lunes, 26 de octubre de 2009

Por el amor de Dios...

Jaime estaba esperando en la puerta de «La Despensa», una tienda de barrio que pillaba de paso hacia la zona de la Velada Abierta. El ruido proferido por un Seat León amarillo atrajo su atención. El coche aparcó delante de Jaime. De la puerta del copiloto bajó su colega Mario.
—Hey cabrón, ya estás aquí —dijo Jaime.
—Sí tío, perdona, es que estaba lejos y he tenido que pedir que me traigan.
—¿Quién…
Antes de terminar la frase su duda se vio resuelta. De la parte del conductor salió Emilio.
—Qué coño… —dijo Jaime procurando que Emilio no oyese nada.
—¡Chicos! Ahí os quedáis, ¿vale? —gritó Emilio desde el coche.
Jaime y Mario hicieron un gesto con la mano para despedir a Emilio hasta que este se hubo metido en su coche y marchado con la música rechinando desde el interior.
—Tío, estás loco —rechistó Jaime.
—¿Qué pasa?
—¿Cómo que qué pasa?
—Estaba a tomar por culo y tenía que venir. ¿Qué tiene de malo?
—Que es cura.
—¿Y?
—¡Y marica!
—Anda ya…
—Toma no, pero si lo vieron darse el lote en la sacristía con Mari Cantero.
—Jajaja, marica entero… está que te pees.
—Déjate de mierdas.
—Tú, pero que eso es un puto bulo y no puede ser verdad. Si el obispado se entera de eso lo mandan en proyectil teledirigido hacia el mundo del santísimo copón de Dios.
—Bueno chaval, tú verás a qué te arrimas.
—¡Eh!
—No soy yo el que lo llama a las tantas de la noche para que me dé paseítos.
—Tío, tengo que decirle a mis jefes que me financien un coche.
—¿Tus padres? A ver si lo que te van a financiar va a ser una hostia…
—Déjate de hostias y mierdas.

viernes, 16 de octubre de 2009

Como las cosas importantes

Acabo de hacerme eco de la triste —de repente esta palabra se ha quedado miserablemente corta— y aun espero que todo se trate de una broma de mal gusto. No doy crédito. Es imposible dar crédito. Hace apenas una semana estaba rastreando tu web, diarios digitales y wikis haciendo cábalas sobre tu futuro profesional, y hoy el mismo se corta como una fina tira de celofán.

Amigo Andrés, esta vez te has pasado. ¿Así que de esto se trataba? ¿Este era tu verdadero plan? Porque si era así, te ha salido al milímetro, como un triple imposible sobre la bocina: ninguno fuimos capaz ni de preverlo ni de prevenirlo.

Si lo estudio con más detenimiento, resulta obvio que muchos de los pasos ya estaban dados. Viviste una NBA que, sencillamente, no se volverá a repetir. Viste a ese joven neoyorkino irse a Carolina del Norte. Después lo viste llegar, vestirse de rojo y convertirse en el mejor de todos los tiempos. También viste a la generación del nuevo siglo. Pudiste vivir los tres anillos de Kobe y Shaq, la pareja que ya es historia. Luego viste a Duncan ponerle techo a la liga. Luego el aterrizaje de E.T…

Tras muchos años de más de mediasnoches, te alejaste de toda esa camarilla para desafiar una —relativamente— nueva disciplina. Pero en el fondo el baloncesto siempre lo tuviste ahí, ¡y de qué forma! Pudiste vivir los tres momentos más históricos de la selección, tres hitos como tres soles. La leyenda estaba escrita, y dificilmente se volverá a repetir. Una vez más tu trabajo estaba completo.

Y como un preludio extensible, así dijiste adiós: «Yo me despido de todos ustedes, es mi última retransmisión con LaSexta, y voy a decir lo mismo que decía hace tres años y pico, cuando vine aquí a LaSexta: “la vida puede ser maravillosa”».

Me pongo a pensar y los recuerdos inundan mi cabeza... madre mía ¡cuántas madrugadas de fin de semana pegado a la tele con el Plus en comunidad! Como un mico, sin haber probado la cerveza y velando hasta las tres o las cuatro de la mañana para ver los partidos de la NBA. Está claro que, por muy buen baloncesto que se jugase en la cancha —y evidentemente no siempre fue así— los dos teníais gran parte de culpa de las ojeras del día siguiente.

