jueves, 25 de marzo de 2010

Rarit


Sinónimo de «empujar».

martes, 23 de marzo de 2010

Precaución


Precaución: mutante de cabeza lisa y resbaladiza disfrazado de humano de cuello para abajo levantando sombrillas.

viernes, 19 de marzo de 2010

De decoraciones ejemplares (III)


Muy buenas a todos.

He pasado unos cuantos días desconectado de la red a causa de un proyecto personal. El proyecto ha consistido en comprar ingentes cantidades de latas de cerveza de medio litro, encerrarme en mi cuarto durante cinco días seguidos y establecer un ciclo de inhibición ultrasensorial en estado continuo de borrachera/sueño. Vivir para beber, beber para dormir, dormir para vivir. Así he estado desde el jueves 11 hasta el lunes 15. El resto de días hasta hoy los he gastado en recomponerme de tamaña experiencia.

Para retomar el blog hoy os traigo una nueva entrega (la última de las que tenía en mente) de Decoraciones Ejemplares. Como ya sabréis a estas alturas, en esta concatenación de entradas me dedico a analizar pormenorizadamente elementos de la decoración del piso de alquiler en el que resido que, por su naturaleza, resultan anómalos.

El caso que nos ocupa es el de la tercera y última pared del salón (la cuarta está íntegramente ocupada por un gran mueble, del que también hemos hablado).

En una primera impresión la decorativa parece atrevida e incluso pintoresca. Pero si nos fijamos bien, rápidamente nos percatamos de que lo que podía ser un artilugio ingeniosamente ideado no dejan de ser palos atados con cordeles. Además, de ellos cuelgan enseres de toda clase, desde hojas secas hasta piñas navideñas. Aquí es cuando se empieza a perder de vista el concepto del adorno, quedando este a caballo entre lo rural, lo alimenticio, lo navideño y lo ruinoso de un presupuesto para decoración superlativamente minúsculo. Sin embargo, el punto que más me conmueve de esta composición de dudoso gusto es el papel rectangular de color rojo entramado en la columna chocesca* de la derecha, por recordarme irremediablemente a una entrada macrofiestil de BCM.

Y desde la privilegiada posición que me otorga el tiempo ocioso me pregunto, ¿de qué coño va este adorno? ¿Cuál es la razón de ser de esta amalgama elemental? Si gastáis un pequeño esfuerzo el análisis os recompensará con una metáfora viva de la contingencia de la vida moderna, de cómo los símbolos por los que nos guiamos no son otra cosa que una maraña que se desdobla al ritmo que marca la temporalidad de la sociedad. Pero yo, que soy muy vago, me quedo con que no es más que una manualidad cutremente finalizada.

En cualquier caso, no creáis que esto acaba aquí. Echadle un ojo a la maceta que adorna uno de los rincones de mi cuarto.


Efectivamente, son los rastrojos del adorno principal (el del salón). Yo lo uso como cuenco para guardar pelusas.

Otra pregunta que podría hacerme es, "señora casera, ¿a dónde va el retorno dinerario de nuestras mensualidades?"

Y para este fin de semana, un consejo: lo mejor es dormir hasta que la resaca se haya ido por sí sola.

Adiós.


*chocesco, ca. 1. adj. coloq. Perteneciente o relativo a la choza.

martes, 9 de marzo de 2010

La equis

Probable: detrás de mí hay cables.
Poco probable: detrás de mí hay una ecuación.
Muy poco probable: detrás de mí hay un tesoro pirata.

lunes, 8 de marzo de 2010

Robar menores

Se puede ver en estos días por mi facultad el cartel que ilustra la entrada de hoy.

Lamentando enormemente las pérdidas os pregunto, ¿no da la sensación de que de lo que advierta el cartel sea del robo de «menores»?

Sólo era eso.

jueves, 4 de marzo de 2010

martes, 2 de marzo de 2010

Saliendo del armario

El día en que se terminan los exámenes es un día de cambio, de relajación, de paz interior. No sé si compensa el mes y medio de sentimiento de culpabilidad (porque siempre se puede hacer un poco más...), pero desde luego terminar es como quitarte un gran peso de encima. Aprovechando la tesitura, voy a quedarme a gusto del todo.

Llevo toda mi vida escondiendo algo que hoy me gustaría hacer público de una vez por todas. Desde pequeñito hay un rasgo de mi personalidad que sólo muestro cuando estoy en casa, alejado de las personas mundanas.

Y es que señores, yo… hablo solo. Ya lo he dicho. Es cierto, cuando estoy (o creo estar) solo en casa me lío a cascar. Puedo hablar de casi cualquier tema: política, web 2.0, cubalibres, sardinas en espeto, Juan Dixon… Es como el que canta en la ducha, pero sin entonar, sin ritmo y sin ducha. Como hacer radio pero sin micros, antenas ni radioyentes. Puedo llegar a imaginarme en casi cualquier contexto, y lo importante, el hecho que me lleva a escribir esta entrada, es que expreso mis pensamientos EN VOZ ALTA. Como un puto zumbao.

No me consta que haya muchas personas que hagan esto. Los individuos al uso cuando no hay nadie con quien hablar se callan. Créanme cuando les digo que yo ese concepto lo entiendo perfectamente. Es más, me parece normal, razonable y recomendable. Lo mío es de raros, de sonados totales. Lleváis razón, pero aún así yo me destapo.

