miércoles, 15 de agosto de 2007

Hecho de sueños reales


Los hombres nacemos, crecemos, nos reproducimos, en ocasiones tenemos gatillazos, y otras muchas simplemente soñamos, y lo relatamos...

El comienzo de esta controversia: una invitación del mismísimo Santi Balmes, una cena en su piso de Ciudad Real (la verdad es que me pareció bastante raro el hecho de tener un piso en tal ciudad, pero me lo tomé como una excentricidad de una estrella post-pop-rock). Evidentemente no lo dudé un instante. Cuando quise darme cuenta estaba frente a la puerta de madera de imitación de ébano, a escasos centímetros de la mirilla, con una "B" de forja sobre el marco y el dedo índice sobre el timbre. No perdí un segundo y lo accioné.

Estaba nervioso. Tras la puerta aparecieron Nuria y Santi. Nuria esbozó una sonrisa más propia de un reencuentro con un pariente lejano que de un completo desconocido. Santi ya entonces poseía la cara agria que perduraría casi inalterable durante el resto de la velada.

Nuria me invitó a pasar. Pasé al salón y allí estaba la pequeña retozándose por el suelo. Me senté sobre una silla y me dispuse a ver el televisor. El salón curiosamente era clavadito al de mi tía Jose (si, le decimos así, de Mari Jose). Santi se sentó en el sillón de piel y comenzamos tragar telebasura al unísono.

El siguiente fragmento de la noche consistió en la ingesta de tercios de cerveza (no de forma abusiva), y el picoteo vario de platos cuidadosamente decorados con manjares de la tierra que Nuria se encargó de depositar sobre la mesa de la Livingroom. Todo esto sucedió mientras la pequeña correteaba de aquí para allá y el par de dos observábamos, sin puta gana, la televisión de plasma. El hielo se rompió cuando Nuria, por fin, terminó de trajinar en la cocina, y se sentó con nosotros. Todo estaba delicioso, altamente satisfactorio. Creo recordar que comimos y bebimos un buen rato más.

El lesbiano mayor me invitó, creo que subconscientemente obligado, a pasar a la "habitación del roq" (la verdad es que no recuerdo bien si ese era su nombre, pero no es mal apelativo a fin de cuentas). Lo primero que me llamó la atención de ella fue el color rojo y un espacio sobrecargado por vinilos, bafles y un magnífico equipo de música que más parecía una máquina del tiempo. Se acercó como jodido de la vida hacia el "Shake some action" de los Flaming Groovies y lo hizo sonar. He de reconocer que sonaba de cojones, y lo digo por ambas partes, la del plasticucho y la de los metales electrizados. Él se quedó de pié mirando al infinito, moviendo la cabeza al ritmo de la música como diciendo "esto es bueno tío". Me sentía apocopado, quería romper el hielo, y lo hice, pero de una forma muy pobre:
- ¿Quienes son estos?
- Son The Flaming Groovies, un grupo californiano de mediados de los 60 que se empeñó en seguir la tendencia marcada por la British Invation cuando la psicodelia de esa década y de la siguiente se impuso a nivel mundial. Es normal que no los conozcas, remaron a contracorriente en su época.
- Son cojonudos. Oye tío, tengo que decirte que me parecéis la polla. En serio, no soy fan de nadie, porque "fan" proviene de "fanático" y a mí los fanatismos me dan miedo, pero si de algún grupo estoy cerca de convertirme en fan es de vosotros.
- Si, gracias.
- No se tío, conecto con la música que hacéis, supongo que será por el momento en que la escuché, que sería propicio para conectar. Yo pienso que lo más importante es que la música te haga sentir, y la vuestra la siento, me transmite mucho. Si todo el mundo sintiese lo que a mí me transmite seríais superventas mundiales. No se, es como magia.
- Si, gracias.
- Pues sabes, me quiero comprar ahora el Fender Blues Junior, ¿sabes cuál es?
- No.
- Ah, pues va a válvulas, un canal limpio, 15 vatios, no se, dicen que está genial.
- Pues si.
- Suenan bien...
- Si.
...

En aquél tenso momento entró la pequeña y se lanzó a la pierna de su progenitor. Fue una bombona de oxígeno en una situación difícil.
- Je, la peque va a salir una rockera de las buenas, con este padre y este equipo.

Tan siquiera obtuve respuesta.

Pululé por el piso unos minutos más mientras recibí invitaciones gastronómicas de todo tipo por parte de Nuria. Las rechacé de la forma más educada que soy capaz de brindar. Tras varios minutos en silencio, anuncie mi marcha a Nuria, que seguía recogiendo la cocina. Se ofreció a acompañarme a la puerta. Pasé por la habitación donde seguía sonando la música. La peque y Santi seguían enzarzados. Me despedí, y Santi me hizo un gesto con la mano sin apartar la vista de la pelirroja.

Lo último que vi fue a Nuria en la puerta, con la misma sonrisa que cuando llegué. Qué simpática esta Nuria.

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Al principio salí bastante mosqueado, bastante rallado e incluso algo cabreado. No entendía el por qué de este trato. No me lo merecía, soy una gran persona y... no entendí nada. Continué caminando hacia casa (curiosamente andando andando, y sin cambiar de paisaje urbano, me planté en mi casa de Pozoblanco) y una vez estuve en la puerta lo recordé todo. Todo encajaba, ¡seré idiota! Es como cuando ves a tu chica distante sin razón y al pasar el tiempo te das cuenta que es el día de tu aniversario: ¡todo esto era motivo de mi ausencia al concierto de los lesbianos en Martos! Joder, y yo actuando como si nada.

Santi, solo te pido tiempo, ya me deben un concierto de Love of Lesbian. Solo te pido que todo esto no acabe así, ¿ok? Para el siguiente te aviso, lo hablamos, y hacemos las paces. De verdad que lo siento.

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