos y bebimos un buen rato más.

El lesbiano mayor me invitó, creo que subconscientemente obligado, a pasar a la "habitación del roq" (la verdad es que no recuerdo bien si ese era su nombre, pero no es mal apelativo a fin de cuentas). Lo primero que me llamó la atención de ella fue el color rojo y un espacio sobrecargado por vinilos, bafles y un magnífico equipo de música que más parecía una máquina del tiempo. Se acercó como jodido de la vida hacia el "Shake some action" de los Flaming Groovies y lo hizo sonar. He de reconocer que sonaba de cojones, y lo digo por ambas partes, la del plasticucho y la de los metales electrizados. Él se quedó de pié mirando al infinito, moviendo la cabeza al ritmo de la música como diciendo "esto es bueno tío". Me sentía apocopado, quería romper el hielo, y lo hice, pero de una forma muy pobre:
- ¿Quienes son estos?
- Son The Flaming Groovies, un grupo californiano de mediados de los 60 que se empeñó en seguir la tendencia marcada por la British Invation cuando la psicodelia de esa década y de la siguiente se impuso a nivel mundial. Es normal que no los conozcas, remaron a contracorriente en su época.
- Son cojonudos. Oye tío, tengo que decirte que me parecéis la polla. En serio, no soy fan de nadie, porque "fan" proviene de "fanático" y a mí los fanatismos me dan miedo, pero si de algún grupo estoy cerca de convertirme en fan es de vosotros.
- Si, gracias.
- No se tío, conecto con la música que hacéis, supongo que será por el momento en que la escuché, que sería propicio para conectar. Yo pienso que lo más importante es que la música te haga sentir, y la vuestra la siento, me transmite mucho. Si todo el mundo sintiese lo que a mí me transmite seríais superventas mundiales. No se, es como magia.
- Si, gracias.
- Pues sabes, me quiero comprar ahora el Fender Blues Junior, ¿sabes cuál es?
- No.
- Ah, pues va a válvulas, un canal limpio, 15 vatios, no se, dicen que está genial.
- Pues si.
- Suenan bien...
- Si.
...

En aquél tenso momento entró la pequeña y se lanzó a la pierna de su progenitor. Fue una bombona de oxígeno en una situación difícil.
- Je, la peque va a salir una rockera de las buenas, con este padre y este equipo.

Tan siquiera obtuve respuesta.

Pululé por el piso unos minutos más mientras recibí invitaciones gastronómicas de todo tipo por parte de Nuria. Las rechacé de la forma más educada que soy capaz de brindar. Tras varios minutos en silencio, anuncie mi marcha a Nuria, que seguía recogiendo la cocina. Se ofreció a acompañarme a la puerta. Pasé por la habitación donde seguía sonando la música. La peque y Santi seguían enzarzados. Me despedí, y Santi me hizo un gesto con la mano sin apartar la vista de la pelirroja.

Lo último que vi fue a Nuria en la puerta, con la misma sonrisa que cuando llegué. Qué simpática esta Nuria.

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Al principio salí bastante mosqueado, bastante rallado e incluso algo cabreado. No entendía el por qué de este trato. No me lo merecía, soy una gran persona y... no entendí nada. Continué caminando hacia casa (curiosamente andando andando, y sin cambiar de paisaje urbano, me planté en mi casa de Pozoblanco) y una vez estuve en la puerta lo recordé todo. Todo encajaba, ¡seré idiota! Es como cuando ves a tu chica distante sin razón y al pasar el tiempo te das cuenta que es el día de tu aniversario: ¡todo esto era motivo de mi ausencia al concierto de los lesbianos en Martos! Joder, y yo actuando como si nada.

Santi, solo te pido tiempo, ya me deben un concierto de Love of Lesbian. Solo te pido que todo esto no acabe así, ¿ok? Para el siguiente te aviso, lo hablamos, y hacemos las paces. De verdad que lo siento.

domingo, 5 de agosto de 2007

Cuentos infantiles sobre niños más o menos idiotas


Jaime García de Torres "El Bocagorda" era un niño de iris marrón. A partir de ahora es muy probable que lo conozcamos únicamente como "El Bocagorda". "El Bocagorda", además de tener el iris marrón, tenía una raqueta de tenis de la marca Babolat, una pasta de chicles caducada en el cajón de su habitación, tres peniques en una caja metálica de color rojo y una bolsa de tela con el símbolo del dólar. "El Bocagorda" tiene pasión por las cuestas empinadas, y acostumbra a rodar por ellas sin más recompensa que sentir las piedras y la arena chocando con su cuerpo al grito de "¡Ajajai!". La madre de "El Bocagorda" está hasta los cojones de sacar manchas de sangre de los pantalones de "El Bocagorda". El padre de "El Bocagorda" está habituado a cascarle un par de hostias cuando lo ve llegar con la camiseta rota. "El Bocagorda" va a la escuela, a la escuela de primaria Nuestra Señora del Santo Evangelio Según San Jonás García (C.P. N.S.S.E.S.S.J.G. si nos basamos en las siglas oficiales). La seño de "El Bocagorda" se llama Rocío, pero él la llama "Señorocio", sin descanso fónico entre ambas palabras. "Señorocio" le ha enseñado a contar, a colorear y a picar. "El Bocagorda" es un gran picador. "El Bocagorda" juega en los recreos con su amigo "El Orejotas" ("Orejitas Pingu" para algunos, los más cabrones) y "El Gafotas" (o "Harry Potter" como son llamados todos los de su misma calaña). "El Bocagorda" y sus colegas recogen batidos del suelo y los deslizan por el suelo a modo de bólido. "El Bocagorda" tiene una amiga especial, Maria Luisa "La Ratona". "El Bocagorda" y "La Ratona" en algunos recreos se esconden detrás de un arbusto, y a la cuenta de tres "El Bocagorda" se baja los pantalones mientras "La Ratona" se sube la falda. Los dos lo pasan piruleta.

