miércoles, 19 de noviembre de 2008

El viaje estático

Justo en ese instante, él se preguntó qué es lo que ella estaría haciendo. Supuso que dormiría. Supuso que los dos estarían rodeados por la misma oscuridad, esa oscuridad en la que si te esfuerzas, eres capaz de vislumbrar las formas. Sin lugar a dudas, ese era el lugar donde mejor se sentía. Le reconfortaba abrir los ojos y saber que si ella también lo hacía, ambos no verían más que sombras desordenadas e imágenes que desde hace unas horas perdieron su significado.

Esa noche no paró de dar vueltas por la habitación, mientras el mismo disco sonaba una y otra vez. Estaba tranquilo, su única preocupación era tumbarse y dejar volar la mente. Aquello le gustaba tanto que no se sentía capaz de hacer otra cosa. Al tiempo que la habitación se llenaba de sonidos, él reproducía paso por paso un viaje que se empeñó en dibujar con la cabeza, y que jamás fue capaz de andar con las piernas. Era la única forma de no sentirse solo en una habitación vacía. A los pensamientos le sucedía la música, y a la música los pensamientos. Los dos, como una pareja enamorada, repitiendo el mismo baile durante toda la noche. Mientras tanto, la parte más física de su cuerpo resbalaba entre las sábanas, haciéndole sentir extrañamente reconfortado. No había nada que demostrar, pues era demasiado tarde; no había nada que emprender, pues era demasiado temprano. Se encontraba justo en esa línea que separa un día de otro, donde las horas no tienen nombre y los segundos no son tomados en cuenta por nadie.

Así él pasaba su tiempo.

Cerca del final de la noche, él se volvió a preguntar qué es lo que ella estaría haciendo. En realidad, nunca quiso buscarle una respuesta a la pregunta, pues era tan solo una escusa para que sonase de nuevo la música. Quizá por última vez, antes de que el primer rayo de luz colorease una habitación que para él debería ser siempre oscura.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

La promesa, y daños colaterales

Se miró a las manos. Eran su único y mejor artificio. Sus manos eran especiales, eran capaces de crear cosas que los demás solo podían comprar. Las volvió a mirar, y su boca les hizo una promesa: "Os voy a dejar que me hagais grande". Su órgano de pensar no estaba tan de acuerdo con la promesa. Aún así, él insistía: "Preparaos pequeñas, voy a dar la cara por vosotras, solo tendréis que preocuparos de hacer magia una y otra vez, ¿de acuerdo?".

Estuvo un buen rato sin apartar la vista de sus manos, y hubiera sido un muy buen rato si Rodri no hubiera hecho su aparición:

- Estás más gordo cabrón.
- Y que tú lo sigas viendo por mucho tiempo hermano.
- Y más loco.
- En efecto.
- ¿No vas a parar?
- Jamás.
- ¿Y si tenemos que recogerte de alguna cuneta?
- Pues simplemente ten cuidado de no darme un golpe en la cabeza, estoy estudiando.
- Ya, si yo me las veo venir... ¿te he dicho que estás más gordo?
- En efecto.
- ¿Y que estás más loco que una puta cabra?
- Creo que también.
- Sigamos aguantando pues.
- Para eso están los amigos, ¿no?
- Supongo.
- Supones bien.