viernes, 25 de mayo de 2007

Canción protesta


Hay días que es mejor no separarse de la sábana. Muy recurrente la afirmación. A esto he de añadir: Si lo haces es imprescindible gastar aguda precisión.

Maldita sea, la historia que traigo para contar no es nada agradable, sobre todo para mí, personaje principal y principal colaterado por los daños del entuerto. Todo ha dado comienzo esta mañana, sobre las 10:00 AM, entre el insoportable ruido del despertador y el sueño aturdidor propiciado por un sopor bibliotecario. Hoy debía ser un día importante, el último día de una semana que desde el martes profetizaba ser un puente psico-espiritual hacia el éxito en la peor época del año para un estudiante. El plan constaba de dos partes: En primer lugar había de acudir a la secretaría de la facultad a recoger una factura de pago (posteriormente me informaría de hasta dónde ascendería exactamente la cifra de la discordia); a continuación debía acudir al aula 512 a realizar el último de los denominados "parciales de Mayo", que son como las "cruces" del mismo mes pero sin flores ni chicas en minifalda, y en lugar de beber cubalibres uno se dedica a rellenar folios con un boli BIC, azul preferiblemente. Creí haber sido precavido el día anterior, dándome una hora de margen entre plan y plan, con lo cual decidí apurar un poco más mi tiempo y darle alas al descanso. A las 11:07 AM el *moi de la historia surcaba ya el suburbano. Poco a poco se iba acercando a su destino, ingenuo él, su destino estaba ya escrito. A las 11:27 el *moi se situó frente al digital y asentó su cabeza para darse cuenta de la catástrofe: La principal cita del día había dado comienzo hacía ya 27 minutos. La catástrofe era ya cognoscible para y conocida por un individuo perdido a veinte metros de la superficie terrestre. Aún así no perdió la fe, y siguió recorriendo el camino mientras su rostro se tornaba en un conglomerado de adjetivos malsonantes y sus labios proferían maldiciones a mil y un demonios (que si me están leyendo, espero no se lo tomen como algo personal). Atravesó el edificio a una velocidad muy cercana a la de la luz a la vista de pintores y libreros. Ascendió hasta la 512 (que como su propio nombre indica no está al lado de la entrada) y entró al aula. Una breve explicación a lo que prosiguió una desesperanza por parte de la gobernanta del lugar me hizo situarme en la primera fila casi sin aliento. Cuando aquel A4 se posó sobre mí el cual contenía las cuestiones propuestas, entendí que mi labor allí había concluido, no quedaba tiempo suficiente como para superar la prueba, aunque todavía podía completar al menos la primera parte del plan.

Y así fue como me levanté creyendo que iba a ser el mejor día de la última semana y salí de la facultad sin examen y con una factura de 659,90 de los nuevos €uros. La verdad es que al salir a la calle sentía que no podía dejarlo estar así, y me percaté al instante de que la Cuenta Corriente sería la primera en sufrir los efectos desvastadotes de aquella mañana del copón. También entendí que el único lugar en el que no me sentiría como un muñeco de trapo con la panza aprisionada por la pistola láser del Phulminator AD-3 en el fondo del baúl de los juguetes sería rodeado de cederrones piromusicales. Así lo pensé y así llegué a la Fnac de Callao. Sabía muy bien qué disco iba a comprar. Lo sabía de sobrada manera. Ascendí a la segunda planta y acudí directamente a la letra adecuada. Allí había unos cuantos ejemplares de lo que esperaba fuera la confirmación de la apuesta por mi caballo ganador. De momento solo compraría uno. Bajé, aboné y abandoné.

En la calle de nuevo, y de nuevo camino del suburbano, esta vez con un pedazo de plástico transportado en una bolsa de polietileno (material totalmente reciclable ya que su destrucción por incineración no libera gases nocivos ni sustancias corrosivas). A la salida una amable señora me sostuvo la puerta. Subí los primeros escalones y me percaté de que, por enésima vez, estaba lloviendo (¿¡¿qué coño le pasa a esta ciudad?!?). Pensé por un instante en mi Andalucía natal, saqué el paraguas y me dispuse a humedecer los agujeros de las zapatillas, y por proyección los calcetines.

