
Recojo el guante que lancé el último día sobre el tema este de la búsqueda del rol. Hoy me he preguntado el por qué hemos decidido vivir como lo estamos haciendo. Es decir, ¿cuál es el motivo de fondo que marca que lo que hacemos desde que nos levantamos hasta que nos acostamos sea como es? En la mayoría de casos, cada uno es responsable de cómo se desarrollan sus días, o si no, de no tomar medidas para reencauzar su presente. Sin embargo, y a pesar de que muchos cambiarían si no al completo parte muy significativa de su rutina, existe una tendencia al estatismo, un miedo endémico al cambio.
Visto lo visto, sería conveniente que cada uno busque los motivos de por qué todo aquello que le concierne es como es. Los míos parten de la idea de que hemos crecido enfocando nuestra educación hacia unas metas mercantilistas, un sueño infundado desde la televisión, el cine u otros medios de comunicación de masas. Nosotros hemos adoptado dichas metas, creyendo torpemente que el diseño de las mismas nos compete.
Rousseau teorizó con el concepto de Estado de Naturaleza, un tipo de estado sin legislación (o coacción institucionalizada) en el que cada hombre actuaba en función de su conveniencia. Explicaba el nacimiento de la propiedad con la siguiente frase: “En el momento en que el primer hombre que cercó un terreno, gritó '¡Esto es mío!', y la gente le creyó, surgieron las desigualdades y se destruyó el Estado de Naturaleza”. Nos lo creímos entonces y nos lo seguimos creyendo. ¿Por qué sino, teniendo en cuenta la avaricia natural del hombre, íbamos a consentir ciertas situaciones de lujo externas a uno mismo? Básicamente por miedo, miedo al cambio, como ya he dicho.
Sin embargo, y aun a riesgo de poder parecer contradictorio, las cosas han cambiado mucho. La diferencia con respecto a nuestros antepasados es que nos han convertido en target, mudado a lugares con alto grado de opportunity to see y copado hasta los topes nuestro top of mind... Todo gracias al objetivo de alcanzar un mundo globalizado, que viene a ser una simplificación acelerada del funcionamiento de las cosas, de las sociedades, para que hasta el más bobo de los ignorantes sea capaz de gastar su dinero con la mayor efectividad y seguridad posible. Esta es la realidad revestida tras la máscara del desarrollo tecnológico.
Lo cierto es que sigue habiendo un elevado número de personas que siguen muriendo de la más básica de las afecciones, el hambre. No se equivoquen conmigo, no pretendo enternecer sus corazones, simplemente remarcar la realidad más evidente. El contraste entre el despilfarro y la necesidad es cuestión de kilómetros, así que pongamos de una vez las cartas sobre la mesa y decidamos por nosotros mismos cuál es nuestro nivel de calidad de vida. Las estadísticas se equivocan.
El problema principal, como siempre, viene a la hora de establecer conclusiones. Sería harto funcional la existencia de una fórmula científica contra la injusticia. De este modo todas las bondades podrían asirse a dicha bandera y enarbolarla a cualquier hora en cualquier rincón. Utopía. Tendemos a diseccionar con una línea a buenos y malos. Craso error. La libertad es un concepto maleable, pues atendiendo a la naturaleza del instinto o la pulsión, las consecuencias de la misma pueden ser nefastas. Ejercer una libertad casi siempre tiene corolario.
Me gustaría concluir retrotrayendo la idea de Rousseau sobre la propiedad. El aire que azota Madrid se desplaza indiscriminadamente hasta Zamora, Palermo o Harare. Y es aquí donde pierdo mi rol, pues aunque Madrid y Harare son evidentemente cosas muy distintas, ambas ciudades no dejan de ser creaciones del mismo ser, el humano.
Visto lo visto, sería conveniente que cada uno busque los motivos de por qué todo aquello que le concierne es como es. Los míos parten de la idea de que hemos crecido enfocando nuestra educación hacia unas metas mercantilistas, un sueño infundado desde la televisión, el cine u otros medios de comunicación de masas. Nosotros hemos adoptado dichas metas, creyendo torpemente que el diseño de las mismas nos compete.
Rousseau teorizó con el concepto de Estado de Naturaleza, un tipo de estado sin legislación (o coacción institucionalizada) en el que cada hombre actuaba en función de su conveniencia. Explicaba el nacimiento de la propiedad con la siguiente frase: “En el momento en que el primer hombre que cercó un terreno, gritó '¡Esto es mío!', y la gente le creyó, surgieron las desigualdades y se destruyó el Estado de Naturaleza”. Nos lo creímos entonces y nos lo seguimos creyendo. ¿Por qué sino, teniendo en cuenta la avaricia natural del hombre, íbamos a consentir ciertas situaciones de lujo externas a uno mismo? Básicamente por miedo, miedo al cambio, como ya he dicho.
Sin embargo, y aun a riesgo de poder parecer contradictorio, las cosas han cambiado mucho. La diferencia con respecto a nuestros antepasados es que nos han convertido en target, mudado a lugares con alto grado de opportunity to see y copado hasta los topes nuestro top of mind... Todo gracias al objetivo de alcanzar un mundo globalizado, que viene a ser una simplificación acelerada del funcionamiento de las cosas, de las sociedades, para que hasta el más bobo de los ignorantes sea capaz de gastar su dinero con la mayor efectividad y seguridad posible. Esta es la realidad revestida tras la máscara del desarrollo tecnológico.
Lo cierto es que sigue habiendo un elevado número de personas que siguen muriendo de la más básica de las afecciones, el hambre. No se equivoquen conmigo, no pretendo enternecer sus corazones, simplemente remarcar la realidad más evidente. El contraste entre el despilfarro y la necesidad es cuestión de kilómetros, así que pongamos de una vez las cartas sobre la mesa y decidamos por nosotros mismos cuál es nuestro nivel de calidad de vida. Las estadísticas se equivocan.
El problema principal, como siempre, viene a la hora de establecer conclusiones. Sería harto funcional la existencia de una fórmula científica contra la injusticia. De este modo todas las bondades podrían asirse a dicha bandera y enarbolarla a cualquier hora en cualquier rincón. Utopía. Tendemos a diseccionar con una línea a buenos y malos. Craso error. La libertad es un concepto maleable, pues atendiendo a la naturaleza del instinto o la pulsión, las consecuencias de la misma pueden ser nefastas. Ejercer una libertad casi siempre tiene corolario.
Me gustaría concluir retrotrayendo la idea de Rousseau sobre la propiedad. El aire que azota Madrid se desplaza indiscriminadamente hasta Zamora, Palermo o Harare. Y es aquí donde pierdo mi rol, pues aunque Madrid y Harare son evidentemente cosas muy distintas, ambas ciudades no dejan de ser creaciones del mismo ser, el humano.

1 comentario:
Todos andamos buscando algo, aunque hoy en día ya no sepamos muy bien el qué. Mi enhorabuena por el blog.
Publicar un comentario