jueves, 16 de julio de 2009

Abstente superhéroe

Luis la vio entrar, como al resto. En ningún momento se fijó en ella, su presencia no desencadenó el más mínimo indicio de interés. Los segundos se convertían en minutos, nada parecía alterar el flujo natural del río de la vida. Cuando hubo pasado un buen rato, Luis sintió una mirada sobre él. Atendiendo a una pulsión interior la miró. Ella lo estaba mirando, mas lo último que pretendía era que él se percatase. Procuró entonces fingir que su mirada formaba parte de un barrido circular rutinario. Él, que tonto no es, no se lo creyó. Llegado el momento ella se marchó con ojos tristes. En un último instante él no pudo reprimirse y, justo antes de que la puerta lanzase un ruido seco, observó el vuelo de su falda atravesar el marco de la puerta.

Al día siguiente, Luis llegó más temprano que de costumbre. Anduvo de arriba a abajo, como el que espera con impaciencia el correo de la mañana. Ella no acudió.

Pasaron días, se convirtieron en semanas, pero ella no hizo acto de presencia. Un nuevo código de preferencias se dibujaba en torno a aquel último recuerdo, aquella lágrima a medio caer, aquel hueco en ella que nadie parecía ser capaz de llenar.

Cierto día, ella volvió. Traía los ojos tristes. Luis no aguantó más y se enamoró ni más ni menos que de sus problemas. El instinto intrínseco de su ser había despertado un impulso incontrolable hacia chicas como ella, chicas frágiles de fácil herida. Lo único que le importó fue que ella recobrase la sonrisa; poco pensó entonces en lo que haría después.

¿No os lo he dicho aún? Luis era muy atractivo, ella no tanto. Ella se enamoró del héroe, y el héroe simplemente se sintió con el trabajo realizado.

Después, ella puso de nuevo esos ojos tristes.

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