Cuando llegué a casa no había nadie. Dejé todo lo que llevaba en las manos en la habitación 02. Me acerqué a la cocina para prepararme algo de comer. A causa del momento me reservé mis mejores recetas y opté por la primera cosa que pillé del espacioso (más como antónimo de relleno que como sinónimo de amplio) frigorífico. De vuelta a la habitación 02 cerré la puerta y bajé la persiana. El CD estaba sobre la tabla del armario que acostumbro a usar a modo de mesa. Era como si una distancia insalvable nos separase. Eran las 3:30 PM de un viernes y ahí estaba yo, sentado frente al CD, mirándolo en silencio.

No me atreví a escucharlo. Cuando supe que no iba a reproducirlo me acerqué al portátil e hice sonar un antiguo disco propiedad intelectual de dos hermanas que acostumbro a poner cuando siento que algo me falta (en este caso un examen) y que hace ya más de un año desarrolló una labor de vital importancia y por la cual recibió un veto de varios meses. Volví entonces al lugar desde el que jamás debí haber despegado: las sábanas azules. Intenté perder la conciencia un rato, pero sabía que el objeto circular que reposaba a escasos centímetros de mí no iba a permitírmelo. El par de hermanas dejó de hacer música allá sobre las 4:23 PM. Me incorporé un momento, sabiendo que la escucha de la nueva adquisición era rotundamente inesquivable. Aun así todavía no era el momento. Volví a tumbarme y me dediqué a observar el trozo de tela que cuelga del techo de la habitación 02. Pasé así un rato, inmóvil. A las 5:01 PM volví en pie: había llegado el momento. Una tapa se destapó, algo se descolgó, un libro se abrió y al rato la habitación 02 se inundó con la melodía: Que empiece el viaje ya…

Desde aquí os hablo, con la melodía al cuello en la habitación 02, sin luz, con sonido. Sin examen.




* Galicismo consecuencia de que una vez tuve una novia francesa.

jueves, 17 de mayo de 2007

Un viaje a la Provence francesa


Unilateralmente... creyendo que se puede llegar lejos. Viajando por carreteras húmedas. Habito en una casa de madera. Observo un arbusto sobre el que poder arrojarse, lo miro desde un balcón. Escaleras, escalones, consecutivamente dañados, y el perfecto plano de un museo, doblado en una esquina. Mesas alineadas, zapatillas debajo, atadas al frío acero. No se sostiene ni por un instante, caen. El mármol, frío, grietas que se pierden contra la alacena. Atrapados por la nieve, amanecidos así, sol enclaustrado a nuestra merced. Pasamos al estadio, nos rodea el parquet, no sentimos nada, huimos mientras pudimos. Protege moi. La ventana permanece baja, al menor ruido la salto, y caigo a la arena, solo. Buf, me besó, se escondió, estaba a oscuras. Cuando lo descubrimos, cambió. Lunes con detective, con gafas, y medias hasta las rodillas. Estatua, mi homenaje, se lo dimos entre los tres, todo lo que quiso y más... no tuvimos piedad. Tumbados en la parte trasera de la maison, y tres o cuatro bicicletas tiradas por la hierba, y dos niños arrojando piedras a un perro que cruzaba la calzada. El camino era de arena, y por él nos deslizábamos, saltando los obstáculos. El pico, el más alto, y caímos. La cocina no tiene puertas, ¿y la despensa? El final, con el horizonte sonrojado, cada giro, un giro menos. Frenó en seco, y sentí el metal ácido del papel dividir piel, fue suficiente para crear... ¡NOIR!

domingo, 22 de abril de 2007

Viajar, en ambulancia


- Señora, coloque el gotero sobre la repisa, justo al lado del algodón.

Me arrepiento de tantas cosas. Siento tanto no haber pasado más tiempo contigo, no haberme dado cuenta a tiempo de cuales eran mis preferencias. Tantos eventos vanos a los que acudí, tantos momentos importantes contigo que no llegué a tener.

Te sujeto la mano y miro tus párpados adormecidos. Tengo que ser fuerte, sabes lo que pienso acerca de los lloriqueos. Nunca lloraría por algo así, podría provocarlo en cualquier momento y lo que siento en este momento es mucho más real que eso. No tiembla mi pulso. No aparto mi mirada de ti.

