sábado, 22 de abril de 2006

Ligero atardecer




Las llaves estaban sonando. El sonido era claro: ahora la giraría y entraría. Tras tres golpes secos hizo lo que correspondía. Avanzó por la entrada y desde el sofá alcancé a ver su silueta. Por fin de vuelta. Lentamente el bagaje de su mano izquierda se fue deslizando hasta reposar en el suelo. Yo levanté un poco la mirada y aún en un estado cuasi enhinibido, mezclado con la oscuridad de las persianas entrecerradas y el cálido ambiente de los días de verano, la vislumbré en mi salón. Muy despacio me fui inclinando: era imposible. Comencé a avanzar, muy lentamente, intentando no hacer ruido... y por un instante...

...(hhh)...

¿Qué hora será? Ay, no puedo... Bueno, creo que tengo que levantarme, hay cosas que hacer...

La tarde no era buena. Miré por la ventana. Estaba lloviendo. Miré las aceras. El agua se deslizaba por ambos lados de la calzada hasta perderse por las aperturas de rejas metálicas. Los vehículos atravesaban la calle. Las personas parecían no querer hablar, simplemente andaban.

Me marché hasta mi habitación, flexo en marcha. Fusión textual.

Pasaron tres horas. La lluvia casi había cedido y una estela esperanzaba las últimas horas de luz. Fui al armario y cogí mi abrigo. A la vez que abría la puerta me armé con un saliente del paragüero situado justo debajo del portero. Cerré la puerta. Bajé las escaleras.

Comencé a caminar por las húmedas calles intentado llegar a aquel lugar. Cuando llegué la claridad era casi extinta. Me quedé mirando el horizonte mientras mi rostro se enfriaba a causa de la brisa:

"Ojalá ahora mismo estés mirando este cielo. Ojalá estas nubes estén a la suficiente altura. Ojalá el mar no cese. Ojalá este momento termine con un susurro..."

Cerré los ojos.

Esperé.

...(hhh)...





CocoRosie - La Maison de mon Rève

martes, 18 de abril de 2006

(Tiempos perros)




Estaba hundido... Se le habían arrebatado todas sus inquietudes. No era la primera vez que pasaba por ello. Su barco volvía a estar en el fondo marino. Sus posesiones, flotando a nivel del mar, tambaleándose de un lado a otro. Su vida, bueno, compacta en una caja de zapatos...

Aquel día vagaba por las calles. El día era soleado, e incluso algún pájaro, con su melodía desinteresada, intentó en vano alegrarlo. Pero él estaba hundido y hundido se sentía. Sabía que en algún momento esa sensación cesaría (siempre lo había echo) pero sabía hoy no llegaría ese momento. Él quería estar hundido. Cada idea que tiempo atrás era convertida en enriquecimiento de aquellos que tenían la oportunidad de avecinarse era aplastada en fragmentos de segundo.

La pasada noche él había asesinado a alguien. Las voces lo traicionaron, lo llevaron a aquella situación y cesaron justo cuando más las necesitaba. Estaba solo. Corrió durante toda la noche, pero aquello no terminaba con esa sensación que pegajosamente se le adería e inundaba su cuerpo. Atravesaba una y otra línea de luz marcada por las farolas en las andrajosas calles oscuras de su más profundo inhumano. Miraba atrás mientras corría. Aquella calle no terminaba nunca...

"...de rojo te ves bien, combina con tus ojos y tu piel, de rojo te ves bien, rojo sangre..."

No tenía tiempo para seguir transformando su subconciente en realidad. Sabía que le acompañaría mucho tiempo... pero el tiempo de creación terminaba 7 minutos después...

"...porque tú, muerto ya estás, muerto estarás, puedes estar tranquilo pues solo en sueños me atrevo a matar..."



Disculpa los malos pensamientos - Panda

viernes, 7 de abril de 2006

A ciegas, reflejo, momento



Agarré mi abrigo y salí de la estancia.

- Adios muy buenas, señores, yo me largo.