"El Bocagorda" es un poco idiota, pero es bastante feliz, cosa que no puede decirse de "El Cobaya", mucho más inteligente que "El Bocagorda" pero hasta los 28 años no echará un mal polvo.

Otro día os contaré la historia de cómo "El Cobaya" echó un mal polvo.

domingo, 29 de julio de 2007

La ley del equilibrio natural en alta mar


- ¡Marinerucho! ¡Ate ese maldito cabo de una vez! ¡No quiero tener que volver a repetírselo!
- Um... si señor, ahora mismo.
- Marinero... ¡¡Marinero!!
- Um... si señor, ahora mismo.
- ¡¡Le ordeno que ate ese cabo inmediatamente!!
- Si...
- ¡¡Maldita sea!! ¿Quiere convertirse en desayuno de tiburones? ¡¡Vas a limpiar tantas letrinas y cubiertas que en tu casa van a comenzar a llamarte Don Limpio!! ¡¡Voy a usar tu culo para sacarle brillo a todas mis insignias!! ¡¡Tortuga!! ¡¡Mi abuelita del pueblo se podría confundir con una patinadora rusa si la comparamos contigo!! ¡¡Rata de alcantarilla!! ¡¡Voy a hacerte pasar los peores días de tu vida!! ¡¡Gritarás como una nena que te hagan lo que hasta ahora conocías por sufrir cuando descubras las sorpresitas que tengo preparadas para tí!! ¡¡Simio invertido!! ¡¡Cuando acabe contigo no vas a poder...
- ¡Plof! (u onomatopeya motivo del estampamiento del puño del marine "Timón" sobre la voluptuosa napia del Almirante Gutierrez)
- ¡Chof! (u onomatopeya motivo de la caída del cuerpo inconsciente del Almirante Gutierrez sobre la cubierta del Yanhee II).
- ¿Por dónde íbamos...? Ah si...
[...]

FIN

lunes, 16 de julio de 2007

¡Ah!


"Maestro, póngame un chupito de veneno de escorpión". Porque sí, cojones. Porque a veces apetece sentir el ácido líquido elemento destrozándote el gaznate. Y porque me da la puta gana, joder, que hay que explicarlo todo.

Mirad, voy a pillar un bazoka ultrasonórico para reventar los cristales de la ventana de mi habitación, y luego me asomaré por el hueco que quede, y observaré satisfecho el reflejo del Sol en los trocitos que queden sobre la acera. Posteriormente creo que emitiré un buen alarido, uno así grande, que aturda incluso. Otearé con cara de puma jambrino al que se quede mirando, porque seguro que alguno se queda mirando. Les diré: "¡Eh!". Seguidamente les preguntaré: "¿Tú qué coño miras?", pero será una pregunta retórica. Si alguien se atreve a responder tengo a mano algunos libros. Les arrojaré uno de Richard Sennett, que ya me lo he leído. Intentaré hacer impacto con el lomo del encuadernamiento, para aumentar las consecuencias agresivas, y las secuelas también.

¿Y al próximo que me toque el talento? A ese lo meto en un cobete, ¡en un cobete hacia el firmamento! A tostarse al Sol, que si en Córdoba hace calor traspasando la troposfera no quiero ni pensarlo.

¡Más tonadas! ¡Más! ¡Tonadilleras! Carajo...

lunes, 9 de julio de 2007

Gracias Lana


TWIN OAKS, es el grabado que Lana Turner porta sobre el hombro derecho de su uniforme, muy comprensible por otra parte al tratarse del nombre que Cora eligió para su Lunch Breakfast Dinner de Los Ángeles en 1946. Añadiré de paso lo tan equilibrada-idiotamente afortunado que me parece Frank Cambell, el cual tuvo a la mujer que mejor ha empuñado un arma, y la perdió de una forma tan fatal… y tan vil… y tan estúpida. ¡Frank, estúpido!

Son casi las cinco de la mañana, no paro de toser y la Excel reposa sobre el sillón, disfrutando de sus últimos momentos de solterío justo un día antes de que se rompa el paréntesis de su proyecto central. Está contenta, pero a la vez homenajea en esta noche todos esos momentos de unidad y ausentismo personal. Está nerviosa, como la noche antes de hacer un viaje sin billete de vuelta. Está algo cansada, pues es tarde y la noche, a pesar del calor, es agradable.

Y yo, tercer vértice de este triángulo. Yo, entre el regocijo del pasado y el ansia de tiempos venideros. No soy más que otro tipo con algo de sueño entrado en altas horas de la madrugada, que tomará un vaso de agua y dormirá tranquilo, en paz con el mundo que le rodea. Gracias Lana, gracias nena.

domingo, 10 de junio de 2007

Problemas diarios independientes de la mañana


Desde hace algunos días vengo arrastrando un problema que a día de hoy no se muy bien cómo voy a solucionar: Se me ha metido una modelo en casa y no sé cómo echarla.

