martes, 25 de marzo de 2008

Sobrevive en el recuerdo



Cómo se descojonaba el tío. No recuerdo cuando fue la última vez que lo ví, pero hace ya bastante, puede que alguna noche en la verbena. Si, creo que tocó la batería con la orquesta... El caso es que lo único que recuerdo de él son unas ojeras de tres pares de cojones y una risa aparatosa.

Recuerdo una noche, con una borrachera guarachera en fase avanzada. Apenas se mantenía en pie. Con el alcohol que había ingerido debería tener el bazo como una granada de mano apunto de estallar. Sus ojos estaban vueltos, y muchos dudábamos que fuese a salir de esta. Se cayó sobre la acera: Su cuerpo no podía más. De pronto y sin que ninguno lo esperásemos, comenzó a reir a moco tendido. No nos apetecía para nada, pero poco importó, nos estaba contagiando con su risa. No conocíamos motivo, pero nosotros reíamos. Fue entonces cuando nos lo dijo: "¿Te vas a lamentar de algo?".

Al ser humano le es difícil asimilarlo, eso nos decía siempre, y él, a diferencia de nosotros, supo estar a la altura de sus palabras. Aunque no haya motivos, o no apetezca, desde aquel momento impuso en nuestras vidas un motivo más para reir.

miércoles, 20 de febrero de 2008

Finas capas, casi intangibles


No soy perfecto. No es algo que acabe de descubrir. Tampoco es algo que me haya supuesto un problema nunca, hasta ahora. Ahora me siento imperfecto, y me jode serlo, me jode tremendamente. Y vuelvo a repetir, no por mí, reconocerlo jamás fue un problema. Pero ahora es distinto, porque siento que mis errores destrozan el cristal que me envuelve. Ahora sufro el reflejo de cada error, cada sonido sin mesura, cada idea que brota de mi mente y desgasta la aureola cristalina; nada puede compensar el hecho de que cada vez sea más frágil, que pueda desmejorarla e impedir que brille cuando le apetezca. Efecto de la gravedad, los cristales rotos caen sobre mí, y siento cómo cortan mi piel. Su proximidad me hacen tan suyo que sin él pierdo la razón de ser.

No se qué puedo hacer para remediarlo, solo aguantar, y esperar no seguir partiendo el cristal; jamás me lo perdonaría.

(05:03)

Hay días que sientes que has hecho todo lo que se puede hacer en un día, y que aún así te sobran los minutos. No es aburrimiento de lo que hablo, es algo que va más allá. Hablo de haberse topado con los fléxibles límites que cada uno se establece, abiertos en su mayor apertura. Siento mimetismo a cada paso que doy, como si mi trabajo fuese ser guía de mi propia vida, y estuviese condenado a explicar de qué trata una y otra vez.

No es cabreo lo que siento, pero tampoco me siento bien, y no encuentro motivos para no estarlo. Puede que la capa que separe el estar bien del estar mal sea tan fina y esté tan difusa que sea imprevisible traspasarla. Quizá, simplemente, este día haya durado demasiado. Es probable que sea algo fisiológico, un trastorno natural de la condición humana, que te enfrenta en solitario a momentos que el resto no llega siquiera a plantearse. No es soledad, pero tampoco es compañía.

Quizá debiera dormir.

Supongo que no era necesario haber llegado hasta aquí, que no hay que dar pie al agotamiento de las ideas, sea cual sea la proyección que quiera dárseles. Espero que esta prórroga no sea tenida en cuenta: A fin de cuentas, nunca debió ser jugada.

lunes, 11 de febrero de 2008

El peligro llevaba su nombre


En ningún momentó llegó a tocarlo. Los labios de Melinda articulaban palabras, y él las escuchaba recostado en su sillón. El aire se tornaba turbio, por momentos la estancia se saturaba con el humo de su cigarro. Todo acrecentaba su desesperación, y él no hacía otra cosa que esperar inmóvil, sin que en ningún momento se pudiera predecir si finalmente terminaría tomando parte en aquella discursión. Melinda no podía creer la pasividad con que estaba reaccionando, cuando a ella prácticamente no le llegaba el aire a los labios: Se hallaba relatando la noticia de mayor volumen catastrófico que su vida era capaz de sostener y la única reacción que provocaba a cambio eran muescas sobre humo.

Melinda no pudo más. Con su mano derecha materializó un sonoro puñetazo sobre la mesa a la vez que derribaba un pilar de papel con su izquierda: "¡Es que no escuchas cuando te hablo!". Se creó un silencio solo consentido por la acelerada respiración de Melinda. Duró varios segundos, aunque si las sensaciones tuviesen mesura temporal, aquello fue una década.

Pudiendo comprenderse como un preludio, el silencio fue roto por una nueva espiración de humo de tabaco. El sillón comenzó lentamente a chirriar a causa del giro, hecho por el cuál Melinda observaría por primera vez sus ojos aquella tarde. Posiblemente eso fuera lo que buscaba, pero posiblemente, y esto es solo un suponer, Melinda no estaba preparada para oir lo que había venido a escuchar. Pero ya no cabía marcha atrás.