Tan sólo quiero matizar un detalle. Yo hablo solo, no converso. No escucho voces en mi cabeza ni creo estar en compañía de seres imperceptibles al resto de los mortales. Dentro de mi pequeño jugueteo puedo simular en alguna ocasión la figura de un entrevistador, pero aún así soy consciente de que me hallo (o creo hallarme) completamente solo. Por tanto mis charlas son, tanto física como conceptualmente, única y exclusivamente unidireccionales.

Ale, ya sabéis de mi calaña.

Me siento liberado.

lunes, 1 de marzo de 2010

sábado, 27 de febrero de 2010

De decoraciones ejemplares (II)

No todo lo que se escribe por aquí es ficción. Algunas veces tiene una correlación directa con la realidad. Es el caso de la nueva decoración ejemplar de mi piso que hoy os presento. Si leéis con atención descubriréis que la imagen compone en sí misma un canto rebelde contra el orden establecido.

Comenzaré hablando de los tres rejoles. De izquierda a derecha, las 11:23:32, las 6:57:46 y las 4:13:43 (ni que decir tiene que desconozco si AM o PM). Un reloj parado es en sí mismo poético. Eso es así. No voy a volver a intentarlo hoy, pues Papini lo hizo mejor, pero lo que está meridianamente claro es que un reloj parado puede entenderse como una metáfora de la vida. Pues bien, en mi salón tengo colgadas de la pared nada más y nada menos que tres metáforas de la vida como tres panes de Pedroche. Tres personas de diferentes puntos del globo terráqueo podrían agregarme al Tuenti, mandarme simultáneamente un privado preguntándome la hora, mirar mis tres relojes y, dos veces al día, no les mentiría. El culmen multirracial de la poesía metafórica temporal.

Por otro lado tenemos los cuatro marcos de fotografía. No puedo asegurarlo, pero me atrevería a decir que tres de ellos aún enseñan las fotos de muestra que traían cuando los compraron. Y yo me pregunto, ¿para qué sirve una foto de muestra? ¿acaso los fabricantes de marcos no nos creen capaces de colocar nuestras fotografías del lado correcto? Tienen que tener más valor que eso, estoy convencido de ello. Y es que esas pobres fotografías de muestra son siempre menospreciadas. Nadie les hace ni caso. Pongámonos en su pellejo, pensemos en ese mal trago continuo al que se ven enfrentadas, que su belleza nunca sea suficiente como para adornar nuestras paredes. Pues aquí es donde nosotros rompemos con esta injusticia, y por eso aún las conservamos. Queremos que la gente que venga a casa y mire nuestra pared pueda ver como, esas fotografías de muestra, lucen con más orgullo que ninguna.

Mención especial merece la cuarta fotografía (la de la derecha). Si bien no es la imagen de ningún inquilino presente o pasado (espero), su abstracción es cuanto menos peculiar. Algunos dicen que es fea. Yo digo que es diferente. Porque, ¡qué demonios! ¡También hay derecho a ser diferente! ¡Viva la abstracción como forma de vida!

Ahora viene mi declaración de intenciones. A todos los relojes parados, marcos con fotografías de muestra y abstracciones imposibles del mundo: conmigo siempre tendréis un techo, porque mi casa es vuestra casa.

Hasta aquí la decoración ejemplar de hoy. Un homenaje particular a todas las cosas inútiles, materializado en poco más de un metro cuadrado lleno de oportunidades. Muchos pueden pensar que la entrada de hoy no es más que una forma vil de justificar la pasividad y la vagancia. Quien diga eso es un mentiroso de mierda.

No querréis ser unos mentirosos de mierda, ¿verdad?

domingo, 21 de febrero de 2010

El mesón Al'Andalus

Un buen amigo está estos días de visita por Madrid. Me llamó ayer para ver si hacíamos por vernos. Yo sigo de exámenes, pero finalmente hemos encontrado un resquicio. Hoy domingo cierran gran parte de las bibliotecas de la ciudad (al menos a las que puedo ir andando), así que echaremos la mañana por el rastro y luego nos gratificaremos con unas cervezas.

Hago este preámbulo para poder establecer ahora una analogía.

Hace unos días hice referencia en este mismo blog al cierre de un establecimiento de mi pueblo, el mesón Al’Andalus. Estaba situado en la calle peatonal de la Biblioteca Municipal, por lo tanto pillaba de paso en los trayectos de ida y vuelta a la misma. A los estudiantes de mi pueblo, en épocas de exámenes, nos da por ir a descansar al patio de la biblioteca. Algunas veces incluso subimos un rato a estudiar, pero de forma anecdótica vamos. La cuestión es que después de echar la tarde, por exigencias de la naturaleza humana, salías de allí pasto de la inanición. Al Concertino sin ir más lejos, en estos casos se le suelen aparecer hamburguesas voladoras por la cabeza. Y es ahí donde el mesón Al’Andalus entraba en acción. El olor a calamares que despedían sus ventanales habría dejado a medio polvo a las sirenas de Ulises. Así que cuando pasabas por la puerta no te quedaba más remedio que pedirte una telera de calamares fritos.


A estas alturas de la entrada deberíais haberos percatado de que lo de la comparación no ha sido más que una burda interpretación malintencionada por mi parte para contaros lo del bar. No os quedéis en el resquemor hacia mi persona. Profundizad y ved que mi intención no era otra que honrar el justo recuerdo de un lugar donde, lamentablemente, nunca nos volveremos a comer un bocata de calamares.

Adiós Al’Andalus, que tu olor a fritanga nos acompañe y nos proteja por siempre.