Es que joder, esto es para cabrearse. ¡No es así como ocurren estas cosas! Te explico. En primer lugar deberías haber esperado unos meses más, relajado, manteniendo la incertidumbre. Qué te voy a decir yo, hasta Navidad por ejemplo. Como regalo de Reyes, ¡zas! «Montes ficha por…». Y la rueda vuelve a girar. Y así durante —al menos— diez o doce años más, con idas y venidas, más gritos, más apodos, más himnos de guerra, muchas más incorrecciones… Esta habría sido una justa y razonable ventaja. Llegado el momento, aceptaríamos tu retiro profesional. Nos costaría, pero acabaríamos haciéndonos a la idea. Y te lo perdonaríamos. Te seguiríamos viendo en alguna entrevista o colaboración para radio o televisión, divirtiéndonos como tú bien sabes. Otros veinte o treinta años más, para que cuando de verdad afrontar esto fuera inevitable, tuviéramos a mano una legión de hijos, nietos y biznietos a los que relatarles tus más épicas batallas.

Sin embargo, nos has dejado a todos con la misma pregunta por responder: «¿qué será lo próximo?».

En cualquier caso no eres ninguna deidad, cometes errores como cualquiera y llegado este momento he de confesarte algo: tu plan ha fallado. Para aclarar esta afirmación te contaré una breve pero intensa historia personal. La semana pasada recibí una llamada. Se me quería informar de algo. Podría detallarla, pero creo que simplemente reproduciendo las siguientes palabras resultará más que suficiente: «Chantal está embarazada, vas a tener un hermanito o una hermanita». Así es amigo Andrés, voy a ser hermano a los 22. Es sin duda la mejor noticia que me podrían dar, ¿no lo crees?

Y es que a fin de cuentas estamos hablando de lo mismo, aquello que siempre supiste infundir en tus retransmisiones: la alegría de vivir. ¿Qué importa si el autobús se retrasa, si nos pisan por la calle o si hemos olvidado las llaves de casa? A fin de cuentas las noticias importantes llegan así, de improviso, sin poderlas remediar.

Hermano a los 22… jaja, y Andrés, algunos todavía dudan que la vida puede ser maravillosa…

jueves, 8 de octubre de 2009

Cada vez más sordo, cada vez más solo

Domingo salía con Maira y se estaba quedando sordo. Había sido víctima de un trauma de oído durante un concierto de Iggy. Domingo siempre había tenido fe ciega en Maira, hasta que las malas lenguas entraron en escena justo el mismo día en que comenzó a perder audición.

Al principio apenas se notaba; una ligerísima salida de tono, miradas de desconfianza; reiterar de nuevo la última frase. Sin embargo, el problema sólo pudo ir en crecimiento. Conforme más se apagaba el mundo a su alrededor, más se apagaba su amor por Maira. El débil de voluntad había cedido. Su relación era ahora más que nunca una trampa mortal.

Un día, mientras paseaba por el parque con la intención de aclarar sus ideas, se topó con una escena cualquiera. Una furgoneta monovolumen se encontraba aparcada frente a un pequeño tramo de césped. A su vez, la niña de apenas nueve años vestida aún con ropa de colegio, bailaba bajo la atenta mirada de su propia madre. Su padre seguía descargando objetos del maletero. De pronto el padre se giró. Domingo supuso que la niña, mientras ejecutaba el baile, había vociferado a la atención del cabeza de familia. Ahora padre y madre miraban a la niña bailar, y la niña bailaba. En aquel microuniverso, la preocupación había desaparecido por completo. Domingo acababa de descubrir el futuro que quería para Maira y él.

