
No sé si os he hablado alguna vez de la decoración de mi piso. Probablemente alguna vez haya tocado el tema de un modo periférico, pero nunca creo haberlo abarcado directamente. Así que allá voy.
Todo comenzó en agosto de 2008. Aquel verano había abandonado mi anterior piso básicamente por encontrarse a unos doscientos mil kilómetros de distancia de la facultad. Contacté por teléfono con dos chavales a los que les había quedado libre una habitación. El piso, en cuanto a localización, estaba a entre quince y veinte minutos de la facultad. Además era más barato que el anterior, así que todo perfecto.
Cuando visité el piso por primera vez me pareció bonito, diferente e incluso, moderno. No sé si fue porque en mi anterior piso la decoración además de recargada se basaba en un rancio gotelé, punto de cruz sobre sillones y sofás, y vírgenes y cristos en la denominada Habitación de los Horrores; o porque en la habitación que alquilaban había una tabla a apenas veinte centímetros en dirección ascendente desde la almohada. En efecto, hasta que una tarde-noche de diciembre Nacho y yo destruimos ese enorme mueble, me golpeé la cabeza siguiendo una media de unas cuatro o cinco veces por semana. Por cierto, esa misma tarde-noche conocí a El Puto Loco, El Acuchillador, pero eso es ya harina de otro costal. En cualquier caso el resto de la decoración no me llamó la atención.
Ante todo no me malinterpreten, no quiero decir que la decoración sea fea o antiestética. Es simplemente peculiar.
Todo este rollo de la decoración no lo descubrí al momento. De hecho no fui yo el que lo descubrió. Al contrario, se ve que cuando hube solucionado los problemas de mi propio cuarto ya me había acostumbrado al resto de elementos del piso.
Tuvo que pasar casi un año para que descubriésemos algunas cosas —Nacho llevaba en el piso un año más que yo, lo que tiene si cabe más delito. Y es que no fue con la llegada de un nuevo compañero allá en el mes de febrero (Vera), no. Tuvo que llegar el verano, y con él Mikel, un tipo de lo más observador.
Recuerdo aquella tarde. Estábamos en el salón tomándonos unos sandwitches de pechuga de pavo y queso que Mikel había comprado —cómo se te echa de menos— cuando de pronto dijo algo así como:
— Tíos, ¿qué cojones es eso?
Se refería a lo que a partir de entonces comenzamos a denominar El Cásper. El Cásper es un recorte de cartulina, a caballo entre el arte moderno conceptual y el desecho inútil. Yo no supe qué responder, porque la verdad es que por más que lo miraba no le encontraba más utilidad que la decorativa, lo cual era sobrevalorar descaradamente la belleza del bicho en cuestión.
Como ni yo ni por supuesto Vera sabíamos qué carajo representaba aquello, fuimos a preguntar al más veterano del lugar. Nachete, cuya sabiduría no conoce fronteras, nos aclaró el dislate. Al parecer Julito, antiguo inquilino y amiguete de Nacho, tuvo una iluminación creativa a los pocos días de haber alquilado el piso. Pensó que sería bonito hacer unos recortes amorfos de cartulina sobre los que poder pegar fotografías, dándole así un tono más cercano y confortable a aquella residencia lejos del hogar. Sobra decir que la idea se quedó a medio ejecutar.

En cierto modo, conociendo a Nacho, me sorprende que El Cásper haya aguantado en nuestras paredes más de dos años. Pero ahí sigue, tan firme como el primer día y sólo Dios sabe por cuánto tiempo...


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