
Como vengo repitiendo reiteradamente a lo largo de estos días, estoy de exámenes. Este fin de semana no prometía nada más allá de biblioteca, películas nocturnas y alguna que otra insana bolsa de patatas o palomitas. Sin embargo algo ha cambiado el curso del mismo. Todo ha comenzado entre las siete y las ocho de la mañana —nos ha llevado un buen rato de discusión concretar el segmento horario—, cuando Mikel «El Gasteiztarra» me ha recordado viejos tiempos despertándome para abrirle la puerta. Ha vuelto de Edimburgo unos días y no ha dejado escapar la ocasión de reencontrarse con el pasado, dormitando una vez más el salón de casa. Como estaba resentido por una juerguecita nocturna que monté este verano, y había que despertar a uno de los tres, me ha tocado pagar el pato. Pero como ya dije en otra ocasión, es un gran tipo, así que se le perdona. He esclarecido el dónde y el cuándo ha llegado, pero el cómo es algo que dejaré a la imaginación de cada uno.
El caso es que varias horas más tarde, cuando los sábados hacen personas de bien a los individuos nocturnos trasnochadores, hemos decidido desayunar en el Rodrigo. El Rodrigo era uno de los mayores responsables de los retrasos laborales de Mikel cuando él aún vivía en Madrid, así que le hemos dado el gusto. Y cuando digo hemos, me refiero a Vera y a mí, ya que Nacho tenía una misión de vida o muerte y no ha podido pararse: llegar hasta Ávila cumpliendo horarios.
Después nos hemos desplazado hasta el centro para comer. Y aquí nos acercamos al detalle inquietante del día. No hablo de la comida, la cual si bien ha sido satisfactoria, tampoco ha destacado en demasía —a excepción de una pequeña porción plástica que ha aparecido en un nacho relleno. Y es que por todos es sabido que encontrar aparcamiento en Madrid compone una ardua tarea. Hemos pasado un buen rato buscando un sitio donde aparcar, pero sin duda cuando lo hemos encontrado nos hemos visto infinitamente recompensados. No diré más, pues lo tengo todo grabado en vídeo.
Gracias Madrid.















