lunes, 26 de febrero de 2007

Uno de diez motivos para viajar de noche


Cuchillas de afeitar, zapatillas, camiseta. Cerré la cremallera para que el cierre quedase cerca de mi mano. Le saludé por última vez y bajé las escaleras para salir de una vez a la calle. Anduve un rato a un ritmo acelerado al mismo tiempo que los tejados se iban alzando sobre las teteras, tapando así al astro rey.

Habíamos subido al autobús hacía media hora. La línea discontinua desfilaba a un lado y los neumáticos reían porque le hacía cosquillas. Casi sin darme cuenta habían quedado atrás los días para el recuerdo, ahora estábamos yo, la noche, el sonido argentino de mi mp3 y la carretera. Un manto oscuro inundaba el paisaje que rodeaba mi vehículo, únicamente interrumpido por esporádicos focos de luz al otro lado del cristal.

Me gusta viajar de noche, me gusta mirar por la ventana y ver pasar todo ante mí sin mover un dedo.

El tiempo volaba, al igual que los kilómetros, y yo, desinhibido, seguía con la mirada fija en el cristal. Pasó un tiempo hasta que vi tu reflejo. Hace hora y media te despedías de tus padres con un beso y ahora estabas sentada en el asiento de delante, en silencio, mirando por la ventana. Yo te miraba en silencio a través del cristal, no conseguía distinguir si veías las luces o estabas dormida. No quería despertarte.

Quiero recordar que no parpadeé durante bastante tiempo.




Nistal - 10 motivos para viajar de noche

sábado, 24 de febrero de 2007

Humedades y catástrofes


- Mamá, ¿la ropa se seca antes con el Sol o con el viento?

Estoy pensando que hace demasiado tiempo subí las escaleras de la terraza. Demasiado tiempo, demasiados errores. Está bien pensar en ellos como algo extirpable, pero quizá la línea que los separa del sujeto es tan fina y lleva tanto tiempo deteriorándose que no consigo encontrarla para empezar a trabajar en la división definitiva. Sería mucho más sencillo si aprendiese a llevarla conmigo, si desde fuera hubiera alguien interesado en no fijarse en ella, pero sinceramente, ya no creo que eso sea posible.

Es increíble que esto esté pasando. ¿Qué hice mal? ¿Acaso el dolor es algo inesquivable? ¿Estamos destinados a dañarnos los unos a los otros? Y si esto es así, ¿por qué no pasa igual con la suerte? ¿Es la suerte algo etéreo única y exclusivamente para mí? Toda una vida pensando que las cosas tienen que salir bien, ¿y si no salen bien? ¿Y si el mundo es injusto por naturaleza y no estamos en el bando de los beneficiados? ¿Debería empezar a cagarme en mi puta vida (véase el antro de Wapsman)?

- La ropa se seca antes con el Sol. Con el viento se seca también, pero tarda más, aumentando así la probabilidad de que llueva y se vuelva a mojar, más si el cielo está nublado.

jueves, 1 de febrero de 2007

Aquella vez que perdí media tarde de estudio observando un poster de Cedric Pioline


Esta noche he tenido un sueño bastante extraño. Les explico: La escena nos sitúa en una ártica noche gélida de esas que abundan por el mes de Enero en el centro neurálgico capital por excelencia; vuelvo de la biblioteca tranquilamente por una de las calles de Moratalaz (la de la óptica esta que tiene un doctor enorme con gafitas en la puerta creo) cuando de repente veo que progresivamente una señorita de abrigo largo y bufanda de punto se acerca hacia mí. Sin tiempo si quiera para esbozar palabra, una amarillenta pelota de tenis aparece en mis manos. No me pregunten por qué (es un sueño joder), pero me freno en seco, doy un par de pasos hacia atrás y apuntando al más puro estilo José Canseco le encasqueto la pelota en la boca a la simpática (digo yo) señora. Pero atentos, la señora se levanta del suelo, se coloca bien el abrigo y la bufanda (insisto que hacía un frío del carajo) y, sin sacarse la esfera amarilla del paladar se gira y comienza a caminar. Supuse que iba a avisar a su marido, así que decidí que era un buen momento para despertar. Desperté.

