martes, 28 de noviembre de 2006

Feliz en mis días



Hubo un tiempo en que te sentía cerca. Parafraseo aquel "de un tiempo perdido". Tiempo que he perdido en el recuerdo, todo ese cúmulo de valores con sentido que han sido desterrados al trastero, empacados en el recuerdo y rodeados por una telaraña tejida por el olvido del tiempo.

Cuan añoro la forja de mí mismo. Cuan añoro aquellas tardes de verano correteando por una azotea cuyo máximo exponente era el rojo de las puertas metálicas y el crujiente suelo. Recuerdo haber mirado el cielo desde allí, y también los tejados de mi ciudad, y el patio de mi vecina. Recuerdo haber cumplido años, haber llenado el suelo de bolsas de plástico, de ir tras la pelota del futbolín, de corretear por las escaleras, que por un día fueran el sitio más especial de la tierra. Recuerdo ver la mesa desdoblada por tan solo un día, y el techo lleno de globos. Recuerdo aquellos pequeños platos de gominolas que esperaban un año cerca del baúl de las galletas. Cuan añoro el baúl de las galletas, las mañanas con prisas, aquel asqueroso brebaje que me provocaba las primeras desestabilidades estomacales antes de partir hacia un enorme palacio del que solo recuerdo un árbol de navidad aprisionado entre las cristaleras, cuando el frío nos encerraba dos semanas en casa siendo feliz en la soledad de cinco años y en la compañía de los que restan. Aquel helicóptero de juguete que perdí en unas vacaciones. Aquella bolsa de patatas que me robó un mono en Gibraltar. Aquella camiseta marinera de tirantes que me envainaba antes de retozarme en las playas de la Línea. Añoro las enormes gafas de sol. Añoro ver a mi padre preparar en un cortijo que apestaba a pintura su traje de carnaval. Añoro aquellos trajes, aquel día de caseta familiar. Añoro llegar a casa y atravesar el interminable pasillo, girar la segunda puerta a la derecha y pasar unas horas saltando en la cama de papa y mama. Añoro el suelo blanco y negro. Añoro los muebles blancos y negros. Cuan añoro un osito con mochila que compañía me hacía cuando el salón de casa rebosaba con jóvenes visitas que se cuestionaban a base de tarjetas. Añoro la litera, y mi hermano durmiendo debajo. Añoro no tener una habitación propia. Añoro aquel enorme árbol plantado en la puerta de casa que daba sombra a nuestro balcón y un buen día de colegio me levanté y vi caído por culpa del viento a escasos centímetros de la cabecera de mi cama. El cuadro de contadores debajo de las escaleras, allí es dónde guardábamos las bicicletas, me pasé una vida deseando que se convirtiese en un ascensor para no tener que subir las escaleras hasta casa. Añoro llegar del colegio y tener que entrar en casa de la vecina para hacer uso de unas llaves que cuidadosamente habían sido colocadas ahí...

Lo echo de menos, si. Echo de menos saber quién soy, qué es lo que busco y lo que no. Creer que simplemente las cosas van a salir bien, porque bien han sido preparadas. Tener confianza en ti, sobre todo eso, lo echo mucho de menos.

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