- No tardaremos en llegar, siga manteniendo la calma señora, lo está haciendo muy bien.

Pasan por mi cabeza los recuerdos. Aquella tarde que pasamos en el parque, tendidos en el césped, viendo como caían sobre nosotros todas esas hojas. Una noche en la ópera. Una mañana en la cama.

Solo te pido que seas fuerte, que me brindes una segunda oportunidad. Prometo abandonar todo eso que sabemos me resta mucho tiempo y que, a decir verdad, no es importante para mí en absoluto. Prometo solo decirte la verdad. Prometo no contentarte con falsas ofrendas, se terminó hacer nada que no sienta realmente. Te prometo ser yo, siempre, las veinticuatro horas.

Una oportunidad, es lo que pido. Ni una falsa lágrima, ni un seis de enero con adornos.

- No se preocupe señora, está en las mejores manos. Se pondrá bien, no tenga duda.

martes, 10 de abril de 2007

Del celuloide al siglo del mono



¿Qué es un sentimiento? Quizá la cosa más inexplicable e irracional que el ser humano lleva consigo. Los sentimientos. No son una nube. No son madera de ébano. No son una bombilla halógena. No son un microorganismo. No están en ninguna parte. Guían nuestros actos. Son imprevisibles. Son caprichosos. Nunca sabes cuando van a aparecer o cuando desaparecerán. Se pueden provocar, pero no siempre funciona. ¿Por qué algo que a mí puede resultarme repulsivo, asqueroso, sin sentido e idiota para un prójimo puede resultar el argumento central de su vida? Todo el mundo sabe lo que es un sentimiento, mas poca gente se atreve a definirlos con precisión microscópica. A veces tememos alcanzar ciertos sentimientos, otras veces nos drogaríamos en el servicio de un after con tal de sentirlos. Te pueden hacer flipar en poco tiempo o aburrirte durante horas. Pueden hacerte llorar, reír, dormir; pueden hacerte salir a dar un paseo, comprar una bolsa de pipas grefusitas, encerrarte en tu habitación, saltar por todo el piso, patear la almohada un buen rato, fumarte una clase de Información y Comunicación Audiovisual... No puedes esquivarlos.

Y es que no puedes esquivarlos muchacho. ¿Por qué intentarlo tan si quiera? Resulta estúpido. Resulta frustrante. Tengo la teoría *autopersonal de que tus sentimientos te respetarán si tú los respetas a ellos. Digamos que estos entes etéreos tienen una incalculable necesidad de protagonismo. Si no se lo das te joden, al igual que el niño castigado que se enfada y no respira. Los sentimientos tienen la jodida manía de entrar en combustión cuando no le haces ni puto caso. No siempre apetece sacarlos, igual que la basura, pero como queman los jodios. A veces optamos por hacerles frente, se revelan y luego viene la autocompasión. Echarle la culpa a terceros de tu desatención a tus sentimientos es actuar de forma hipócrita, coger el camino más fácil y cobarde ¡No seas cobarde coño! Si están ahí será por algo, y si están por nada apañados vamos, pero qué remedio. Llorar de poco sirve si nadie te ve. Zamparte una tarrina entera de helado de vainilla servirá para que nadie te quiera ver. Se John Wayne en lugar de Peter Pan, que estás muy crecidito para tanta bobería. Avisado quedas baby.

No es que hoy haya amanecido sentimental, me hubiera abalanzado igual sobre los tipos de interés, pero cosas de esta vida, que cual lag unos días te pone aquí y otros más allá (recuerdos para el chico que hace un año cantaba lo de Mr. Robinson). Se podría decir más bien que estaba aquí intentando esquivar al sentimiento sueño, vamos, que me he puesto gallito un rato, pero ya empieza a quemar el cabrón. La pérdida de información, que provoca reiterativos ciclos de estrechez melódica y nos pasea una y otra vez por los mismos valles distorsionados.