Todo empezó el jueves de la semana pasada. Venía de comprar unos cuantos productos alimenticios del supermercado que hacían tremenda falta, y cuando estaba dejando las bolsas en la cocina escuché un ruido en el salón. Pensé que sería mi compañero. Entré al salón y pillé in fraganti a una extraña merodeando el piso. No crean que me faltó mucho para sufrir una embolia. Agarré un periódico viejo enrollado de esos que cubren las mesas de mi piso (un arma mortífera si es usada con precisión) y comencé a gritarle en tono amenazante. No se, mi primera reconstrucción de los hechos fue que había entrado por la ventana y tenía intención de sustraernos nuestros objetos de valor. Claro que ahora que lo pienso también me podría haber dado por pensar que era una amiga de Jorge, la escena hubiera sido mucho menos violenta (aunque me alegro de que no fuese una amiga de Jorge, qué imagen se hubiera llevado de mí). Se quedó todo en silencio por un momento y, entre tanta tensión, la muchacha se asustó (normal). Nos miramos unos segundos, se tapó la cara con la palma de las manos y finalmente, rompió a llorar. Al principio no sabía muy bien cómo reaccionar. Cuando me cercioré de que lo de llorar a moco tendido iba en serio ya me acerqué a la chica, la abracé e intenté consolarla: “Venga… muchacha, no llores, no pasa nada. ¿Ves que bien?”.

No habla mucho, la verdad. Los primeros días se los pasó sentada en el sillón, viendo la tele. Llegaba yo de estudiar y me la veía ahí con su cucharilla, su tarrina de helado y su mando mirando la caja, como si el mundo no fuese con ella. Le preguntaba que cómo le había ido el día y ella me respondía encogiendo los hombros, sin apartar la vista del televisor. Y es que ese sillón era su vida, desde ahí veía su (mi) tele, se comía su tarrina de helado, se leía sus revistas, se echaba sus siestas, se tumbaba a pensar en sus cosas, dormía por las noches… Al tercer día empezó a darme lástima. A media noche me levanté de la cama y me acerqué al sofá. La desperté con la suavidad que me caracteriza y le propuse dormir en mi cama, añadiendo que a mí no me importaba dormitar en el sofá (es que ese sofá está bien para una siesta, pero tres días durmiendo ahí deben dejarte la espalda para agujerear pelotas de golf). La muchacha hizo un gesto que traduje como: “Bueeeno…”, perdiendo así mi hegemonía sobre la habitación nº02. Ahora el que tiene la espalda abollada soy yo. Se me ha cogido un dolor al lumbago que es cosa fina. También he perdido movilidad en el cuello. Y lo peor no es ya el dolor físico, si no tener que aguantar los cachondeos de mis colegas: “¡Ito! ¡Mira aquí! ¡El sujetador de Pilar Rubio! ¡No, no! ¡Mejor mira aquí que es más guay!”. Y yo: “¡Id con vuestra puta madre anda!”. Los dolores se aguantan, pero lo otro me supera. Idea: ¡¡Tengo que echarla como sea!!

Durante este tiempo la he ido psicoanalizando. He llegado a la conclusión de que su situación personal ejerció sobre ella una fuerte dosis de presión, demasiada, y no aguantó. Supongo que la vida de una modelo debe llegar a poner muy a prueba el aguante psicológico de las personas: Estar todo el tiempo pendiente de la imagen, tener que ser un icono perfecto y pasarte el día controlando al milímetro lo que haces para no salirte de lo políticamente correcto; pesado lastre para cualquiera. El glamour, las fiestas, las proposiciones indebidas, y en definitiva, estar envuelta en un mundo de una superficialidad tal debe hacer replantearte si hoy día todo se limita al envoltorio. Veo normal que la chica explotase y se batiese en retirada. Y a mí que me parece genial, pero carajo, que yo así no puedo vivir.

A partir del tercer día, (y de que empezase a dormir en mi cama) como que se fue animando, se la ve más activa. Ya llegaba yo a casa y la veía con el delantal, la cofia de asistente y el plumero quitándole el polvo a los muebles y los marcos de las fotos. Ha cambiado las toallas y ha puesto unas limpias. Algunos días cuando llegamos de estudiar nos tiene preparada la comida. Ayer nos cocinó unos filetes de lenguado que convierten la cocina de Ferrán Adriá en comida basura. Comimos tanto y tan bien que tuve que echarme la siesta boca abajo para no poner en peligro por aplastamiento algunos órganos vitales. Y es que luego también tiene buena mano para el arte del caricato: Me ha hecho un retrato bastante gracioso de yo sosteniendo un elefante mientras ella pasa la aspiradora. Joder, que yo creo que estoy encariñándome un poco con ella y todo. No si verás tú como al final me va a dar pena cuando marche.

¿A que no va a estar tan mal que se te meta una modelo en casa?

viernes, 25 de mayo de 2007

Canción protesta


Hay días que es mejor no separarse de la sábana. Muy recurrente la afirmación. A esto he de añadir: Si lo haces es imprescindible gastar aguda precisión.

