
El día no empezó ni por asomo de forma especial. Nada reseñable, a lo sumo un ligero dolor de espalda que desveló mi sueño a eso de las once y media de la mañana. La televisión es un asco a esas horas. Me senté un rato frente a ella, viendo como pasaba ante mí el día con más pena que gloria. Para comer: comida recalentada. Un paso aquí. Un paso allí. Sin lugar a dudas el tiempo se había densificado, atravesarlo llevaba consigo el sobresfuerzo de un lago empantanado, lodo y fango. Ni una palabra, ni una conversación. Dediqué algo de tiempo a saldar mis obligaciones, aunque la mente tampoco dio de sí tanto como hubiera deseado. Volver a pisar viejos lugar, reobrar actos del pasado, y todo ello con un solo objetivo: Alcanzar el momento.
Para bien o para mal, al margen de cómo nos sintamos cada uno en el candor de nuestra morada, el tiempo no se detiene. Y así, sin más, fue como llegó la cita. Un buen montón de víveres sobre la mesa es lo poco que recuerdo que acompañaba a este servidor momentos antes de que un extranjero hiciese saltar una esfera en el Palacio de los Deportes, en el mismísimo corazón de Madrid. Comentarios cientos, acertados en su mayoría, fue lo que aconteció a continuación en este día que había dado un giro de 540º. Un día para hacer historia, un día para romper maleficios, un día para ganar. ¿Razones? Inabarcables. Pero el destino quiso que, de una forma totalmente legítima, fueran de otra estirpe los que al pitido final saltasen unos sobre otros, ondeando una tricolor, y profiriendo una serie de gritos en un idioma que tan si quiera he escuchado. Derrota, si. Desilusión, si. Olvido, no. Probablemente aún es temprano para que todos se den cuenta de que ese punto que nos separó de cumplir el sueño es el mismo punto que nos ha grabado en la historia. Porque es el punto del dolor, de un dolor muy profundo, tan profundo que nos acompañará a los que amamos este deporte el resto de nuestras vidas. Y es que esa es otra forma de hacer historia.
Cuando pasen veinte años, y todos estos tipos se dediquen a ver partidos desde palcos, quiero poder volver aquí, y leer que el 16 de Septiembre de 2007 yo estuve frente al televisor, y que solo me despegué de él para seguir con vida en momentos clave. Quiero poder leer que durante la mayor parte del partido tuve que emplearme en cuerpo y alma por llevar a cabo una respiración vitalmente satisfactoria, quiero verme con la vida resuelta y tener la maldita posibilidad de recobrar un escrito en el que figure que un día de mi vida estudiantil en Madrid fue dedicado a ver en solitario, en el salón de un piso en una barriada de la Línea 9, cómo Pau provocó un dos más uno, cómo se pidió ese tiempo muerto, cómo yo (junto con miles de españoles) salí al balcón a tomar el aire mientras el corazón palpitaba más fuerte de lo que jamás recordaba. Y recordar ese balón que jamás entró. Quiero recordar que jugamos, y que perdimos, pero que pusimos una piedra más en una trayectoria de leyenda.
Vendrán más campeonatos, más “Rusias”, más “Lituanias”, nuevos jugadores griegos que harán temblar a Europa, con toda certeza veremos una futura Serbia que pulverizará los aros de todo el planeta; pero me queda la enorme satisfacción de que nuestro equipo está oficialmente y de forma inexorable del bando de las más grandes.
Gracias chicos, gracias por todo.

2 comentarios:
saludos del lesbiano ejemplar...
s.
Yo asistí en vivo a la cita en el Palacio de la Comunidad y jamás olvidaré las caras desencajadas de Pau y Marc Gasol desde el instante en que Holden metió ese churro de lanzamiento. Fue lo que más me impresionó. Y no era porque no iban a colgarse la medalla de oro al cuello, sino por defraudar a la afición que tantas expectativas habían depositado en este equipo.
Y QUE PARA MÍ ESTÁN CUMPLIDAS.
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