¡¡Piensas que me entiendes y no sabes nada sobre mí!!

lunes, 19 de marzo de 2007

Lusie y Donna



La luz rojiza teñirá por completo el paisaje. La visión hacia el horizonte quedará borrosa a causa del calor y el asfalto. El pelo de ambas recorrerá las corrientes de viento. El aire contra su piel les hará levitar en tierra. Sobre el automóvil una vieja canción escapará poco a poco del tapizado del descapotable, cruces de miradas cómplices y dos labios darán vía libre a dos sonrisas capaces de derretir el minutero de tu reloj de bolsillo.

LUSIE: Pero el final es siempre el mismo. ¿Acaso tú crees que algo va a cambiar? Hay dos tipos de personas: Los que se preocupan de hacer las cosas bien y los que no pierden el tiempo pensando en las consecuencias y directamente las hacen. Tú y yo sabemos nuestro lugar. La vida no deja de ser otra cosa que un camino de rosas.
DONNA: Tienes razón, la vida es un camino de rosas: Nos pincharemos una y otra vez con sus espinas, aún así nos quedaremos gilipollas mirándola hasta que un día no podamos más, caeremos al suelo y reventaremos. Pero lo peor no es eso, lo peor es que tras esto la hija de puta se marcará con nuestros restos una fotosíntesis, como buena rosa cabrona.
LUSIE: Sabes que yo jamás perdería el tiempo mirando rosas, la vida pone a nuestra disposición un gran número de placeres. Los que disfrutan con las pequeñas cosas como el color de una flor o la forma de una nube en el cielo es que no tienen la suficiente pasta como para acceder a los placeres mayores.
DONNA: Puede que la pasta no nos dé placeres mayores, simplemente nos ciegue en una avaricia que los directores de los grandes almacenes han ido implantando en nosotras a través de anuncios en la tele o malditos folletos de publicidad en el buzón.
LUSIE: ¡Venga Donna! ¿Quieres hacerme creer ahora el royo ese de que el dinero no da la felicidad?
DONNA: No la da.
LUSIE: ¡Venga! No seas hipócrita, ¿ahora resulta que no te gusta el dinero?
DONNA: No me gusta el dinero.
LUSIE: ¿Ah si? ¿Y cómo cojones hubiéramos conseguido este coche sin dinero?
DONNA: Es prestado.
LUSIE: Si, ya lo sé, pero antes alguien tubo que gastarse la pasta y comprarlo. Si no hay pasta no hay coche, y si no hay coche no hay nada que prestar. Me parece una estupidez que digas que no quieres dinero.
DONNA: Yo no he dicho que no quiera dinero, quiero dinero, y cuanto más mejor. Lo que yo he dicho es que no me gusta.
LUSIE: ¿Y cuál es la diferencia?
DONNA: La diferencia es meramente apreciativa. Tú crees que el dinero es bueno y da la felicidad. Yo creo que es una mierda y que en ningún momento la da. Solo es un puto atajo que lleva a una sensación similar, no es felicidad, es parecido y tú lo confundes.
LUSIE: ¿Y eso es lo importante? Es decir, ¿qué más da lo que tú y yo pensemos? Da igual que piense que la droga es buena o mala, si me meto soy una drogadicta igual. Y si el dinero es mi droga prefiero disfrutar de esta sensación todo lo que pueda. Si tú no puedes me compadezco de ti nena.
DONNA: Tampoco he dicho que no disfrute cegada por la avaricia que los directores de los grandes almacenes nos han implantado a través de los anuncios de la tele.
LUSIE: Ves nena, si al final siempre estamos de acuerdo, no entiendo por qué discutimos tanto.
DONNA: Es divertido.
LUSIE: Lo es. Anda, ¿por qué no vas parando? Tengo un hambre de fenómenos.
DONNA: Buena idea, pararemos y compraremos algo con tu sucio dinero, jajaja.


..ESTACIÓN DE SERVICIO A 2.000 m.

..ESTACIÓN DE SERVICIO A 1.000 m.

..ESTACIÓN DE SERVICIO A 500 m.

..ESTACIÓN DE SERVICIO A 250 m.


Aparcaron en la explanada arenosa, justo en frente del cristal en el que unas serigrafías rubricaban la palabra CAFETERÍA.

DONNA: Baja, yo voy a llenar el depósito. Pídeme café cortado y tortitas.
LUSIE: ¿Sirope?
DONNA: Eso, tú ponte como una foca.

