martes, 25 de septiembre de 2007

Connotaciones de ser uno mismo


La señora Constan barría su felpudo mientras yo pasaba por su lado y suplía su obligación social con un *sonórico “Buenos días”. La madera de la barandilla raspaba más que de costumbre. La de la escalera crujía más que de costumbre. Al parecer las escaleras no habían pasado una buena noche, y su despertar fue algo ingrato, aunque probablemente el despertar ingrato fue el mío y todo mantenía una religiosa normalidad. En cualquier caso no tardé en llegar al portal del número 30 de la avenida Infante Toledo. Hice sonar fuertemente mis zapatos contra los baldosines de la acera de los pares, avisando a la ciudad de que hoy iba a salir ahí fuera, y el que avisa no es traidor. Adelanté a unos cuantos transeúntes, midiendo que ningún choque contra pronóstico rompiese bajo premonición mi bienestar matutino. Alcancé el frío metal de la puerta del Bayo, bar a que acudía periódicamente para recibir las primeras ingestiones del día, y botellas de anís que pulularon sobre tazas de café. Hice un barrido sobre la estancia, e ignoré la presencia de un conocido no amigo. Digamos que simplemente soy coherente y eficiente: Tú no tienes claro si saludar, tú no sabes si acercarte, tú no sabes de qué diantres hablarme. Yo simplemente evito la duda, soluciono el problema no dando lugar a que se produzca, y si se produce es porque eres rematadamente idiota. Descolgué unas monedas sobre la barra y volví a congelarme la mano con el metal de la puerta.

Cuando quise darme cuenta estaba escuchando en el interior de mi coche una canción que, en inglés, viene a titularse algo tal que “Asientos de pre-vuelo plástico”. Eso significaba que el contacto ya estaba dado, que todo estaba a punto para que una nueva mancha roja se deslizase por calles y avenidas, hasta topar con aquella localidad de las afueras donde se concentraban no recuerdo cuantos platós de televisión. Ya con “Asmático” al stereo, fui recordando que no siempre he sido un hijo de puta, que también hubo ocasiones en las que pasé desapercibido.

Supongo que habré hecho demasiadas cosas en mi vida como para conmemorar recuerdos mediocres en una mañana cualquiera. Es posible que sea envidiado por alguno, odiado por muchos, amado un puñado. A veces piensas que has fallado tantas veces, y a tanta gente, que al único al que no has de fallar bajo ningún concepto es a ti mismo. Intento al menos respetarme, ser consciente de que voy a pasar una vida entera conmigo y que tendré que aprender a soportarme en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad. He aprendido que hay gente a la que jamás agradaré. También hay gente a la que no paro de joder y que siguen a mi lado; los hace parecer gilipollas a mis ojos. Por suerte esto es lo que tengo sin implicarme en absoluto con la gente, no estoy solo. Se que es suerte, no más, que cualquier otro en mi lugar habría sido lapidado hace años, pero si me ha tocado vivirla es mi situación, me pertenece, y también sus beneficios.

No culparé a nadie si el día de mañana viene alguien y me destroza la vida con mi propia medicina, es más, veo perfectamente humano intentarlo, casi una obligación, pero tampoco me da remordimiento de conciencia el saber que, si alguien lo intenta, corre el grave riesgo de unirse de forma autómata a una lista de fracasados que aumenta su tamaño conforme nos atraviesa el tiempo.

A día de hoy no siento nada especial por ser yo mismo.

Soy, no más.

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