Ese mismo día, cuando Domingo llegó a casa se encontró con Maira. Ella llevaba un rato esperando en el portal de su apartamento. Él le abrió la puerta, y ambos subieron. Se acomodaron en un sofá. Domingo miró loco de amor a los ojos de Maira, mientras ella, ajena al mensaje, miraba hacia el suelo con indiferencia. Por su parte, los labios de Maira se movían, pero era este para Domingo un lenguaje prácticamente indescifrable. Pasado un rato, Maira agarró a Domingo por los brazos y lo agitó enérgicamente. Las palabras saltaban de su boca y recorrían el pequeño espacio que los separaba, para terminar muriendo en los oídos de Domingo. La mirada de él moría al chocar con las palabras de ella. Llegado el momento, y mientras la más absoluta de las impotencias se apoderaba de ambos, él escucho una frase. Fue la última de boca de Maira. «Dime que no te gusta cómo te follo, pero no digas que no te quiero». También fue la última de su vida. Los ojos de Domingo se llenaron entonces de lágrimas mientras observaba atónito cómo Maira salía de la habitación.

domingo, 6 de septiembre de 2009

La complicación de decir "Te quiero"


- Te quiero.
- ¿Cómo?
- Que te quiero.
- ¿Cómo que me quieres?
- Pues que te quiero.
- ¿Y por qué me lo dices?
- Me ha venido a la cabeza y lo he dicho, tampoco lo he meditado demasiado.
- ¿Bromeas?
- No, no bromeo, y deja de hacer preguntas nerviosas.
- No, perdona; no entiendo nada.
- ¿Qué no entiendes?
- Pues que creía que sólo nos estábamos divirtiendo. Un te quiero lo cambia todo.
- No cambia nada. Nos estamos divirtiendo. Y un “te quiero” es un “te quiero”.
- Sí que lo cambia, no te pases conmigo.
- Ah sí, ¿y qué cambia si se puede saber?
- Como si no lo supieras.
- No lo sé, explícamelo.
- Pues que hasta hace un momento éramos un chico y una chica que simplemente se divertían a costa de su naturaleza, estábamos a la misma altura. Ahora somos un chico que acaba de escuchar un “te quiero” y una chica esperando respuesta. Ni de coña estamos a la misma altura.
- Yo no te he pedido ninguna respuesta.
- Cuando se dice “te quiero” siempre se espera una respuesta.
- Haz lo que te dé la gana.
- ¡Lo ves! Ya estás presionándome para que responda.
- ¿Presionándote?
- No te hagas la tonta conmigo. Lo estás manipulando todo para que responda lo que quieres escuchar o que quede como el más horrible de los monstruos.
- Eso me lo vas a tener que descodificar.
- Has dicho que haga “lo que me dé la gana”.
- Culpable.
- Exacto. Si no te respondo esa será mi voluntad, y me convertiré en un desalmado al que poco le importan los sentimientos de nadie. Si te respondo algo que no es de tu agrado me habré aprovechado de la tesitura para desmerecerte, ¿y sabes lo que ocurrirá entonces?
- ¿Nada?
- ¡No! Que me convertiré en un desalmado al que poco le importan los sentimientos de nadie.
- Mira, creo que estás flipando un poco. No debería costarte tanto decir que no.
- Es que no es eso.
- ¿No me dices que no?
- ¡Ves! ¡Lo vuelves a llevar a tu terreno!
- ¿Qué?
- Pues que si no es no, es sí.
- Es lógico.
- ¡Pero es que no es sí!
- ¿Y qué diablos es?
- ¡Es nada! ¡No es nada! ¡No es sí! ¡No es no! ¡Es indecisión! Indecisión como antes de que dijeses ese “te quiero”.
- Mira, después de este baño de realidad creo que no te quiero.
- ¿Ah no?
- No, me he dejado llevar un poco por la situación.
- ¿Entonces no me quieres?
- No creo.
- Yo tampoco lo creo.

jueves, 6 de agosto de 2009

Una semana en el motor de un autobús

tabTenía intención de viajar hasta allí. Era algo a lo que llevaba mucho tiempo dándole vueltas, hasta que aquella calurosa mañana de agosto me decidí. Me dije a mí mismo que si no lo hacía pasaría el resto de mi vida preguntándome cómo habría sido.