Llevo todo el día dándole vueltas, porque el tema, bajo mi punto de vista, es bastante serio. ¿Y si es una premonición? ¿Un aviso que me lanzan desde un universo paralelo avisándome del desastre inminente al que estoy abocado? No se, entiéndanme, no soy de esas personas que sin venir a cuento van dando pelotazos a la gente, y no me gustaría tener que empezar a hacer “eso” ahora (aunque las pelotas de tenis son tan... abres el bote, PLASH, y son tan suaves... y huelen tan bien...). ¿Y si resulta que en uno de mis nocturnos viajes a la biblioteca ocurre? Así, sin más ¿Qué pensará el marido de esa mujer? ¿Y si tiene represalias serias contra mí? Saben por donde vivo, y no pararán hasta que mi cabeza penda de su televisor (al lado de un trenecito que les tocó en un huevo Kinder y sobre un cubreteles de punto de cruz que la madre de la señora tejió cuando se mudaron allá en 1988).

Llamadme enloquecido, pero estoy empezando a cogerle respeto a la profesión de Recogepelotas (o ballboy diría el amigo inglés de Rosi de Palma). Nada, nada, ahora mismo raudo cual felino ibérico llamo a R. Garros para decirle que se busquen otra cobaya para sus sádicos experimentos, ¡mi culo no está en venta señor Garros!

domingo, 28 de enero de 2007

Jamás debí decir [send]



Doce mil metros por encima de la tierra fértil que rodea una enredadera, trepando por el blanco impoluto de las paredes de cal, del cuadrado corazón del edificio. Algunos (millones de) metros más a la izquierda, una esfera naranja, tiñendo de color calor el número 20 de la calle mía, de una ciudad al sur de Madrid y al norte de Tánger. Cuatro vías de salida, treinta y cinco niños llorando sin espacio libre en sus manos en su primer día de colegio. Doce regaderas de hojalata olvidadas en el huerto y otras doce de plástico del todo a cien rebosantes de agua. Seis rugosas palmas apretando simultáneamente el número 6, y sus seis aves cantando a las seis de la tarde. Tres líneas que se cortan, con ellas cincuenta y tres transeúntes, uno de ellos, yo. Uno de ellos yo, una carta, un buzón, un empleado de correos, una oficina, un camión, un buzón con nombres y apellidos (los tuyos). Una mano, dos pupilas. Una lágrima.

domingo, 31 de diciembre de 2006

martes, 28 de noviembre de 2006

Feliz en mis días



Hubo un tiempo en que te sentía cerca. Parafraseo aquel "de un tiempo perdido". Tiempo que he perdido en el recuerdo, todo ese cúmulo de valores con sentido que han sido desterrados al trastero, empacados en el recuerdo y rodeados por una telaraña tejida por el olvido del tiempo.

Cuan añoro la forja de mí mismo. Cuan añoro aquellas tardes de verano correteando por una azotea cuyo máximo exponente era el rojo de las puertas metálicas y el crujiente suelo. Recuerdo haber mirado el cielo desde allí, y también los tejados de mi ciudad, y el patio de mi vecina. Recuerdo haber cumplido años, haber llenado el suelo de bolsas de plástico, de ir tras la pelota del futbolín, de corretear por las escaleras, que por un día fueran el sitio más especial de la tierra. Recuerdo ver la mesa desdoblada por tan solo un día, y el techo lleno de globos. Recuerdo aquellos pequeños platos de gominolas que esperaban un año cerca del baúl de las galletas. Cuan añoro el baúl de las galletas, las mañanas con prisas, aquel asqueroso brebaje que me provocaba las primeras desestabilidades estomacales antes de partir hacia un enorme palacio del que solo recuerdo un árbol de navidad aprisionado entre las cristaleras, cuando el frío nos encerraba dos semanas en casa siendo feliz en la soledad de cinco años y en la compañía de los que restan. Aquel helicóptero de juguete que perdí en unas vacaciones. Aquella bolsa de patatas que me robó un mono en Gibraltar. Aquella camiseta marinera de tirantes que me envainaba antes de retozarme en las playas de la Línea. Añoro las enormes gafas de sol. Añoro ver a mi padre preparar en un cortijo que apestaba a pintura su traje de carnaval. Añoro aquellos trajes, aquel día de caseta familiar. Añoro llegar a casa y atravesar el interminable pasillo, girar la segunda puerta a la derecha y pasar unas horas saltando en la cama de papa y mama. Añoro el suelo blanco y negro. Añoro los muebles blancos y negros. Cuan añoro un osito con mochila que compañía me hacía cuando el salón de casa rebosaba con jóvenes visitas que se cuestionaban a base de tarjetas. Añoro la litera, y mi hermano durmiendo debajo. Añoro no tener una habitación propia. Añoro aquel enorme árbol plantado en la puerta de casa que daba sombra a nuestro balcón y un buen día de colegio me levanté y vi caído por culpa del viento a escasos centímetros de la cabecera de mi cama. El cuadro de contadores debajo de las escaleras, allí es dónde guardábamos las bicicletas, me pasé una vida deseando que se convirtiese en un ascensor para no tener que subir las escaleras hasta casa. Añoro llegar del colegio y tener que entrar en casa de la vecina para hacer uso de unas llaves que cuidadosamente habían sido colocadas ahí...

