
Desde hace algunos días vengo arrastrando un problema que a día de hoy no se muy bien cómo voy a solucionar: Se me ha metido una modelo en casa y no sé cómo echarla.
Todo empezó el jueves de la semana pasada. Venía de comprar unos cuantos productos alimenticios del supermercado que hacían tremenda falta, y cuando estaba dejando las bolsas en la cocina escuché un ruido en el salón. Pensé que sería mi compañero. Entré al salón y pillé in fraganti a una extraña merodeando el piso. No crean que me faltó mucho para sufrir una embolia. Agarré un periódico viejo enrollado de esos que cubren las mesas de mi piso (un arma mortífera si es usada con precisión) y comencé a gritarle en tono amenazante. No se, mi primera reconstrucción de los hechos fue que había entrado por la ventana y tenía intención de sustraernos nuestros objetos de valor. Claro que ahora que lo pienso también me podría haber dado por pensar que era una amiga de Jorge, la escena hubiera sido mucho menos violenta (aunque me alegro de que no fuese una amiga de Jorge, qué imagen se hubiera llevado de mí). Se quedó todo en silencio por un momento y, entre tanta tensión, la muchacha se asustó (normal). Nos miramos unos segundos, se tapó la cara con la palma de las manos y finalmente, rompió a llorar. Al principio no sabía muy bien cómo reaccionar. Cuando me cercioré de que lo de llorar a moco tendido iba en serio ya me acerqué a la chica, la abracé e intenté consolarla: “Venga… muchacha, no llores, no pasa nada. ¿Ves que bien?”.
No habla mucho, la verdad. Los primeros días se los pasó sentada en el sillón, viendo la tele. Llegaba yo de estudiar y me la veía ahí con su cucharilla, su tarrina de helado y su mando mirando la caja, como si el mundo no fuese con ella. Le preguntaba que cómo le había ido el día y ella me respondía encogiendo los hombros, sin apartar la vista del televisor. Y es que ese sillón era su vida, desde ahí veía su (mi) tele, se comía su tarrina de helado, se leía sus revistas, se echaba sus siestas, se tumbaba a pensar en sus cosas, dormía por las noches… Al tercer día empezó a darme lástima. A media noche me levanté de la cama y me acerqué al sofá. La desperté con la suavidad que me caracteriza y le propuse dormir en mi cama, añadiendo que a mí no me importaba dormitar en el sofá (es que ese sofá está bien para una siesta, pero tres días durmiendo ahí deben dejarte la espalda para agujerear pelotas de golf). La muchacha hizo un gesto que traduje como: “Bueeeno…”, perdiendo así mi hegemonía sobre la habitación nº02. Ahora el que tiene la espalda abollada soy yo. Se me ha cogido un dolor al lumbago que es cosa fina. También he perdido movilidad en el cuello. Y lo peor no es ya el dolor físico, si no tener que aguantar los cachondeos de mis colegas: “¡Ito! ¡Mira aquí! ¡El sujetador de Pilar Rubio! ¡No, no! ¡Mejor mira aquí que es más guay!”. Y yo: “¡Id con vuestra puta madre anda!”. Los dolores se aguantan, pero lo otro me supera. Idea: ¡¡Tengo que echarla como sea!!
Durante este tiempo la he ido psicoanalizando. He llegado a la conclusión de que su situación personal ejerció sobre ella una fuerte dosis de presión, demasiada, y no aguantó. Supongo que la vida de una modelo debe llegar a poner muy a prueba el aguante psicológico de las personas: Estar todo el tiempo pendiente de la imagen, tener que ser un icono perfecto y pasarte el día controlando al milímetro lo que haces para no salirte de lo políticamente correcto; pesado lastre para cualquiera. El glamour, las fiestas, las proposiciones indebidas, y en definitiva, estar envuelta en un mundo de una superficialidad tal debe hacer replantearte si hoy día todo se limita al envoltorio. Veo normal que la chica explotase y se batiese en retirada. Y a mí que me parece genial, pero carajo, que yo así no puedo vivir.
A partir del tercer día, (y de que empezase a dormir en mi cama) como que se fue animando, se la ve más activa. Ya llegaba yo a casa y la veía con el delantal, la cofia de asistente y el plumero quitándole el polvo a los muebles y los marcos de las fotos. Ha cambiado las toallas y ha puesto unas limpias. Algunos días cuando llegamos de estudiar nos tiene preparada la comida. Ayer nos cocinó unos filetes de lenguado que convierten la cocina de Ferrán Adriá en comida basura. Comimos tanto y tan bien que tuve que echarme la siesta boca abajo para no poner en peligro por aplastamiento algunos órganos vitales. Y es que luego también tiene buena mano para el arte del caricato: Me ha hecho un retrato bastante gracioso de yo sosteniendo un elefante mientras ella pasa la aspiradora. Joder, que yo creo que estoy encariñándome un poco con ella y todo. No si verás tú como al final me va a dar pena cuando marche.
¿A que no va a estar tan mal que se te meta una modelo en casa?

1 comentario:
Cierto día, en alta mar, me paso algo parecido. Un polizón debió de meterse en mi navío con el fin de huir no se de que lugar, pero este no dejaba ver sujetadores por el camarote, la verdad es que no los utilizaba, aquel tipo era un varón, tampoco cocinaba, y de modelo nada. Joder estoy comparando…y aunque mi polizón era simpático y bonachón nada que ver con tener una modelo cocinera a bordo. ¿Dejaste la puerta abierta?...quizás a mi me de buen resultado…
Un abrazo del Filibustero.
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