tabEstaba en la estación. Justo unos días antes me había comprado un disco que hablaba también de viajes y autobuses y, por ironías de la vida, lo estaba escuchando cuando ví llegar mi vehículo. Me asusté. Aquello distaba mucho de ser el mejor autobús visto por mis ojos, ni tan siquiera rozaba la media del resto de los viejos cacharros motorizados que descansaban en aquellas dársenas. Aunque por entonces desconocía que varios contratiempos alargarían el viaje hasta una semana, sí que desde un primer momento tuve intención de que fuese largo. Si sumamos dicha idea a lo que en ese instante estaba viendo, tenemos como resultado una ligera sensación de incertidumbre con expectativas de ir a peor.

tabSegún mi billete, me correspondía el asiento 49. Dejé las maletas en el maletero y subí. Estaba bastante retrasado, vaya, en la última fila. Me agobié bastante al estar sentado justo en la esquina trasera, aunque intenté ser positivo.

- Estupendo, me ha tocado ventanilla.

tabEl autobús iba completamente lleno. A mi izquierda se sentó un tipo medio calvo de unos cuarenta y tantos años vestido al estilo heavy metal. Desde el primer momento en que lo ví, su mandíbula estuvo prieta y sus morros ligeramente sacados, expresión que no borraría de la cara hasta pasada la semana. Inevitablemente pensé que su rancio aspecto no encajaba para nada con el cuerpo que los años le habían dibujado, pero lo cierto es que, al igual que la expresión de la cara se mantuvo intacta, pasé la semana sin hacer ningún comentario referido a su aspecto. El tipo se sentó, colgó unos auriculares de sus oídos y comenzó a asentir con su cabeza al ritmo de la música – heavy, supuse.

tabPoco a poco un entorno viciado comenzó a rodear mi ansiado y esperado viaje, aunque todo empeoró cuando aquel ruinoso vehículo se puso en marcha. El motor, que para colmo estaba situado a escasos centímetros de mis pies, emitía un ruido extraño y desagradable en comparación con la idea que yo tengo sobre el ruido que hacen los motores. Era mucho más parecido a una trituración de vacas que a una combustión de gasóleo. Pocos minutos hicieron falta para que aquel demoníaco ruído se introdujese en mis oídos y bombardease lo que me quedaba de cerebro. Para colmo, la temperatura se elevó rápidamente y claro, el troncomóvil carecía de cualquier tipo de sistema de refrigerio. En aquel mismo instante deseé algo frío, algo gélido. Una vez más la vida se tomó muy a pecho mi ruego, pues a partir del segundo día el paisaje se tiñó de blanco, y no paré de helarme en cada parada que hizo el autobús. Era como si la Antártida y el desierto de Utah estuvieran separados únicamente por una puerta churretosa.

tabProbablemente, aquella fue la semana de mi vida en la que menos me he movido, fue casi como estar en cuarentena por un virus capaz de destruir la Tierra. Desde entonces tengo un pitido en los oídos que escucho sólo cuando estoy en silencio, y que sabiamente me recuerda el porqué nunca más he vuelto a pisar un autobús.

lunes, 27 de julio de 2009

Dormir en casa

Eran algo más de las once de la noche. Había sido un día duro de verano y estaba esperando el autobús que me llevaría a casa. De pronto, he sentido algo frente a mí. He girado la cabeza. Bastaba una impresión instantánea para darme cuenta que allí mismo un hombre de unos cuarenta años acababa de caerse al suelo. El tipo vestía una camiseta roja de tirantes plagada de lamparones y unos pantalones ocre de corte pirata. Ni que decir tiene que todo lo demás en su cuerpo estaba tan desaliñado como aquella miserable camiseta. Además, portaba consigo una bolsa de supermercado en la que transportaba sólo dios sabe qué.

Su caída no ha emitido más sonido que el de sus huesos chocando contra la acera de piedra. Ha pasado unos segundos de espaldas a los baldosines, como si tuviese intención de no moverse de allí en toda la noche. Sin embargo, su objetivo era levantarse. Y lo ha intentado en reiteradas ocasiones. Al no lograrlo, se ha dado la vuelta y se ha colocado bocabajo. Cuando su mirada ha estado a escasos milímetros del suelo, sus brazos han intentado elevar el cuerpo dolorido. Sus piernas se han alzado, pero su tronco permanecía doblado sobre la cintura. Su cuerpo formaba ahora un anguloso arco. Un último esfuerzo ha bastado para lograr incorporarse del todo.