Lusie levantó un poco más de polvo hasta que alcanzó la puerta de la cafetería. Pasó y se acercó a la barra para pedir el desayuno. Al tercer bocado de la tostada con crema de cacahuete Donna hizo sonar la puerta. Siete segundos después y tras lanzar una mirada a su derecha conforme caminaba ocupó el lugar que le correspondía, junto a Lusie.

DONNA: Ey, son cómodos estos asientos eh.
LUSIE: Si, no me importaría dormir en ellos. Además, podrías levantarte y pedir el desayuno desde aquí. Sería como si te lo trajesen a la cama.
DONNA: Como se nota que nunca te han traído el desayuno a la cama. Esto sería mucho mejor. En la cama estás más pendiente de que el café no vaya a volcar e inundar tus sábanas que de disfrutar de la mermelada de las tostadas.
LUSIE: Si, la verdad es que hay cosas que debemos dejárselas a los directores de cine. Los desayunos en la cama son una de ellas. Otra sería lo de bajar de un tren en marcha, o la frase "siga a ese taxi".
DONNA: Yo una vez lo hice.
LUSIE: ¿Lo del taxi o lo del tren?
DONNA: Lo del taxi.
LUSIE: Bien, entonces a mí me toca lo del tren.
DONNA: ¿No decías que eso era mejor dejárselo a los directores de cine?
LUSIE: He cambiado de opinión. Soy muy envidiosa y tú has hecho muchas cosas de directores de cine. No voy a ser menos.
DONNA: Si te lanzas desde un tren en marcha no vas a ser menos, serás estúpida.
LUSIE: Tienes razón, la que hace las cosas de directores de cine eres tú. Deberías lanzarte desde un tren en marcha ¿sabes?
DONNA: Quizá lo haga.
LUSIE: Jajaja, oye, ¿qué tal si vamos acabando con esto de una vez?
DONNA: ¿Te refieres a "comprar" algo en la tienda antes de marcharnos?
LUSIE: Me has leído el pensamiento nena.

La luz rojiza tiñe por completo el paisaje. La visión hacia el horizonte queda borrosa a causa del calor y el asfalto. El pelo de ambas recorre las corrientes de viento. El aire contra su piel les hace levitar en tierra. Sobre el automóvil una vieja canción escapa poco a poco del tapizado del descapotable, cruces de miradas cómplices y dos labios dan vía libre a dos sonrisas capaces de derretir el minutero de tu reloj de bolsillo. Donna va al volante, Lusie mira a un lado de la carretera mientras el Sol intenta reflejarse un rato más en sus sunglases. En el asiento de atrás, un pintalabios mal cerrado, el revólver aún caliente y cinco mil en billetes de cincuenta, veinte, diez y cinco dentro del bolso de piel. Ni dos horas hacen falta para que la noche caiga sobre esta tierra árida, pero será demasiado tarde, para entonces ellas ya habrán conseguido su propósito de alojarse por siempre en lo más profundo de tu vida.



Con la colaboración especial de:
APU en el papel de Lusie
OLU en el papel de Donna

jueves, 1 de marzo de 2007

EDICIÓN ESPECIAL serieb: Tiempo para romper sueños, sueños para romper el tiempo


El siguiente texto forma parte de la publicación especial en papel de marzo ‘07 del fanzine Serieb:

Las ceras de color inundan la mesa del escritorio. La dorada luz de la farola entra por la ventana y se mezcla con la nocturnidad de mi cuarto de interruptor fuera de servicio. Ahí afuera la noche está pasando. Me sumo a la volatilidad de la melodía; el frigorífico está bien cerrado y yo pasaré un rato sobre la cama desintegrando unidades de tiempo…

…en aquel preciso instante en que un segmento lineal de escasos centímetros unió, por un momento real y para siempre en mi subconsciente, cuatro esferas cristalinas destinadas a ejercerse la atracción más poderosa que el universo ha sido capaz de inventar. Miles de preguntas que se chocan entre las ondas del sonido eléctrico. Un *sonórico silencio profetizado a romperse.