Maldita sea, la historia que traigo para contar no es nada agradable, sobre todo para mí, personaje principal y principal colaterado por los daños del entuerto. Todo ha dado comienzo esta mañana, sobre las 10:00 AM, entre el insoportable ruido del despertador y el sueño aturdidor propiciado por un sopor bibliotecario. Hoy debía ser un día importante, el último día de una semana que desde el martes profetizaba ser un puente psico-espiritual hacia el éxito en la peor época del año para un estudiante. El plan constaba de dos partes: En primer lugar había de acudir a la secretaría de la facultad a recoger una factura de pago (posteriormente me informaría de hasta dónde ascendería exactamente la cifra de la discordia); a continuación debía acudir al aula 512 a realizar el último de los denominados "parciales de Mayo", que son como las "cruces" del mismo mes pero sin flores ni chicas en minifalda, y en lugar de beber cubalibres uno se dedica a rellenar folios con un boli BIC, azul preferiblemente. Creí haber sido precavido el día anterior, dándome una hora de margen entre plan y plan, con lo cual decidí apurar un poco más mi tiempo y darle alas al descanso. A las 11:07 AM el *moi de la historia surcaba ya el suburbano. Poco a poco se iba acercando a su destino, ingenuo él, su destino estaba ya escrito. A las 11:27 el *moi se situó frente al digital y asentó su cabeza para darse cuenta de la catástrofe: La principal cita del día había dado comienzo hacía ya 27 minutos. La catástrofe era ya cognoscible para y conocida por un individuo perdido a veinte metros de la superficie terrestre. Aún así no perdió la fe, y siguió recorriendo el camino mientras su rostro se tornaba en un conglomerado de adjetivos malsonantes y sus labios proferían maldiciones a mil y un demonios (que si me están leyendo, espero no se lo tomen como algo personal). Atravesó el edificio a una velocidad muy cercana a la de la luz a la vista de pintores y libreros. Ascendió hasta la 512 (que como su propio nombre indica no está al lado de la entrada) y entró al aula. Una breve explicación a lo que prosiguió una desesperanza por parte de la gobernanta del lugar me hizo situarme en la primera fila casi sin aliento. Cuando aquel A4 se posó sobre mí el cual contenía las cuestiones propuestas, entendí que mi labor allí había concluido, no quedaba tiempo suficiente como para superar la prueba, aunque todavía podía completar al menos la primera parte del plan.

Y así fue como me levanté creyendo que iba a ser el mejor día de la última semana y salí de la facultad sin examen y con una factura de 659,90 de los nuevos €uros. La verdad es que al salir a la calle sentía que no podía dejarlo estar así, y me percaté al instante de que la Cuenta Corriente sería la primera en sufrir los efectos desvastadotes de aquella mañana del copón. También entendí que el único lugar en el que no me sentiría como un muñeco de trapo con la panza aprisionada por la pistola láser del Phulminator AD-3 en el fondo del baúl de los juguetes sería rodeado de cederrones piromusicales. Así lo pensé y así llegué a la Fnac de Callao. Sabía muy bien qué disco iba a comprar. Lo sabía de sobrada manera. Ascendí a la segunda planta y acudí directamente a la letra adecuada. Allí había unos cuantos ejemplares de lo que esperaba fuera la confirmación de la apuesta por mi caballo ganador. De momento solo compraría uno. Bajé, aboné y abandoné.

En la calle de nuevo, y de nuevo camino del suburbano, esta vez con un pedazo de plástico transportado en una bolsa de polietileno (material totalmente reciclable ya que su destrucción por incineración no libera gases nocivos ni sustancias corrosivas). A la salida una amable señora me sostuvo la puerta. Subí los primeros escalones y me percaté de que, por enésima vez, estaba lloviendo (¿¡¿qué coño le pasa a esta ciudad?!?). Pensé por un instante en mi Andalucía natal, saqué el paraguas y me dispuse a humedecer los agujeros de las zapatillas, y por proyección los calcetines.

Cuando llegué a casa no había nadie. Dejé todo lo que llevaba en las manos en la habitación 02. Me acerqué a la cocina para prepararme algo de comer. A causa del momento me reservé mis mejores recetas y opté por la primera cosa que pillé del espacioso (más como antónimo de relleno que como sinónimo de amplio) frigorífico. De vuelta a la habitación 02 cerré la puerta y bajé la persiana. El CD estaba sobre la tabla del armario que acostumbro a usar a modo de mesa. Era como si una distancia insalvable nos separase. Eran las 3:30 PM de un viernes y ahí estaba yo, sentado frente al CD, mirándolo en silencio.

No me atreví a escucharlo. Cuando supe que no iba a reproducirlo me acerqué al portátil e hice sonar un antiguo disco propiedad intelectual de dos hermanas que acostumbro a poner cuando siento que algo me falta (en este caso un examen) y que hace ya más de un año desarrolló una labor de vital importancia y por la cual recibió un veto de varios meses. Volví entonces al lugar desde el que jamás debí haber despegado: las sábanas azules. Intenté perder la conciencia un rato, pero sabía que el objeto circular que reposaba a escasos centímetros de mí no iba a permitírmelo. El par de hermanas dejó de hacer música allá sobre las 4:23 PM. Me incorporé un momento, sabiendo que la escucha de la nueva adquisición era rotundamente inesquivable. Aun así todavía no era el momento. Volví a tumbarme y me dediqué a observar el trozo de tela que cuelga del techo de la habitación 02. Pasé así un rato, inmóvil. A las 5:01 PM volví en pie: había llegado el momento. Una tapa se destapó, algo se descolgó, un libro se abrió y al rato la habitación 02 se inundó con la melodía: Que empiece el viaje ya…

Desde aquí os hablo, con la melodía al cuello en la habitación 02, sin luz, con sonido. Sin examen.