Una vez en pie, ha intentado andar. Primero ha lanzado una pierna frente a sí. Pero su cuerpo, de débil equilibrio, le ha hecho retroceder al punto de partida. En el segundo intento ha logrado avanzar, pero un nuevo tambaleo le ha hecho perder la recta dirección. Al tercer intento ha conseguido acercarse al que desde el primer momento fue su verdadero destino: un banco a apenas tres metros del lugar donde había tenido lugar la caída inicial.

Ha alcanzado el banco, ha dejado la bolsa bajo el mismo y se ha estirado. Parecía dormido, y probablemente permanezca así hasta que el calor del sol de la mañana haga insoportable dormir a la intemperie.

Después, ha llegado el autobús y he regresado a casa.

jueves, 16 de julio de 2009

Abstente superhéroe

Luis la vio entrar, como al resto. En ningún momento se fijó en ella, su presencia no desencadenó el más mínimo indicio de interés. Los segundos se convertían en minutos, nada parecía alterar el flujo natural del río de la vida. Cuando hubo pasado un buen rato, Luis sintió una mirada sobre él. Atendiendo a una pulsión interior la miró. Ella lo estaba mirando, mas lo último que pretendía era que él se percatase. Procuró entonces fingir que su mirada formaba parte de un barrido circular rutinario. Él, que tonto no es, no se lo creyó. Llegado el momento ella se marchó con ojos tristes. En un último instante él no pudo reprimirse y, justo antes de que la puerta lanzase un ruido seco, observó el vuelo de su falda atravesar el marco de la puerta.

Al día siguiente, Luis llegó más temprano que de costumbre. Anduvo de arriba a abajo, como el que espera con impaciencia el correo de la mañana. Ella no acudió.

Pasaron días, se convirtieron en semanas, pero ella no hizo acto de presencia. Un nuevo código de preferencias se dibujaba en torno a aquel último recuerdo, aquella lágrima a medio caer, aquel hueco en ella que nadie parecía ser capaz de llenar.

Cierto día, ella volvió. Traía los ojos tristes. Luis no aguantó más y se enamoró ni más ni menos que de sus problemas. El instinto intrínseco de su ser había despertado un impulso incontrolable hacia chicas como ella, chicas frágiles de fácil herida. Lo único que le importó fue que ella recobrase la sonrisa; poco pensó entonces en lo que haría después.

¿No os lo he dicho aún? Luis era muy atractivo, ella no tanto. Ella se enamoró del héroe, y el héroe simplemente se sintió con el trabajo realizado.

Después, ella puso de nuevo esos ojos tristes.

domingo, 12 de julio de 2009

La mujer calva y el hombre alfeñique

La mujer calva tiene sesenta y dos años. Su cabeza luce despejada a excepción de unos cuantos mechones de pelo que, delicadamente, ella misma une con una goma varios centímetros por encima de su cogote. Ha definido con gran precisión una rutina basada en viajes de baja alcurnia. Normalmente camina cabizbaja, levantando la mirada únicamente para asegurarse del número del autobús o del color de los semáforos. Por lo demás, su atención se centra en que su pie izquierdo adelante al derecho para un segundo después intercambiar los papeles. Uno, dos, tres... los encadena como si de los eslabones de una esclava se tratase; a estas alturas se siente incapaz de sobrevivir sin este pequeño ritual. En el fin del camino la preocupación se mantiene. Coge la bolsa con delicadeza y la levanta con la dignidad del que sabe que nada en su vida ha sido repudiable. Y vuelta a empezar. Cuatro, cinco, seis...

Por su parte, aquel anciano menudo de cuerpo y complexión, se siente incapaz de salir a la calle. En las tardes de lluvia descorre las cortinas y mira a la gente pasar por el cristal de su ventana. Las figuras de los viandantes, obviamente, se tornan borrosas en estas ocasiones, pero precisamente es en este mundo de seres amorfos donde más cómodo se siente. Cuando llega el buen tiempo pasa largas temporadas en la sombra de su cuarto sin más luz que la que artificialmente crea el flexo de la mesilla. Aprovecha este tiempo para leer y así imaginarse libre de la forma que ha decidido esconder. Él es el hombre alfeñique.

