Al primer segundo le siguió un segundo. Es decir, un segundo segundo, con sentido ordinal. Aunque espera, ahora que lo pienso, temporalmente también pasó justamente un segundo. Un segundo de tiempo colocado en segundo lugar… sí, algo así.El caso es que a ese segundo le siguió un tercero, y al tercero un cuarto. Cuando quiso darse cuenta el tiempo se había puesto en marcha.
Al principio no tenía demasiado claro que aquello fuese bueno. Ahora se podía mover, podía emitir sonidos, podía tocar cosas, y sentirlas. En definitiva, se sentía vivo.
Sin embargo aquello del tiempo le incomodaba. Había perdido el control. La mayor parte de las cosas ya no dependían de él. Más bien solo él dependía de sí mismo. Todo cuanto le rodeaba se movía, sonaba, tocaba y sentía a su propia manera.
Aquello le incomodaba.
Poco a poco se fue dando cuenta de una cosa. Todo aquello que le rodeaba no le era completa y absolutamente ajeno. Descubrió que podía obtener respuestas en función de sus actos. Así empezó a dominar su entorno.
Llegó hasta un punto de dominio en el que volvía a creerse con el control de todo. Se tenía a sí mismo como herramienta, y todo lo demás estaba a su merced.
Cuando se vio en lo más alto algo salió mal. Lo que en numerosas cosas había funcionado no lo hizo en aquella ocasión. No sabía decir si el comportamiento de su entorno había variado o simplemente él hizo algo mal sin percatarse. Fue ahí cuando descubrió el dolor.
El dolor no le gustaba. Le parecía lo peor que le podía pasar. Volvió al punto de partida: volvió a no comprender nada.
Después el dolor se fue curando. Se cuidó en ser más atento y no fiarse de su entorno. Él lo necesitaba, pero no sabía en qué momento podía volvérsele en su contra. Aprendió a ser cauto.
El dolor volvió en más ocasiones, pero cada vez de forma más localizada y con intensidad atenuada. Se recuperó una y otra vez al dolor. Sin darse cuenta se había producido un cambio en su interior: conforme más crecía el respeto más decrecía el miedo hacia el dolor. Aprendió a respetarlo al mismo tiempo que lo afrontaba sin miedo.
Se hizo fuerte. Se hizo cauto. Comprendía su entorno y lograba sobrevivir en él, aunque ello supusiera alguna dosis de dolor.
Al final comprendió que aquello no era ni bueno ni malo: era único. Sentirse vivo no podía compararse a ninguna otra cosa.
Y el tiempo siguió pasando.
Cinco, cuatro, tres, dos, uno…

1 comentario:
Creo que es importante saber de qué segundo se está hablando para entender mejor el relato.
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