* Galicismo consecuencia de que una vez tuve una novia francesa.

jueves, 17 de mayo de 2007

Un viaje a la Provence francesa


Unilateralmente... creyendo que se puede llegar lejos. Viajando por carreteras húmedas. Habito en una casa de madera. Observo un arbusto sobre el que poder arrojarse, lo miro desde un balcón. Escaleras, escalones, consecutivamente dañados, y el perfecto plano de un museo, doblado en una esquina. Mesas alineadas, zapatillas debajo, atadas al frío acero. No se sostiene ni por un instante, caen. El mármol, frío, grietas que se pierden contra la alacena. Atrapados por la nieve, amanecidos así, sol enclaustrado a nuestra merced. Pasamos al estadio, nos rodea el parquet, no sentimos nada, huimos mientras pudimos. Protege moi. La ventana permanece baja, al menor ruido la salto, y caigo a la arena, solo. Buf, me besó, se escondió, estaba a oscuras. Cuando lo descubrimos, cambió. Lunes con detective, con gafas, y medias hasta las rodillas. Estatua, mi homenaje, se lo dimos entre los tres, todo lo que quiso y más... no tuvimos piedad. Tumbados en la parte trasera de la maison, y tres o cuatro bicicletas tiradas por la hierba, y dos niños arrojando piedras a un perro que cruzaba la calzada. El camino era de arena, y por él nos deslizábamos, saltando los obstáculos. El pico, el más alto, y caímos. La cocina no tiene puertas, ¿y la despensa? El final, con el horizonte sonrojado, cada giro, un giro menos. Frenó en seco, y sentí el metal ácido del papel dividir piel, fue suficiente para crear... ¡NOIR!

domingo, 22 de abril de 2007

Viajar, en ambulancia


- Señora, coloque el gotero sobre la repisa, justo al lado del algodón.

Me arrepiento de tantas cosas. Siento tanto no haber pasado más tiempo contigo, no haberme dado cuenta a tiempo de cuales eran mis preferencias. Tantos eventos vanos a los que acudí, tantos momentos importantes contigo que no llegué a tener.

Te sujeto la mano y miro tus párpados adormecidos. Tengo que ser fuerte, sabes lo que pienso acerca de los lloriqueos. Nunca lloraría por algo así, podría provocarlo en cualquier momento y lo que siento en este momento es mucho más real que eso. No tiembla mi pulso. No aparto mi mirada de ti.

- No tardaremos en llegar, siga manteniendo la calma señora, lo está haciendo muy bien.

Pasan por mi cabeza los recuerdos. Aquella tarde que pasamos en el parque, tendidos en el césped, viendo como caían sobre nosotros todas esas hojas. Una noche en la ópera. Una mañana en la cama.

Solo te pido que seas fuerte, que me brindes una segunda oportunidad. Prometo abandonar todo eso que sabemos me resta mucho tiempo y que, a decir verdad, no es importante para mí en absoluto. Prometo solo decirte la verdad. Prometo no contentarte con falsas ofrendas, se terminó hacer nada que no sienta realmente. Te prometo ser yo, siempre, las veinticuatro horas.

Una oportunidad, es lo que pido. Ni una falsa lágrima, ni un seis de enero con adornos.

- No se preocupe señora, está en las mejores manos. Se pondrá bien, no tenga duda.

martes, 10 de abril de 2007

Del celuloide al siglo del mono



¿Qué es un sentimiento? Quizá la cosa más inexplicable e irracional que el ser humano lleva consigo. Los sentimientos. No son una nube. No son madera de ébano. No son una bombilla halógena. No son un microorganismo. No están en ninguna parte. Guían nuestros actos. Son imprevisibles. Son caprichosos. Nunca sabes cuando van a aparecer o cuando desaparecerán. Se pueden provocar, pero no siempre funciona. ¿Por qué algo que a mí puede resultarme repulsivo, asqueroso, sin sentido e idiota para un prójimo puede resultar el argumento central de su vida? Todo el mundo sabe lo que es un sentimiento, mas poca gente se atreve a definirlos con precisión microscópica. A veces tememos alcanzar ciertos sentimientos, otras veces nos drogaríamos en el servicio de un after con tal de sentirlos. Te pueden hacer flipar en poco tiempo o aburrirte durante horas. Pueden hacerte llorar, reír, dormir; pueden hacerte salir a dar un paseo, comprar una bolsa de pipas grefusitas, encerrarte en tu habitación, saltar por todo el piso, patear la almohada un buen rato, fumarte una clase de Información y Comunicación Audiovisual... No puedes esquivarlos.

Y es que no puedes esquivarlos muchacho. ¿Por qué intentarlo tan si quiera? Resulta estúpido. Resulta frustrante. Tengo la teoría *autopersonal de que tus sentimientos te respetarán si tú los respetas a ellos. Digamos que estos entes etéreos tienen una incalculable necesidad de protagonismo. Si no se lo das te joden, al igual que el niño castigado que se enfada y no respira. Los sentimientos tienen la jodida manía de entrar en combustión cuando no le haces ni puto caso. No siempre apetece sacarlos, igual que la basura, pero como queman los jodios. A veces optamos por hacerles frente, se revelan y luego viene la autocompasión. Echarle la culpa a terceros de tu desatención a tus sentimientos es actuar de forma hipócrita, coger el camino más fácil y cobarde ¡No seas cobarde coño! Si están ahí será por algo, y si están por nada apañados vamos, pero qué remedio. Llorar de poco sirve si nadie te ve. Zamparte una tarrina entera de helado de vainilla servirá para que nadie te quiera ver. Se John Wayne en lugar de Peter Pan, que estás muy crecidito para tanta bobería. Avisado quedas baby.

No es que hoy haya amanecido sentimental, me hubiera abalanzado igual sobre los tipos de interés, pero cosas de esta vida, que cual lag unos días te pone aquí y otros más allá (recuerdos para el chico que hace un año cantaba lo de Mr. Robinson). Se podría decir más bien que estaba aquí intentando esquivar al sentimiento sueño, vamos, que me he puesto gallito un rato, pero ya empieza a quemar el cabrón. La pérdida de información, que provoca reiterativos ciclos de estrechez melódica y nos pasea una y otra vez por los mismos valles distorsionados.