Lo echo de menos, si. Echo de menos saber quién soy, qué es lo que busco y lo que no. Creer que simplemente las cosas van a salir bien, porque bien han sido preparadas. Tener confianza en ti, sobre todo eso, lo echo mucho de menos.

miércoles, 22 de noviembre de 2006

Mi primera decepción consumista


Me estoy dando cuenta que estamos sumergidos en una sociedad que nos supera, su poder de seducción es infinitamente cruel. Quizá suene a trillado, pero es que es "pa" quedarse diciendo: "Hay que ver coño, soy un mochuelo-borregoide". Terminaron los tiempos de rebelión baby, hoy hasta para manifestarse hay que pedir cita previa. Estamos controlados en la medida de lo imposible (más de mil cámaras velan por tu servidumbre), nos han hecho creer que contamos con libertad y libertad tenemos, libertad para ser gilipollas.

Hoy mismo he sido consciente una vez más de ello. Resulta que desde pequeñito me inculcaron el inmaculado valor de la limpieza (niño dúchate, niño lávate los dientes). Pulcro de mí, a la mínima estoy ahí embadurnándome. Se ha convertido en imperativo. Antes de comer, ya se sabe, a lavarse las manos, y yo no soy menos. Cada día receta del Dr. Sociedad, lavarse las manos antes de cada comida. Así sea. Es llegar la hora de la comida y acudo sin demora al cuarto de baño, me doy una buena refregada con el jabón comprado en sepa Michael Jordan qué herbolario (porque veo extraño que ese jabón provenga del Carrefour vaya), enjuague y secada. Pues bien, estaba yo tranquilamente pensando en lo ridículo que estaría con un abrigo de piel de diplodocus que vi hoy en un escaparate, cuando de repente mi compañero ha irrumpido en la habitación nº 02 con el susodicho jabón y me articula: "Mira tío los ingredientes". El dibujo que se ha rubricado en mi rostro no tiene precio contante y sonante al leer con pasmosa claridad: Esperma de ballena. Si carajo, esperma de ballena. ¿Cómo coño se me ha ocurrido comprar esperma de ballena? Es más, ¿por qué cojones querría yo tener en casa un jodido bote de esperma de ballena? Y aunque lo tuviese, ¿por qué me iba a restregar con esperma de ballena las manos antes de practicar cada uno de los vitales ejercicios devorativos? ¿Cuántos como yo se lavarán las manos con esperma de ballena, disimularán los signos de la edad con baba de caracol o ambientarán su hogar con pedo de rinoceronte? ¿¿Es o no es para autodenominarnos GILIPOLLAS??

En fin, voy a ver qué otra serie de marranadas se me ocurren para rematar la noche.

