martes, 5 de mayo de 2009

La silla del millón de cupones


Recuerdo que cuando era niño, entre los chavales corría el bulo de que si reunías 1 millón de cupones de la ONCE te regalaban una silla de ruedas. Algo absurdo, ¿no creéis?

Pasábamos las tardes buscando sitios donde recoger los cupones, familiares a los que pedírselos, vecinos a los que abordar para lograr el objetivo. Me acuerdo en concreto de ese quiosco en mitad de la calle del Toro, el cual tenía un pequeño buzón metálico donde la gente depositaba sus boletos no premiados. Sin lugar a dudas ese puestecillo es uno de los lugares más misteriosos de mi infancia. Por el día no aparentaba nada extraño, pero al caer la noche, cuando el invidente que allí se ganaba el pan volvía a casa, todos nos preguntábamos qué podía salir de su interior. Era como un castillo medieval que día tras día ansiábamos asediar.

Mi colección de cupones era más bien precaria, ya sabéis, nunca he tenido el desparpajo necesario para asaltar un puesto de los ciegos. Tenía (y tengo) amigos mucho más aventureros a los que poco le importaban los griteríos de la vieja de turno. Se dice que algún chaval del pueblo logró el millón, y que por el patio de la casa de su abuela los paseos en silla de ruedas eran interminables.

Y yo me pregunto, ¿para qué íbamos nosotros a querer una maldita silla de ruedas? Cuando tienes cierta edad la silla de ruedas es siempre una herramienta a evitar, pero para un niño es sin duda un mecanismo muy denso de diversión. De nuevo la imaginación de un niño gana por goleada a la sofisticada y aburrida vida del adulto.

Ahora que lo pienso, la última vez que rondé esta idea aun buscaba los cupones. Es posible que sigamos siendo jóvenes.

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