lunes, 27 de julio de 2009

Dormir en casa

Eran algo más de las once de la noche. Había sido un día duro de verano y estaba esperando el autobús que me llevaría a casa. De pronto, he sentido algo frente a mí. He girado la cabeza. Bastaba una impresión instantánea para darme cuenta que allí mismo un hombre de unos cuarenta años acababa de caerse al suelo. El tipo vestía una camiseta roja de tirantes plagada de lamparones y unos pantalones ocre de corte pirata. Ni que decir tiene que todo lo demás en su cuerpo estaba tan desaliñado como aquella miserable camiseta. Además, portaba consigo una bolsa de supermercado en la que transportaba sólo dios sabe qué.

Su caída no ha emitido más sonido que el de sus huesos chocando contra la acera de piedra. Ha pasado unos segundos de espaldas a los baldosines, como si tuviese intención de no moverse de allí en toda la noche. Sin embargo, su objetivo era levantarse. Y lo ha intentado en reiteradas ocasiones. Al no lograrlo, se ha dado la vuelta y se ha colocado bocabajo. Cuando su mirada ha estado a escasos milímetros del suelo, sus brazos han intentado elevar el cuerpo dolorido. Sus piernas se han alzado, pero su tronco permanecía doblado sobre la cintura. Su cuerpo formaba ahora un anguloso arco. Un último esfuerzo ha bastado para lograr incorporarse del todo.

Una vez en pie, ha intentado andar. Primero ha lanzado una pierna frente a sí. Pero su cuerpo, de débil equilibrio, le ha hecho retroceder al punto de partida. En el segundo intento ha logrado avanzar, pero un nuevo tambaleo le ha hecho perder la recta dirección. Al tercer intento ha conseguido acercarse al que desde el primer momento fue su verdadero destino: un banco a apenas tres metros del lugar donde había tenido lugar la caída inicial.

Ha alcanzado el banco, ha dejado la bolsa bajo el mismo y se ha estirado. Parecía dormido, y probablemente permanezca así hasta que el calor del sol de la mañana haga insoportable dormir a la intemperie.

Después, ha llegado el autobús y he regresado a casa.

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