Esta mañana ha caído un rayo de sol en mi habitación clavadito clavadito al que calló la mañana en que te vi por primera vez. Como la de hoy, aquella mañana parecía haber florecido de súbito llena de colores por todos lados. Recuerdo el resplandor del encalado blanco de tu casa, y tú asomadita desde el balcón, recién levantada y más guapa que ninguna. Casi me caigo de la bicicleta al verte. Pero tú no te diste cuenta de nada. Yo para ti no existía, y si lo hacía no era más que un chiquillo de los tantos que correteaban bajo tu ventana. Nada que mereciese tu atención.
Ya puestos no he podido evitar acordarme también de cómo me las apañé las dos siguientes semanas para levantarme temprano, antes que nadie, para salir al campo a buscar una flor bonita que dejarte en el balcón. A punto estuve de descalabrarme más de una vez trepando por las enredaderas. Poco me importaba jugarme el tipo por ti, y no tanto por la hazaña de las enredaderas sino por la regañina que mi madre me profería siempre al volver a casa por llegar sucio como una rata.
Pero valió la pena, pues antes de que quisieras darte cuenta ya te había robado el primer beso. Y a partir de entonces centenares de ellos por todos los rincones escondidos esperando que yo los encontrase. Pues yo no era nadie, no debía serlo, pero allí estaba. Cualquiera hubiera mostrado dudas, mas las reglas del juego estaban cambiando. Yo al menos estaba completamente convencido de que nos estábamos inventando el amor, creándolo y moldeándolo de la mismísima nada. Simplemente sabía que aquello era auténtico y que con algo así poco más se podría necesitar.
Ahora, tras un largo periodo de maduración y contraste, no puedo hacer otra cosa que confirmarlo. Puede que fuera un niño ignorantemente atrevido en la mayor parte de las cosas, pero aquella certeza ha sido la más grande que he poseído en todos los días de mi vida. Y seguirá viva mientras el sol siga trayendo a mi habitación rayos como los de aquella florida mañana.


1 comentario:
Qué entrada tan bonita.
Publicar un comentario