
Yo nací a mediados de septiembre. ¿Sabéis qué ocurre a mediados de septiembre en este país? Comienzan las clases en los colegios. Para ser exactos nací un día antes del inicio de las clases. El dato os puede parecer una chorrada pero os aseguro que para mí, durante muchos años, no lo ha sido ni lo más mínimo. Aún no sé muy bien por qué, pero cuando eres niño y cumples los años un día antes de que empiecen las clases el resto de chavales te culpan por ello. Supongo que verán una traición en que, un día antes de iniciar una rutina de frío y madrugueo matutino, tú te dediques comer gusanitos, dispensar globos por toda la casa y a darle hostias con el palo de la fregona a una piñata. Puede que eso explique el alto grado de absentismo en mis fiestas y la porquería de regalos: bolígrafos, estuches, agendas, libretas... Mis cumpleaños siempre han sido un fracaso. Cuando cumplí los catorce desistí y dejé de celebrarlos.
Y es que los niños son muy crueles. Ya lo decía la canción: «los niños lo que son es unos hijos de la gran puta». Algo así creo que decía. Un día cualquiera se podían acercar a ti y decirte:
—Ayer te vi con Marta.
—¿Qué Marta?
—¡Una mierda así de alta!
Cuando estaba en preescolar, observad la precocidad de la cabronía, una niña se me acercó presta y me dijo.
—Dime «¿qué pasa?».
—Qué pasa.
—¡Un burro por tu casa! Y ahora dime «vete a la mierda».
—No.
—Venga, ¡dímelo!
—Que no.
—¡¡Vengaa!!
—Vete a la mierda.
—¡Vete tú que estás más cerca!
Por suerte la vida es justa. La niña creció y se quedó embarazada con dieciséis años. Ahora es ella la que está en la mierda, concretamente en la cúspide más alta de un monumental y fastuoso boñigo de triceratops.
Otro día, en el oratorio, estaba mi grupo (Dinamismo) jugando a fútbol sala contra otro (como no me acuerdo pondremos Bondad, por ejemplo). Yo que siempre he sido un paquete en casi todos los deportes, estaba de portero. Tras atajar un impresionante disparo (no, tampoco me acuerdo de eso), me viene un chaval del otro equipo y me dice: pásamela, que me he cambiado de equipo. Yo se la pasé, pero resultó ser un vil embaucador. Me marcó y el gol subió al marcador. Desde aquel día dejé el oratorio y perdí la fe en la religión católica.
Cartucho, cartucho que no te escucho; cartero, cartero que no me entero; palomita blanca, palomita azul, todo lo que digas lo serás tú; tonto el que lo lea; ¡psisst! ¡que te meo! (este acompañado de un gesto); rebota, rebota y en tu culo explota; chispa-calambre… Todas estas mariconadas no pueden ser otra cosa que hijoputez en estado puro, no me jodas.
Ahora me estoy tomando un Cola-Cao de puta madre, será eso.
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Pellejo: 6. m En tarugo, dícese de aquel infante que acomete una trastada lo suficientemente grande como para joder, pero no lo suficiente como para merecer castigo por ello.

2 comentarios:
Jajajajaja, ¿es verdad que te marcaron un gol de esa manera? Tal estrategia es digna de algun pichango de los nuestros.
Siempre odié el Oratorio. Se suponía que era un lugar de escuentro y diversión para todos los inocentes niños de Pozoblanco, pero allí no había nada más que cabrones hijos de puta.
Un saludo. Nos vemos pronto.
A mí me dio una insolación en una yincana del oratorio y un monitor de esos gayers de los salesianos me quería llevar a la fuente a beber agua....se me pasó el mareo echando más hostias q los perros del feo, y salí más zumbando q un demoño. Gran post este jajajaja...
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