…en la ciudad, y nosotros dos corriendo por ella. Niños, farolas, vallas publicitarias y marquesinas pasando fugazmente a nuestro lado, y mientras yo dibujándote una sonrisa. Saltar un banco del parque, andar sobre el bordillo y frenarnos de pronto frente a un portal, y tus ojos mirando tímidamente mi camiseta antes de cerrarse para que el tiempo aturdido estimule tus sentidos.

…en nuestro escondite, nuestro palco desde donde se puede ver el cielo entero, y yo tumbado, y tú a mi lado, los dos, y la noche detenida delante de nosotros. Una estrella que se descuelga, una estrella que nos observaba en silencio y ha bajado para rozar tu mejilla. Y susurrarte al oído, labios húmedos, y tú mirando mis ojos.

…en la última vez que te vi, en un adiós frente a una puerta de madera y forja. Dos dedos que se tocan por última vez. Una ráfaga de viento que mueve tu pelo, y tú, ya sin mirarme, y una esquina interponiéndose entre los dos. Una promesa, una compañía para un viaje que jamás llenará maletas. Una lágrima rota contra el suelo, un recuerdo alojado para siempre en el universo de mi mente.

Las ceras siguen esparcidas, chocando perpendicular e inevitablemente contra el cuadrúpedo objeto. Una luz incide directamente sobre el párpado, propiciando así el desvelo de un iris desconcertado: La farola hace horas que se apagó. Ahí fuera el día ha comenzado. No recuerdo cuando cesó la melodía, tal vez no quiso hacer bajar a ningún viajero del tren de los sueños, lástima que el Sol no haya pensado igual. El frigorífico sigue cerrado, aunque creo que no por mucho tiempo. El contador se vuelve a poner en marcha y los segundos, a partir de ahora, escapan de uno en uno.
Finalizado en la madrugada del 21 de Febrero de 2007

lunes, 26 de febrero de 2007

Uno de diez motivos para viajar de noche


Cuchillas de afeitar, zapatillas, camiseta. Cerré la cremallera para que el cierre quedase cerca de mi mano. Le saludé por última vez y bajé las escaleras para salir de una vez a la calle. Anduve un rato a un ritmo acelerado al mismo tiempo que los tejados se iban alzando sobre las teteras, tapando así al astro rey.

Habíamos subido al autobús hacía media hora. La línea discontinua desfilaba a un lado y los neumáticos reían porque le hacía cosquillas. Casi sin darme cuenta habían quedado atrás los días para el recuerdo, ahora estábamos yo, la noche, el sonido argentino de mi mp3 y la carretera. Un manto oscuro inundaba el paisaje que rodeaba mi vehículo, únicamente interrumpido por esporádicos focos de luz al otro lado del cristal.

Me gusta viajar de noche, me gusta mirar por la ventana y ver pasar todo ante mí sin mover un dedo.

El tiempo volaba, al igual que los kilómetros, y yo, desinhibido, seguía con la mirada fija en el cristal. Pasó un tiempo hasta que vi tu reflejo. Hace hora y media te despedías de tus padres con un beso y ahora estabas sentada en el asiento de delante, en silencio, mirando por la ventana. Yo te miraba en silencio a través del cristal, no conseguía distinguir si veías las luces o estabas dormida. No quería despertarte.

Quiero recordar que no parpadeé durante bastante tiempo.




Nistal - 10 motivos para viajar de noche

sábado, 24 de febrero de 2007

Humedades y catástrofes


- Mamá, ¿la ropa se seca antes con el Sol o con el viento?

Estoy pensando que hace demasiado tiempo subí las escaleras de la terraza. Demasiado tiempo, demasiados errores. Está bien pensar en ellos como algo extirpable, pero quizá la línea que los separa del sujeto es tan fina y lleva tanto tiempo deteriorándose que no consigo encontrarla para empezar a trabajar en la división definitiva. Sería mucho más sencillo si aprendiese a llevarla conmigo, si desde fuera hubiera alguien interesado en no fijarse en ella, pero sinceramente, ya no creo que eso sea posible.

