
Estamos cambiando. Caminamos de nuevo por las calles que lo fueron todo para nosotros, casi rozando con la piel el recuerdo de días que quedaron presos de una época pasada, y cada vez más lejana. Nuestras mentes parecen agotadas, procurando inútilmente abandonar el pozo de mediocridad que no hace tanto nos calmaba la sed. Se frustraron tantos y tantos intentos de alcanzar las grandes metas, que ahora (dichas metas) no parecen más que el estereotipo que un niño creó con su imaginación, mera extensión del juego que para él supone la vida. Nada nos atrae, porque todo nos decepcionó. Nada alcanzó el grado de perfección que nuestra mente diseñó, todo está vacío, es vano y duele.
Fue mucho más bonito soñarlo que vivirlo, y me refiero al futuro. Atrás quedaron las frases mal compuestas, las letras desaparecidas, pues ahora nos resulta relevante el lugar que ocupan las tildes. Atrás quedaron muchas chicas, guapas algunas de ellas, pues nos creemos en la tesitura de exigirles la altura que nuestra compañía merece. Además, miramos por encima del hombro a aquellas que nuestro sentido común tiznó de incompletas. Es triste, ¿verdad? Pensábamos que completando el camino el mundo estaría a nuestros pies, y ahora nos damos cuenta que en realidad es el mundo el que reposa sobre nuestros hombros.
¿Lo ves? Al menos entonces teníamos objetivos.
Recuerdo que nos gustaba la música mala y los mensajes hipócritas. Aquello nos hacía sentir parte de algo, parte de alguien. Sin embargo, ahora no nos sentimos parte más que de personas que apenas hacemos por ver, esperando a que la vida nos las quite de en medio para destrozarnos por dentro, con un dolor que difícilmente llegamos a imaginar, arrepintiéndonos cada segundo del resto de nuestra vida por no haberles dedicado ni tan si quiera una mísera parte del tiempo que perdimos frente a una pantalla inerte.
Seguimos el camino que nos quisimos trazar, pero lo que vemos no nos gusta. Para colmo, el futuro no es alentador. Nos sentimos superiores a muchos. Quizá lo seamos, es cierto, pero justo eso nos aleja del resto. Resultó que las personas con las que anhelábamos pasar nuestro tiempo están tan vacías que tan si quiera podrían albergarnos en sus vidas por mucho que lo procurasen, pues no fueron capaces de crear un espacio con dicho fin.
Así somos, incapaces de reconocer nuestros propios errores.
Y ahora me pregunto yo, ¿habrá valido la pena llegar hasta aquí?

No hay comentarios:
Publicar un comentario