Se sentó en uno de los dos sillones de su salón. Ninguno de los sillones se parecía lo más mínimo. Tampoco compartían ningún punto en común con la mesa, ni con la estantería de libros del rincón, ni con el espejo de la pared ancha. Detuvo su mirada allí mismo, en el espejo. Miró y vio en él su salón reflejado. Los dos sillones, la mesa, la estantería de libros del rincón... y ella misma. Aquella visión le provocaba una extraña sensación. Pasaba gran parte de su vida entre aquellas cuatro paredes rodeada de los muebles que había ido recogiendo de la calle durante años. Sin embargo, a pesar de ser su escena más familiar nada de lo que observaba sentía como suyo: ni los sillones, ni la mesa, ni la estantería del rincón... ni tan siquiera su propia imagen. Se miró en el espejo. Se reconoció, pero al igual que el resto de personas con las que había tenido contacto en su vida, no sabía quién era ella. Le faltaba algo. Le faltaba una identidad.Os puedo asegurar que no es una forma romántica de hablar. Olga no estaba atravesando ninguna etapa íntima y egocéntrica que quién más, quién menos hemos pasado en algún momento. No señor. Aquella chica no había tenido identidad desde el primer segundo en que llegó a la vida.
Quedarse allí sentada no le iba a dar una identidad, así que se levantó.

3 comentarios:
A ver si podemos seguir la historia de Olga que se ha cortado cuando era interesante
Son ideas que van rondando y que con el tiempo espero ir hilando.
Espero que así sea.
El otro día te pillé con las manos en la masa.
La 2ª edición de los 80 está por llegar, espero verte to guapo.
Publicar un comentario