Que duerman bien en su colchón, otxia.

miércoles, 15 de noviembre de 2006

Disculpeme, le robo el recuerdo


Yo también estuve en su casa. El recuerdo de aquella temporada queda en un mísero código de barras, carcomido por las mismas ingestiones que la propiciaron. Nunca supe bien por qué. Mi teoría es que ella debió encariñarse de nosotros, pero ahora también sé que nunca se nos mostró tal cual. Entonces no lo aprecié, únicamente importaba el momento. Y el hash. Pasamos horas y horas en el salón de su casa entre sumos grupos de rock de los 70's, risas y miradas cómplices, nubes de humo, hash, ojos enrojecidos, litros de licor y conversaciones reflexivas extraídas de tramos recorridos individualmente o formando pequeños grupos, bien quedó aprendido tiempo atrás. Con la hierba se consumía el tiempo. En aquel piso no éramos conscientes de que fuera había un mundo que no se detendría ante ninguno de nosotros. Pero juraría que si que se detuvo, al menos así lo creíamos con toda nuestra alma, dos meses de pre-invierno que anduvieron a caballo entre el olvido plástico y causalidad de perpetuidad en el recuerdo...

Un buen día llamamos al portero y no encontramos respuesta. Aquél tiempo dionisiaco no nos volvió a abrir su puerta, tornó a su fin. Nos volvimos sin ser conscientes de que la única puerta por la que escapar del mundo real se nos había cerrado para jamás reabrirse, mundo real al que estábamos irremediablemente abocados, y sálvese quien pueda o perezca en el intento.

Yo también estuve en su casa, amigo mío, y jamás debí salir.

lunes, 23 de octubre de 2006

Memorias del mecánico de un arco iris negro


Me quedo mirando al engranaje celular. Segundos antes contaba con los dedos el tiempo para que la luz cediese. Ahora sé que no volverá... Debí haber aletargado aquel momento. Debí haber alargado mi mentira. Pero se terminó, ahora vuelvo a una habitación oscura donde solo cabe el sueño y la extraña melodía.

Y sinceramente, echo de menos la sensación de que todos los sentidos queden centrados en el estriado sonido. Lo echo tanto de menos que ni lo siento. ¿Por qué? Saberlo lo se muy bien, pero no quiero admitirlo. Ni tú ni tus malditos intentos van a sacarme de un problema que reside a inexistentes milímetros dentro del aquí presente.

No se de qué me sorprendo. Bueno, en realidad es que no me sorprendo. Esta vez no iba a ser distinto, aunque creo que cuando deje de llover va a salir con zapatillas nuevas. Si no son nuevas las pintaré del color del idiota al cual detesto. Algo ha cambiado.

No queda otra, vista al frente, giro, mirada sugerente hacia atrás y en marcha: ¡el camino queda abierto a tempranas horas de la mañana!

martes, 10 de octubre de 2006

Intermedio nefasto (más nargal, maintenat en interfaz)


Te odio, claro que te odio. Te odio porque sí. Te odio por cómo vistes y por cómo andas. Te odio por tu forma de hablar. Y no solo por eso, es que te odio por acostarte con mi mujer. Te odio por insultarme delante de ella. Te odio por despedirme del trabajo sin ningún motivo, quitandome mi seguro médico. Te odio por irrumpir en mi casa de buenas a primeras y regalarle ropa a mi hija que tan si quiera necesita. Te odio por partirme la nariz de un puñetazo, ayer mismo. Pero sobre todo, por lo que más te odio es porque te quiero más a que a nada en este mundo. TE AMO

Leo en letras que chocan contra el gong y mientras todo en el lado oriental se desvanece en cuestión de minutos. La tierra cae por ambos lados de la ventana a doce metros de la acera. La última mujer de la calle cae al suelo derramando un frasco cerca del circulo que conecta directamente con las entrañas de la gigante esfera rodante. El silencio se apodera de tus labios que a balbuceos pide ayuda. Has olvidado los idiomas, tu cuerpo pretende, pero has olvidado. En la escena solo se escucha un susurro que proviene de una, a otra, a otra y a la última de las cuatro esquinas.

Me pides ayuda, ahora. Ahora cierro los ojos, estoy cansado, tengo sueño... No es el momento, de verdad.



Aoki Takamasa & Tujiko Noriko - Alien
Aoki Takamasa & Tujiko Noriko - Nolicom