Carlos la miró y comenzó a dar rienda suelta a la parte más profunda y peligrosa de su ser interior.Estaba completamente desorientado. Buscaba algo dentro de sí, bien lo sabía. La buscaba de tal forma que no se resistiese a los planes que su mente trazaba para los dos. Los dos sentían lo mismo, y él lo sabía. Ella trataba de hacerle entender que la ambigüedad no era el camino apropiado, pero él se dejó llevar. Ella apostaba por la seguridad de los valores racionales. Él por la atracción frívola.
- Acertaré - retumbaba en su subconsciente.
Cada noche se preocupaba de alimentar su creencia, no conseguía obviarlo.
- ¿Conseguiré saber más de ti? - repetía una y otra vez.
El juego no estaba ausente de peligro. Suponía un rompecabezas con varios años de antigüedad y una sola solución. La solución que sólo ella poseía, que Carlos buscaba y que aún sabiendo lo absurdo de su misión no se redimía a aceptar en forma de derrota.
- ¿Qué más da? - dijo él.
Carlos era el objeto de deseo, un material de sexo digno de ser dañado, dispuesto a ello de principio a fin. Huía de esa convicción, pero la sentía cerca, y era suficiente para mantener la espera. El misterio corrompía sus entrañas, pero a la vez, le hacía sentir vivo.
- No lo conseguiré - se repetía una y otra vez - nunca sabré más de ti.
Se había convertido en súbdito de aquel pensamiento. Era la tentación más grande de su vida. Innegablemente el mayor deseo. El dibujo le mantenía vivo, y su represión le recomía las entrañas. La anhelaba como el preso la libertad, su libertad.
- Vas muy mal - medrando en él un síntoma autocompasivo.
Todo se quedó en intento, en una mediocre forma atacar las entrañas de una joven tremendamente inaccesible. Ella sentía el ataque, pero no se inmutó. Sus valores estaban plenamente arraigados, como una esfinge que lleva siglos siendo piedra de desierto. Carlos era una fuerte droga, mas fuerte era el miedo a probarlo. Se veía reflejado en ella, como el que mira al espejo. Veía la pasión, la catastrófica pasión, la pasión más visceral jamás sufrida y llevada al término de la perdición. La anheló incluso desde la parte racional de su ser.
Carlos terminó por concluir que de nada servían días como ese. Cúmulos de pulsiones sin sentido, sin racionalidad alguna, que te atraen a lo que más tarde deseas separarte. No dejaba de ser un misterio, ¿no crees? El tema recurrente de siempre. Buscar crear la pieza perfecta en un puzzle al que no se tiene acceso. ¿Y si Carlos iba con alguien más? ¿Qué pensaría ella? No lo sabría. Llegados a este punto la perfección era el menor de los alicientes.
De pronto, a Carlos se le ocurrió un plan.
- ¿Nos ignoramos? Te miraré, y pensaré en los dos como una fuerza única, pero lo ocultaré. Lo ocultaré por ti, porque no te mereces este fin. No te lo mereces, y te ignoro por eso, por una atracción digna del más poderoso de los vacíos.
Carlos cerró los ojos, y no pudo evitar pasar dos o tres horas pensando en ello, como un mal dolor que por mucho que pase el tiempo vuelve a aparecer, por insistencia, como las cosas agradables, como los mayores lujos de la vida.
Carlos era fuerte, pero no lo suficiente.

1 comentario:
"Carlos era el objeto de deseo, un material de sexo..."
Me sentí muy identificado en esta parte. Gracias tío, lo clavaste.
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