
Jaime estaba esperando en la puerta de «La Despensa», una tienda de barrio que pillaba de paso hacia la zona de la Velada Abierta. El ruido proferido por un Seat León amarillo atrajo su atención. El coche aparcó delante de Jaime. De la puerta del copiloto bajó su colega Mario.
—Hey cabrón, ya estás aquí —dijo Jaime.
—Sí tío, perdona, es que estaba lejos y he tenido que pedir que me traigan.
—¿Quién…
Antes de terminar la frase su duda se vio resuelta. De la parte del conductor salió Emilio.
—Qué coño… —dijo Jaime procurando que Emilio no oyese nada.
—¡Chicos! Ahí os quedáis, ¿vale? —gritó Emilio desde el coche.
Jaime y Mario hicieron un gesto con la mano para despedir a Emilio hasta que este se hubo metido en su coche y marchado con la música rechinando desde el interior.
—Tío, estás loco —rechistó Jaime.
—¿Qué pasa?
—¿Cómo que qué pasa?
—Estaba a tomar por culo y tenía que venir. ¿Qué tiene de malo?
—Que es cura.
—¿Y?
—¡Y marica!
—Anda ya…
—Toma no, pero si lo vieron darse el lote en la sacristía con Mari Cantero.
—Jajaja, marica entero… está que te pees.
—Déjate de mierdas.
—Tú, pero que eso es un puto bulo y no puede ser verdad. Si el obispado se entera de eso lo mandan en proyectil teledirigido hacia el mundo del santísimo copón de Dios.
—Bueno chaval, tú verás a qué te arrimas.
—¡Eh!
—No soy yo el que lo llama a las tantas de la noche para que me dé paseítos.
—Tío, tengo que decirle a mis jefes que me financien un coche.
—¿Tus padres? A ver si lo que te van a financiar va a ser una hostia…
—Déjate de hostias y mierdas.

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