Y es que aquél viejo pasado de rosca ya me estaba poniendo de los nervios con tanto chistecito. En serio pienso que hay personas fabricadas de una materia superespecial, la cual tiene la capacidad de colmar paciencias y entrometerse en millones de vidas ajenas. La noche algo fresca, sin llegar a ser molesta. No se, el aire enrojecía mi faz, pero a la vez servía de motor, una vez más, como si levitase. Todo estaba en paz, simplemente el pasar de algún esporádico coche alteraba la calma. Momentaneo.

Las farolas se sucedían. Fue a la decimoquinta cuando alcancé a ver una sombra. No me pregunten por que, pero aquella imagen me fascinó. Aquella silueta que se encontraba entre la luz y la más tenue oscuridad permanecía inmóvil. Me hice a un lado. Abandoné la acera y me adentré en un tramo de hierba. Reposé mis manos sobre el seto y a su izquierda arrojé mi mirada sobre la imagen. Como un tren de cercanías atravesó durante un segundo (instante) en mi mente aquella frase... "obscinado en mantenerte como un viento a mi lado".

Aquél momento fue para mí. Sentí que nadie jamás podría arrebatarmelo. Me volví y me senté sobre el húmedo césped reposando la espalda en el seto y la cabeza levantada hacia el cielo estrellado. Aquella noche los colores se fundieron con la oscuridad. Cerré mis ojos y volvió a sonar, como un reflejo.

Creo que aquello jamás llegó a ocurrir. Puede que fuera un efecto secundario de alguna buena canción que calló en mi memoria y que pretende salir.

¿Un sueño dices? ¿Por qué no? ¿Quieres acompañarme?

domingo, 2 de abril de 2006

Cajas de zapatos



La pasada oscuridad viajé a través de la barrera espacio-tiempo del universo y fui a parar a un mundo psicotrópico. Es la segunda vez que recuerdo haber realizado un viaje similar. Recuerdo que aquella primera vez, al entrar en contacto visual con la suma realidad de aquél mundo como si de un hechizo se tratase un frío comenzó a recorrer mi cuerpo desde los pies, avanzando por mi pierna, atravesando mi cintura, acentuándose en mi pecho, extendiendose por mis brazos hasta llegar a completar el recorrido, cuando caí sin conciencia.

Esta segunda vez mis ojos estaban mejor preparados para reencontrarse con aquella realidad paralela. Atravesé levitando las oscuras y atrapantes vias y me reencontré con el portal. El alma que me acompañaba y yo decidimos entonces atravesarlo y entrar por segunda vez en aquella caja de zapatos. Al entrar volví a sentir aquella sensación de frialdad. Esta vez la acepté. La prevención me permitió captar muchos más detalles. La deformación y aquellas extrañas estalactitas de color verde botella le daban un tono deplorable. En aquella caja de zapatos existian multitud de menudos compartimentos donde las almas habitaban encadenadas sin prácticamente poder tener contactos unas con otras debido a la compresión y aquellas delgadas líneas de metacrilato pálido.

Avancé hasta llegar al tercer nivel. Mi alma compañera y yo atravesamos nuevamente otro portal. Las almas que allí encontramos les eran familiares a mi compañera. A pesar de la situación, las almas parecian estar encadenadas de una forma pasiva y permisiva. Giraban en torno a aquél metálico barrote sin práticamente querer huir. Me fijé en unos extraños trazos pictográficos con formas que aparecían sucesivamente en toda la estancia. Caí en la cuenta de que esos dibujos eran los que absorbian la energía vital a las almas y la razón por la cual seguían atadas. A mí prácticamente no me hacía efecto entrar en contacto visual con esos dibujos, así que deduje que quien quiera que los hubise colocado los había personalizado para cada alma… Rercordé haber visto entonces fuera grandes salones, bien cerrados, justo en el paso de trance de las almas, que al pasar parecían absortos. No se, creo que estaban cegados, porque la señal era bien clara. Fue entonces cuando me di cuenta del plan: esos que eran dueños de los grandes salones eran los mismos que sacaban partido a la sumisión de las almas, usando los trazos pictóricos como instrumento, haciendoles pensar que poseen algo cuando claramente aquellos dibujos estaban fabricados de vacío…

Al poco de aparecer la primera luz radiante emprendí el viaje de regreso, volviendo atrás en mis pasos. Me pregunté a mí mismo si en un futuro yo podría llegar a estar atado a mi propia caja de zapatos. No tuve duda de que sí.