miércoles, 10 de octubre de 2007

¿Con qué caeré?

Os pongo en situación: El tipo se encontraba en medio de una encrucijada, un cruce de calles, la de en frente, la de detrás, y una a cada lado. A su izquierda un accidente múltiple, monovolúmenes incrustados en turismos corrientes y molientes de poca monta, ciclomotores y motocicletas, traillers de transporte de troncos alcornocales sirviendo de alimento (junto con el oxigeno tan abundante en esta parte hundida de la atmósfera) al fuego que envolvía los medios de locomoción. A la derecha no paraban de escucharse los gritos amenazantes de un animabestia, extrañamente coincidente con el perfil de Gozilla, manteniendo una lucha a muerte con el primo pequeño del Thunder Megazord, siendo el Power Ranger rojo el único que perdure de la formación original (aún se me encoge el corazón recordando el triste fin de Kimberly) que, a pesar de no ofrecer el rendimiento de antaño, el tío pone empeño y se resigna a caer en el olvido de los “niños prodigio frustrados". Por detrás, un campo psycomagnético controlado por un liche de dudosa reputación impedía el paso a todo aquel ser animado que no perteneciese al plano de los no-muertos, o que tuviese lazos de parentesco con algún humano no mayor de 1’50 cm. que bailase la yenka en nivel destacado (porque todos conocemos los puntos débiles de un liche de dudosa reputación). Por delante, doscientas butacas de tela marronesca ocupadas por doscientas viejas tejiendo suéteres de algodón modelo “Doctor en Alaska”, dispuestas a abalanzarse sobre el primer sujeto oscilante entre 1 y 39 años para retorcer de forma diabólica sus doloridas mejillas al grito de: "¡Ay mi chicoooo!" (estéticamente no se exigen imposibles).

A mí me pasa igual con el sueño, imposible de esquivar. Caeré en una siesta.

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