¡¡Piensas que me entiendes y no sabes nada sobre mí!!

lunes, 19 de marzo de 2007

Lusie y Donna



La luz rojiza teñirá por completo el paisaje. La visión hacia el horizonte quedará borrosa a causa del calor y el asfalto. El pelo de ambas recorrerá las corrientes de viento. El aire contra su piel les hará levitar en tierra. Sobre el automóvil una vieja canción escapará poco a poco del tapizado del descapotable, cruces de miradas cómplices y dos labios darán vía libre a dos sonrisas capaces de derretir el minutero de tu reloj de bolsillo.

LUSIE: Pero el final es siempre el mismo. ¿Acaso tú crees que algo va a cambiar? Hay dos tipos de personas: Los que se preocupan de hacer las cosas bien y los que no pierden el tiempo pensando en las consecuencias y directamente las hacen. Tú y yo sabemos nuestro lugar. La vida no deja de ser otra cosa que un camino de rosas.
DONNA: Tienes razón, la vida es un camino de rosas: Nos pincharemos una y otra vez con sus espinas, aún así nos quedaremos gilipollas mirándola hasta que un día no podamos más, caeremos al suelo y reventaremos. Pero lo peor no es eso, lo peor es que tras esto la hija de puta se marcará con nuestros restos una fotosíntesis, como buena rosa cabrona.
LUSIE: Sabes que yo jamás perdería el tiempo mirando rosas, la vida pone a nuestra disposición un gran número de placeres. Los que disfrutan con las pequeñas cosas como el color de una flor o la forma de una nube en el cielo es que no tienen la suficiente pasta como para acceder a los placeres mayores.
DONNA: Puede que la pasta no nos dé placeres mayores, simplemente nos ciegue en una avaricia que los directores de los grandes almacenes han ido implantando en nosotras a través de anuncios en la tele o malditos folletos de publicidad en el buzón.
LUSIE: ¡Venga Donna! ¿Quieres hacerme creer ahora el royo ese de que el dinero no da la felicidad?
DONNA: No la da.
LUSIE: ¡Venga! No seas hipócrita, ¿ahora resulta que no te gusta el dinero?
DONNA: No me gusta el dinero.
LUSIE: ¿Ah si? ¿Y cómo cojones hubiéramos conseguido este coche sin dinero?
DONNA: Es prestado.
LUSIE: Si, ya lo sé, pero antes alguien tubo que gastarse la pasta y comprarlo. Si no hay pasta no hay coche, y si no hay coche no hay nada que prestar. Me parece una estupidez que digas que no quieres dinero.
DONNA: Yo no he dicho que no quiera dinero, quiero dinero, y cuanto más mejor. Lo que yo he dicho es que no me gusta.
LUSIE: ¿Y cuál es la diferencia?
DONNA: La diferencia es meramente apreciativa. Tú crees que el dinero es bueno y da la felicidad. Yo creo que es una mierda y que en ningún momento la da. Solo es un puto atajo que lleva a una sensación similar, no es felicidad, es parecido y tú lo confundes.
LUSIE: ¿Y eso es lo importante? Es decir, ¿qué más da lo que tú y yo pensemos? Da igual que piense que la droga es buena o mala, si me meto soy una drogadicta igual. Y si el dinero es mi droga prefiero disfrutar de esta sensación todo lo que pueda. Si tú no puedes me compadezco de ti nena.
DONNA: Tampoco he dicho que no disfrute cegada por la avaricia que los directores de los grandes almacenes nos han implantado a través de los anuncios de la tele.
LUSIE: Ves nena, si al final siempre estamos de acuerdo, no entiendo por qué discutimos tanto.
DONNA: Es divertido.
LUSIE: Lo es. Anda, ¿por qué no vas parando? Tengo un hambre de fenómenos.
DONNA: Buena idea, pararemos y compraremos algo con tu sucio dinero, jajaja.


..ESTACIÓN DE SERVICIO A 2.000 m.

..ESTACIÓN DE SERVICIO A 1.000 m.

..ESTACIÓN DE SERVICIO A 500 m.

..ESTACIÓN DE SERVICIO A 250 m.


Aparcaron en la explanada arenosa, justo en frente del cristal en el que unas serigrafías rubricaban la palabra CAFETERÍA.

DONNA: Baja, yo voy a llenar el depósito. Pídeme café cortado y tortitas.
LUSIE: ¿Sirope?
DONNA: Eso, tú ponte como una foca.

Lusie levantó un poco más de polvo hasta que alcanzó la puerta de la cafetería. Pasó y se acercó a la barra para pedir el desayuno. Al tercer bocado de la tostada con crema de cacahuete Donna hizo sonar la puerta. Siete segundos después y tras lanzar una mirada a su derecha conforme caminaba ocupó el lugar que le correspondía, junto a Lusie.

DONNA: Ey, son cómodos estos asientos eh.
LUSIE: Si, no me importaría dormir en ellos. Además, podrías levantarte y pedir el desayuno desde aquí. Sería como si te lo trajesen a la cama.
DONNA: Como se nota que nunca te han traído el desayuno a la cama. Esto sería mucho mejor. En la cama estás más pendiente de que el café no vaya a volcar e inundar tus sábanas que de disfrutar de la mermelada de las tostadas.
LUSIE: Si, la verdad es que hay cosas que debemos dejárselas a los directores de cine. Los desayunos en la cama son una de ellas. Otra sería lo de bajar de un tren en marcha, o la frase "siga a ese taxi".
DONNA: Yo una vez lo hice.
LUSIE: ¿Lo del taxi o lo del tren?
DONNA: Lo del taxi.
LUSIE: Bien, entonces a mí me toca lo del tren.
DONNA: ¿No decías que eso era mejor dejárselo a los directores de cine?
LUSIE: He cambiado de opinión. Soy muy envidiosa y tú has hecho muchas cosas de directores de cine. No voy a ser menos.
DONNA: Si te lanzas desde un tren en marcha no vas a ser menos, serás estúpida.
LUSIE: Tienes razón, la que hace las cosas de directores de cine eres tú. Deberías lanzarte desde un tren en marcha ¿sabes?
DONNA: Quizá lo haga.
LUSIE: Jajaja, oye, ¿qué tal si vamos acabando con esto de una vez?
DONNA: ¿Te refieres a "comprar" algo en la tienda antes de marcharnos?
LUSIE: Me has leído el pensamiento nena.