Es increíble que esto esté pasando. ¿Qué hice mal? ¿Acaso el dolor es algo inesquivable? ¿Estamos destinados a dañarnos los unos a los otros? Y si esto es así, ¿por qué no pasa igual con la suerte? ¿Es la suerte algo etéreo única y exclusivamente para mí? Toda una vida pensando que las cosas tienen que salir bien, ¿y si no salen bien? ¿Y si el mundo es injusto por naturaleza y no estamos en el bando de los beneficiados? ¿Debería empezar a cagarme en mi puta vida (véase el antro de Wapsman)?

- La ropa se seca antes con el Sol. Con el viento se seca también, pero tarda más, aumentando así la probabilidad de que llueva y se vuelva a mojar, más si el cielo está nublado.

jueves, 1 de febrero de 2007

Aquella vez que perdí media tarde de estudio observando un poster de Cedric Pioline


Esta noche he tenido un sueño bastante extraño. Les explico: La escena nos sitúa en una ártica noche gélida de esas que abundan por el mes de Enero en el centro neurálgico capital por excelencia; vuelvo de la biblioteca tranquilamente por una de las calles de Moratalaz (la de la óptica esta que tiene un doctor enorme con gafitas en la puerta creo) cuando de repente veo que progresivamente una señorita de abrigo largo y bufanda de punto se acerca hacia mí. Sin tiempo si quiera para esbozar palabra, una amarillenta pelota de tenis aparece en mis manos. No me pregunten por qué (es un sueño joder), pero me freno en seco, doy un par de pasos hacia atrás y apuntando al más puro estilo José Canseco le encasqueto la pelota en la boca a la simpática (digo yo) señora. Pero atentos, la señora se levanta del suelo, se coloca bien el abrigo y la bufanda (insisto que hacía un frío del carajo) y, sin sacarse la esfera amarilla del paladar se gira y comienza a caminar. Supuse que iba a avisar a su marido, así que decidí que era un buen momento para despertar. Desperté.

Llevo todo el día dándole vueltas, porque el tema, bajo mi punto de vista, es bastante serio. ¿Y si es una premonición? ¿Un aviso que me lanzan desde un universo paralelo avisándome del desastre inminente al que estoy abocado? No se, entiéndanme, no soy de esas personas que sin venir a cuento van dando pelotazos a la gente, y no me gustaría tener que empezar a hacer “eso” ahora (aunque las pelotas de tenis son tan... abres el bote, PLASH, y son tan suaves... y huelen tan bien...). ¿Y si resulta que en uno de mis nocturnos viajes a la biblioteca ocurre? Así, sin más ¿Qué pensará el marido de esa mujer? ¿Y si tiene represalias serias contra mí? Saben por donde vivo, y no pararán hasta que mi cabeza penda de su televisor (al lado de un trenecito que les tocó en un huevo Kinder y sobre un cubreteles de punto de cruz que la madre de la señora tejió cuando se mudaron allá en 1988).

Llamadme enloquecido, pero estoy empezando a cogerle respeto a la profesión de Recogepelotas (o ballboy diría el amigo inglés de Rosi de Palma). Nada, nada, ahora mismo raudo cual felino ibérico llamo a R. Garros para decirle que se busquen otra cobaya para sus sádicos experimentos, ¡mi culo no está en venta señor Garros!

domingo, 28 de enero de 2007

Jamás debí decir [send]



Doce mil metros por encima de la tierra fértil que rodea una enredadera, trepando por el blanco impoluto de las paredes de cal, del cuadrado corazón del edificio. Algunos (millones de) metros más a la izquierda, una esfera naranja, tiñendo de color calor el número 20 de la calle mía, de una ciudad al sur de Madrid y al norte de Tánger. Cuatro vías de salida, treinta y cinco niños llorando sin espacio libre en sus manos en su primer día de colegio. Doce regaderas de hojalata olvidadas en el huerto y otras doce de plástico del todo a cien rebosantes de agua. Seis rugosas palmas apretando simultáneamente el número 6, y sus seis aves cantando a las seis de la tarde. Tres líneas que se cortan, con ellas cincuenta y tres transeúntes, uno de ellos, yo. Uno de ellos yo, una carta, un buzón, un empleado de correos, una oficina, un camión, un buzón con nombres y apellidos (los tuyos). Una mano, dos pupilas. Una lágrima.