
Lorca fue un maricón. Bueno claro, es posible que mi acusación no se interprete en la acepción apropiada. Lo que yo quiero decir es que no sólo era gay, también un cobarde de tomo y lomo. Sé que esto que digo puede levantar suspicacias. Como si lo oyera: «oye tío, cómo dices eso, estás hablando de una de las cimas de la poesía del 27, el perfecto matrimonio entre la tradición culta y la popular hecho poesía, un pionero de la exploración en la persona humana y en el sentido de vivir…». Sí, si yo todo eso lo acepto, pero créanme cuando les digo que cambiarán de opinión al escuchar el motivo que me lleva a tachar a este mito literario de medroso, pusilánime y vil cagueta.
Comenzaré contando la historia tal y como la conocen los manipulados libros de historia literaria. Existe un verso de Rubén Darío que debe su fama a un comentario que Lorca hizo de él. El verso en concreto pertenece al poema Responso a Verlaine y reza tal que así: «Que púberes canéforas te ofrenden el acanto». La anécdota sobre el citado comentario —para mí la génesis de esta trascendental controversia— consistía en que cuando Lorca lo escuchó por primera vez, el poeta granadino dijo que de todo el verso sólo entendía el «que».
Pues bien, hoy os traigo una tan realidad fría como un témpano de hielo, cruda hasta decir basta. Echemos otro vistazo al verso: «Que púberes canéforas te ofrenden el acanto». Todos, cuando leemos —o escuchamos si tenéis por costumbre recitar, cantar o gritar en voz alta las entradas de mi blog— el verso generamos automáticamente un significado para el mismo. Os doy unos segundos para lo penséis, y sed guarretes: «Que púberes canéforas te ofrenden el acanto»... Tres, dos, uno, tiempo. ¿Lo tenéis? Seguro que sí. Y es que es un hecho que ese intuitivo significado es auténtico, real, veraz, único, genuino, exacto y empíricamente demostrable. ¿Realmente podemos tragar con que el padre de Poeta en Nueva York no fuera capaz de descifrar tan insípido enigma?
Amigos, hoy abogo por la rigurosidad histórica y os cuento una realidad que, debido a intereses de todo tipo, fue injustamente falseada. Lo cierto es que Lorca y el resto del tropel del 27 se encontraban en el bar de turno, tomando historias de todo tipo, mientras recitaban poemas de referentes modernistas de la época en lengua española. Por entonces no se habían inventado ni los MacBook ni los Starbucks, así que esta era la única forma de que un escritor de bien llamase la atención hasta el punto de ser reconocido socialmente como tal. A Lorca, no se sabe si por desdicha o por su también tapado pique con Luis Cernuda, que era el que elegía las estrofas a comentar, le tocó la cuarta de Responso a Verlaine.
Pues bien Lorca, te digo una cosa, y te lo digo claramente: me caes gordo. Por tu culpa ahora nadie podrá ponerle oficialmente a este verso el significado que se merece. Y está claro que todos sabemos lo que significa «ofrender el acanto». Somos muchos los que llevamos una vida entera ofrendiéndonos el acanto, no me jodas Fede, y sin «púberes canéforas» ni hostias. Pero claro, si el sentencioso Federico García Lorca no se atrevió… no vamos ahora nosotros, meros mortales de vidas triviales, a añadir tan magna página en la historia del arte.
Tus poemas estaban de puta madre, pero esto Lorca, esto es un lastre literario de cojones…

1 comentario:
Jajajaja...valiente pécora literaria maldita sea!!!
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