
Doce mil metros por encima de la tierra fértil que rodea una enredadera, trepando por el blanco impoluto de las paredes de cal, del cuadrado corazón del edificio. Algunos (millones de) metros más a la izquierda, una esfera naranja, tiñendo de color calor el número 20 de la calle mía, de una ciudad al sur de Madrid y al norte de Tánger. Cuatro vías de salida, treinta y cinco niños llorando sin espacio libre en sus manos en su primer día de colegio. Doce regaderas de hojalata olvidadas en el huerto y otras doce de plástico del todo a cien rebosantes de agua. Seis rugosas palmas apretando simultáneamente el número 6, y sus seis aves cantando a las seis de la tarde. Tres líneas que se cortan, con ellas cincuenta y tres transeúntes, uno de ellos, yo. Uno de ellos yo, una carta, un buzón, un empleado de correos, una oficina, un camión, un buzón con nombres y apellidos (los tuyos). Una mano, dos pupilas. Una lágrima.

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