La luz rojiza tiñe por completo el paisaje. La visión hacia el horizonte queda borrosa a causa del calor y el asfalto. El pelo de ambas recorre las corrientes de viento. El aire contra su piel les hace levitar en tierra. Sobre el automóvil una vieja canción escapa poco a poco del tapizado del descapotable, cruces de miradas cómplices y dos labios dan vía libre a dos sonrisas capaces de derretir el minutero de tu reloj de bolsillo. Donna va al volante, Lusie mira a un lado de la carretera mientras el Sol intenta reflejarse un rato más en sus sunglases. En el asiento de atrás, un pintalabios mal cerrado, el revólver aún caliente y cinco mil en billetes de cincuenta, veinte, diez y cinco dentro del bolso de piel. Ni dos horas hacen falta para que la noche caiga sobre esta tierra árida, pero será demasiado tarde, para entonces ellas ya habrán conseguido su propósito de alojarse por siempre en lo más profundo de tu vida.



Con la colaboración especial de:
APU en el papel de Lusie
OLU en el papel de Donna

jueves, 1 de marzo de 2007

EDICIÓN ESPECIAL serieb: Tiempo para romper sueños, sueños para romper el tiempo


El siguiente texto forma parte de la publicación especial en papel de marzo ‘07 del fanzine Serieb:

Las ceras de color inundan la mesa del escritorio. La dorada luz de la farola entra por la ventana y se mezcla con la nocturnidad de mi cuarto de interruptor fuera de servicio. Ahí afuera la noche está pasando. Me sumo a la volatilidad de la melodía; el frigorífico está bien cerrado y yo pasaré un rato sobre la cama desintegrando unidades de tiempo…

…en aquel preciso instante en que un segmento lineal de escasos centímetros unió, por un momento real y para siempre en mi subconsciente, cuatro esferas cristalinas destinadas a ejercerse la atracción más poderosa que el universo ha sido capaz de inventar. Miles de preguntas que se chocan entre las ondas del sonido eléctrico. Un *sonórico silencio profetizado a romperse.

…en la ciudad, y nosotros dos corriendo por ella. Niños, farolas, vallas publicitarias y marquesinas pasando fugazmente a nuestro lado, y mientras yo dibujándote una sonrisa. Saltar un banco del parque, andar sobre el bordillo y frenarnos de pronto frente a un portal, y tus ojos mirando tímidamente mi camiseta antes de cerrarse para que el tiempo aturdido estimule tus sentidos.

…en nuestro escondite, nuestro palco desde donde se puede ver el cielo entero, y yo tumbado, y tú a mi lado, los dos, y la noche detenida delante de nosotros. Una estrella que se descuelga, una estrella que nos observaba en silencio y ha bajado para rozar tu mejilla. Y susurrarte al oído, labios húmedos, y tú mirando mis ojos.

…en la última vez que te vi, en un adiós frente a una puerta de madera y forja. Dos dedos que se tocan por última vez. Una ráfaga de viento que mueve tu pelo, y tú, ya sin mirarme, y una esquina interponiéndose entre los dos. Una promesa, una compañía para un viaje que jamás llenará maletas. Una lágrima rota contra el suelo, un recuerdo alojado para siempre en el universo de mi mente.

Las ceras siguen esparcidas, chocando perpendicular e inevitablemente contra el cuadrúpedo objeto. Una luz incide directamente sobre el párpado, propiciando así el desvelo de un iris desconcertado: La farola hace horas que se apagó. Ahí fuera el día ha comenzado. No recuerdo cuando cesó la melodía, tal vez no quiso hacer bajar a ningún viajero del tren de los sueños, lástima que el Sol no haya pensado igual. El frigorífico sigue cerrado, aunque creo que no por mucho tiempo. El contador se vuelve a poner en marcha y los segundos, a partir de ahora, escapan de uno en uno.
Finalizado en la madrugada del 21 de Febrero de 2007

lunes, 26 de febrero de 2007

Uno de diez motivos para viajar de noche


Cuchillas de afeitar, zapatillas, camiseta. Cerré la cremallera para que el cierre quedase cerca de mi mano. Le saludé por última vez y bajé las escaleras para salir de una vez a la calle. Anduve un rato a un ritmo acelerado al mismo tiempo que los tejados se iban alzando sobre las teteras, tapando así al astro rey.

Habíamos subido al autobús hacía media hora. La línea discontinua desfilaba a un lado y los neumáticos reían porque le hacía cosquillas. Casi sin darme cuenta habían quedado atrás los días para el recuerdo, ahora estábamos yo, la noche, el sonido argentino de mi mp3 y la carretera. Un manto oscuro inundaba el paisaje que rodeaba mi vehículo, únicamente interrumpido por esporádicos focos de luz al otro lado del cristal.