Dos relatos de una misma historia. Dos relatos que convergen en un punto donde la sindéresis hace grande al ser humano, ciego de prejuicios y presto al fin para ser feliz.

miércoles, 1 de julio de 2009

150


¿Dónde estabas hace 150 horas? ¿Y dentro de 150? ¿Dónde estarás? ¿Y si te diesen 150 formas de hacer las cosas? ¿150 oportunidades de acierto o yerro? ¿Podrías ser 150 veces más feliz? ¿150 veces más desgraciado? ¿Conocerás a 150 personas? ¿Perderás otras 150?

Hoy me han regalado 150, y por ello estaré eternamente agradecido.

jueves, 18 de junio de 2009

Lo que no esperaba

Carlos la miró y comenzó a dar rienda suelta a la parte más profunda y peligrosa de su ser interior.

Estaba completamente desorientado. Buscaba algo dentro de sí, bien lo sabía. La buscaba de tal forma que no se resistiese a los planes que su mente trazaba para los dos. Los dos sentían lo mismo, y él lo sabía. Ella trataba de hacerle entender que la ambigüedad no era el camino apropiado, pero él se dejó llevar. Ella apostaba por la seguridad de los valores racionales. Él por la atracción frívola.

- Acertaré - retumbaba en su subconsciente.

Cada noche se preocupaba de alimentar su creencia, no conseguía obviarlo.

- ¿Conseguiré saber más de ti? - repetía una y otra vez.

El juego no estaba ausente de peligro. Suponía un rompecabezas con varios años de antigüedad y una sola solución. La solución que sólo ella poseía, que Carlos buscaba y que aún sabiendo lo absurdo de su misión no se redimía a aceptar en forma de derrota.

- ¿Qué más da? - dijo él.

Carlos era el objeto de deseo, un material de sexo digno de ser dañado, dispuesto a ello de principio a fin. Huía de esa convicción, pero la sentía cerca, y era suficiente para mantener la espera. El misterio corrompía sus entrañas, pero a la vez, le hacía sentir vivo.

- No lo conseguiré - se repetía una y otra vez - nunca sabré más de ti.

Se había convertido en súbdito de aquel pensamiento. Era la tentación más grande de su vida. Innegablemente el mayor deseo. El dibujo le mantenía vivo, y su represión le recomía las entrañas. La anhelaba como el preso la libertad, su libertad.

- Vas muy mal - medrando en él un síntoma autocompasivo.

Todo se quedó en intento, en una mediocre forma atacar las entrañas de una joven tremendamente inaccesible. Ella sentía el ataque, pero no se inmutó. Sus valores estaban plenamente arraigados, como una esfinge que lleva siglos siendo piedra de desierto. Carlos era una fuerte droga, mas fuerte era el miedo a probarlo. Se veía reflejado en ella, como el que mira al espejo. Veía la pasión, la catastrófica pasión, la pasión más visceral jamás sufrida y llevada al término de la perdición. La anheló incluso desde la parte racional de su ser.

Carlos terminó por concluir que de nada servían días como ese. Cúmulos de pulsiones sin sentido, sin racionalidad alguna, que te atraen a lo que más tarde deseas separarte. No dejaba de ser un misterio, ¿no crees? El tema recurrente de siempre. Buscar crear la pieza perfecta en un puzzle al que no se tiene acceso. ¿Y si Carlos iba con alguien más? ¿Qué pensaría ella? No lo sabría. Llegados a este punto la perfección era el menor de los alicientes.

De pronto, a Carlos se le ocurrió un plan.

- ¿Nos ignoramos? Te miraré, y pensaré en los dos como una fuerza única, pero lo ocultaré. Lo ocultaré por ti, porque no te mereces este fin. No te lo mereces, y te ignoro por eso, por una atracción digna del más poderoso de los vacíos.

Carlos cerró los ojos, y no pudo evitar pasar dos o tres horas pensando en ello, como un mal dolor que por mucho que pase el tiempo vuelve a aparecer, por insistencia, como las cosas agradables, como los mayores lujos de la vida.

Carlos era fuerte, pero no lo suficiente.