lunes, 11 de febrero de 2008

El peligro llevaba su nombre


En ningún momentó llegó a tocarlo. Los labios de Melinda articulaban palabras, y él las escuchaba recostado en su sillón. El aire se tornaba turbio, por momentos la estancia se saturaba con el humo de su cigarro. Todo acrecentaba su desesperación, y él no hacía otra cosa que esperar inmóvil, sin que en ningún momento se pudiera predecir si finalmente terminaría tomando parte en aquella discursión. Melinda no podía creer la pasividad con que estaba reaccionando, cuando a ella prácticamente no le llegaba el aire a los labios: Se hallaba relatando la noticia de mayor volumen catastrófico que su vida era capaz de sostener y la única reacción que provocaba a cambio eran muescas sobre humo.

Melinda no pudo más. Con su mano derecha materializó un sonoro puñetazo sobre la mesa a la vez que derribaba un pilar de papel con su izquierda: "¡Es que no escuchas cuando te hablo!". Se creó un silencio solo consentido por la acelerada respiración de Melinda. Duró varios segundos, aunque si las sensaciones tuviesen mesura temporal, aquello fue una década.

Pudiendo comprenderse como un preludio, el silencio fue roto por una nueva espiración de humo de tabaco. El sillón comenzó lentamente a chirriar a causa del giro, hecho por el cuál Melinda observaría por primera vez sus ojos aquella tarde. Posiblemente eso fuera lo que buscaba, pero posiblemente, y esto es solo un suponer, Melinda no estaba preparada para oir lo que había venido a escuchar. Pero ya no cabía marcha atrás.

Y así, como si del fluir de un arrollo se tratase, su voz se transformó en sonido: "No Melinda, no, la única que no escucha bien aquí eres tú. Has oído hablar de mí ahí fuera. Se que has oído hablar de mí, de eso no me cabe la menor duda. ¿Acaso crees que hablarían así de mí si me hubiese perturbado tu cadena de palabras Melinda? ¿De verdad pretendes hacerme creer por un solo instante que fumarme este jodido cigarro era menos importante que alimentar tu tranquilidad inútil, regalándote una estampa de asombro que enmarcar y colgar en tu album de recuerdos de momentos impactantes Melinda? ¿Osas entrar por esa puerta para decirme lo que tengo o no tengo que hacer, Melinda...?".

Propinó una nueva calada a su cigarro y añadió: "¿Sabes lo que yo creo, Melinda? Creo que estás muy equivocada. Si, eso es lo que yo creo. Creo que te equivocaste al entrar por esa puerta. ¿Sabes por qué Melinda? ¿Sabes por qué creo que te equivocaste? Porque esa puerta tiene un objetivo muy concreto, y tú no formas parte de él. ¿Te gustaría saber qué carajo hace esa puerta ahí? ¿Si? Yo te voy a explicar qué es lo que hace esa puerta ahí. Hice colocar esa puerta para que la gente que sabe lo que hay en estas cuatro paredes pueda entrar, y hacer uso de ello. No creo que sepas lo que hay en estas cuatro paredes. Melinda, no me malinterpretes, lo último que me gustaría sería que te tomes a mal todo esto. Es muy probable que por tu cabeza pasen ahora cosas del tipo 'es un idiota íntegral' o 'con qué derecho se cree a hablarme así'. Vuelves a equivocarte Melinda. Aunque no lo creas soy benévolo con la ignoracia, ella reside en todos y cada uno de nosotros. Sin embargo manifestarla si que es nuestra elección. Tú has sido ignorante, y te has manifestado como tal. Así que ahora escucha bien, porque te ofrezco solo dos opciones, ¿está claro?: Cállate, y déjame hacer mi trabajo, o lárgate por donde has venido...

¿...mejor ahora, Melinda?
"

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