Me gusta viajar de noche, me gusta mirar por la ventana y ver pasar todo ante mí sin mover un dedo.

El tiempo volaba, al igual que los kilómetros, y yo, desinhibido, seguía con la mirada fija en el cristal. Pasó un tiempo hasta que vi tu reflejo. Hace hora y media te despedías de tus padres con un beso y ahora estabas sentada en el asiento de delante, en silencio, mirando por la ventana. Yo te miraba en silencio a través del cristal, no conseguía distinguir si veías las luces o estabas dormida. No quería despertarte.

Quiero recordar que no parpadeé durante bastante tiempo.




Nistal - 10 motivos para viajar de noche

sábado, 24 de febrero de 2007

Humedades y catástrofes


- Mamá, ¿la ropa se seca antes con el Sol o con el viento?

Estoy pensando que hace demasiado tiempo subí las escaleras de la terraza. Demasiado tiempo, demasiados errores. Está bien pensar en ellos como algo extirpable, pero quizá la línea que los separa del sujeto es tan fina y lleva tanto tiempo deteriorándose que no consigo encontrarla para empezar a trabajar en la división definitiva. Sería mucho más sencillo si aprendiese a llevarla conmigo, si desde fuera hubiera alguien interesado en no fijarse en ella, pero sinceramente, ya no creo que eso sea posible.

Es increíble que esto esté pasando. ¿Qué hice mal? ¿Acaso el dolor es algo inesquivable? ¿Estamos destinados a dañarnos los unos a los otros? Y si esto es así, ¿por qué no pasa igual con la suerte? ¿Es la suerte algo etéreo única y exclusivamente para mí? Toda una vida pensando que las cosas tienen que salir bien, ¿y si no salen bien? ¿Y si el mundo es injusto por naturaleza y no estamos en el bando de los beneficiados? ¿Debería empezar a cagarme en mi puta vida (véase el antro de Wapsman)?

- La ropa se seca antes con el Sol. Con el viento se seca también, pero tarda más, aumentando así la probabilidad de que llueva y se vuelva a mojar, más si el cielo está nublado.

jueves, 1 de febrero de 2007

Aquella vez que perdí media tarde de estudio observando un poster de Cedric Pioline


Esta noche he tenido un sueño bastante extraño. Les explico: La escena nos sitúa en una ártica noche gélida de esas que abundan por el mes de Enero en el centro neurálgico capital por excelencia; vuelvo de la biblioteca tranquilamente por una de las calles de Moratalaz (la de la óptica esta que tiene un doctor enorme con gafitas en la puerta creo) cuando de repente veo que progresivamente una señorita de abrigo largo y bufanda de punto se acerca hacia mí. Sin tiempo si quiera para esbozar palabra, una amarillenta pelota de tenis aparece en mis manos. No me pregunten por qué (es un sueño joder), pero me freno en seco, doy un par de pasos hacia atrás y apuntando al más puro estilo José Canseco le encasqueto la pelota en la boca a la simpática (digo yo) señora. Pero atentos, la señora se levanta del suelo, se coloca bien el abrigo y la bufanda (insisto que hacía un frío del carajo) y, sin sacarse la esfera amarilla del paladar se gira y comienza a caminar. Supuse que iba a avisar a su marido, así que decidí que era un buen momento para despertar. Desperté.

Llevo todo el día dándole vueltas, porque el tema, bajo mi punto de vista, es bastante serio. ¿Y si es una premonición? ¿Un aviso que me lanzan desde un universo paralelo avisándome del desastre inminente al que estoy abocado? No se, entiéndanme, no soy de esas personas que sin venir a cuento van dando pelotazos a la gente, y no me gustaría tener que empezar a hacer “eso” ahora (aunque las pelotas de tenis son tan... abres el bote, PLASH, y son tan suaves... y huelen tan bien...). ¿Y si resulta que en uno de mis nocturnos viajes a la biblioteca ocurre? Así, sin más ¿Qué pensará el marido de esa mujer? ¿Y si tiene represalias serias contra mí? Saben por donde vivo, y no pararán hasta que mi cabeza penda de su televisor (al lado de un trenecito que les tocó en un huevo Kinder y sobre un cubreteles de punto de cruz que la madre de la señora tejió cuando se mudaron allá en 1988).

Llamadme enloquecido, pero estoy empezando a cogerle respeto a la profesión de Recogepelotas (o ballboy diría el amigo inglés de Rosi de Palma). Nada, nada, ahora mismo raudo cual felino ibérico llamo a R. Garros para decirle que se busquen otra cobaya para sus sádicos experimentos, ¡mi culo no está en venta señor Garros!

domingo, 28 de enero de 2007

Jamás debí decir [send]



Doce mil metros por encima de la tierra fértil que rodea una enredadera, trepando por el blanco impoluto de las paredes de cal, del cuadrado corazón del edificio. Algunos (millones de) metros más a la izquierda, una esfera naranja, tiñendo de color calor el número 20 de la calle mía, de una ciudad al sur de Madrid y al norte de Tánger. Cuatro vías de salida, treinta y cinco niños llorando sin espacio libre en sus manos en su primer día de colegio. Doce regaderas de hojalata olvidadas en el huerto y otras doce de plástico del todo a cien rebosantes de agua. Seis rugosas palmas apretando simultáneamente el número 6, y sus seis aves cantando a las seis de la tarde. Tres líneas que se cortan, con ellas cincuenta y tres transeúntes, uno de ellos, yo. Uno de ellos yo, una carta, un buzón, un empleado de correos, una oficina, un camión, un buzón con nombres y apellidos (los tuyos). Una mano, dos pupilas. Una lágrima.