
Yo también estuve en su casa. El recuerdo de aquella temporada queda en un mísero código de barras, carcomido por las mismas ingestiones que la propiciaron. Nunca supe bien por qué. Mi teoría es que ella debió encariñarse de nosotros, pero ahora también sé que nunca se nos mostró tal cual. Entonces no lo aprecié, únicamente importaba el momento. Y el hash. Pasamos horas y horas en el salón de su casa entre sumos grupos de rock de los 70's, risas y miradas cómplices, nubes de humo, hash, ojos enrojecidos, litros de licor y conversaciones reflexivas extraídas de tramos recorridos individualmente o formando pequeños grupos, bien quedó aprendido tiempo atrás. Con la hierba se consumía el tiempo. En aquel piso no éramos conscientes de que fuera había un mundo que no se detendría ante ninguno de nosotros. Pero juraría que si que se detuvo, al menos así lo creíamos con toda nuestra alma, dos meses de pre-invierno que anduvieron a caballo entre el olvido plástico y causalidad de perpetuidad en el recuerdo...
Un buen día llamamos al portero y no encontramos respuesta. Aquél tiempo dionisiaco no nos volvió a abrir su puerta, tornó a su fin. Nos volvimos sin ser conscientes de que la única puerta por la que escapar del mundo real se nos había cerrado para jamás reabrirse, mundo real al que estábamos irremediablemente abocados, y sálvese quien pueda o perezca en el intento.
Yo también estuve en su casa, amigo mío, y jamás debí salir.

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