Y así, como si del fluir de un arrollo se tratase, su voz se transformó en sonido: "No Melinda, no, la única que no escucha bien aquí eres tú. Has oído hablar de mí ahí fuera. Se que has oído hablar de mí, de eso no me cabe la menor duda. ¿Acaso crees que hablarían así de mí si me hubiese perturbado tu cadena de palabras Melinda? ¿De verdad pretendes hacerme creer por un solo instante que fumarme este jodido cigarro era menos importante que alimentar tu tranquilidad inútil, regalándote una estampa de asombro que enmarcar y colgar en tu album de recuerdos de momentos impactantes Melinda? ¿Osas entrar por esa puerta para decirme lo que tengo o no tengo que hacer, Melinda...?".

Propinó una nueva calada a su cigarro y añadió: "¿Sabes lo que yo creo, Melinda? Creo que estás muy equivocada. Si, eso es lo que yo creo. Creo que te equivocaste al entrar por esa puerta. ¿Sabes por qué Melinda? ¿Sabes por qué creo que te equivocaste? Porque esa puerta tiene un objetivo muy concreto, y tú no formas parte de él. ¿Te gustaría saber qué carajo hace esa puerta ahí? ¿Si? Yo te voy a explicar qué es lo que hace esa puerta ahí. Hice colocar esa puerta para que la gente que sabe lo que hay en estas cuatro paredes pueda entrar, y hacer uso de ello. No creo que sepas lo que hay en estas cuatro paredes. Melinda, no me malinterpretes, lo último que me gustaría sería que te tomes a mal todo esto. Es muy probable que por tu cabeza pasen ahora cosas del tipo 'es un idiota íntegral' o 'con qué derecho se cree a hablarme así'. Vuelves a equivocarte Melinda. Aunque no lo creas soy benévolo con la ignoracia, ella reside en todos y cada uno de nosotros. Sin embargo manifestarla si que es nuestra elección. Tú has sido ignorante, y te has manifestado como tal. Así que ahora escucha bien, porque te ofrezco solo dos opciones, ¿está claro?: Cállate, y déjame hacer mi trabajo, o lárgate por donde has venido...

¿...mejor ahora, Melinda?
"

domingo, 10 de febrero de 2008

Cheque al portador


Hacía tiempo. No se cuanto, pero mucho tiempo. El fatalismo es el único método que me siento capaz de usar, pero no creo que sea justo asirse a él. No se cuan jodido puedo creerme en este preciso instante, impotente al no saber sobreponerme una y otra vez a las mismas dificulades, pero qué cojones, ¿dificultades fueron problemas? ¿Quién lo hizo ser así? ¿Cuándo? Y es que no resulta complicado creerte hasta los cojones llegado el momento, puede que sea una sensación tan humana como la irritación madrugonera, pero de ahí a sacar valor para quejarse de ello... Me gusta señalar interiormente con el dedo a los hipócritas. No me gustaría que la próxima vez ese dedo enfocase un espejo.

No siempre hay motivos para actuar en positivo, pero no me creo en ese grupo. Es más, me creo alejado. Y si la noche te deprime, la alineación de los planetas no es de tu gusto o tu vecino te despierta a las nueve de la mañana a ritmo de Black&Decker cágate en la puta, destroza tus nudillos contra el gotelé, rezuma tu sub-woofer contra la quijotera del viejo de abajo en un claro ejercicio de mala hostia, o lo que putamente te de la gana, pero ten en cuenta algo: Tú no eres la víctima.

El cheque de la cabronía gasta tu huella, y lo sabes. Úsalo.

miércoles, 23 de enero de 2008

Silencio, se rueda


El silencio es puto oro, joder”.

Sonaba mejor en inglés, con acento moderniqui norteamericano.

No se cómo lo haces. Abro la puerta y apareces, y no dices nada, me miras como esperando una reacción por mi parte, puede parecer que te asusta verme. Y yo te miro, y se me cae la baba maldita sea. Y se crea ese silencio, en el que tú sientes incertidumbre y yo sufro alucinaciones. Es cierto que ese silencio es oro, o algo más caro, algo quizá en una escala que no sabe ni de ceros ni de nueves.

¿Cómo se crea un silencio? Pensadlo, un silencio no es otra cosa que un puente entre dos momentos. Ejercicio práctico. Yo tirado en el sofá, con los ojos cerrados, actualizando las partes de esta cinta creada a partir de cada una de las veces que me miraste directamente a los ojos. Posteriormente uno un nuevo fotograma a ese cine de miradas: tu silencio es el hilo musical que sonará la próxima vez que mis ojos vuelvan a tornarse.

¿Sabes qué? No estoy dispuesto a desalojar. Porque me parece increíble, y se me cae la baba, y porque si existe un cupo no va a quedar espacio para nada.

No te has casado, aquí te espero. Eres bonita.

domingo, 13 de enero de 2008

Frustradas Autenticidades


¿Cómo es posible reflejarse sobre un espejo partido en mil pedazos? ¿Qué es mejor? ¿Mirar uno entero repitiendo una y otra vez la misma imagen o la emoción de unir cada una de las partes? ¿Alojé mis metas en una parcela de irrealidad idílica? Porque, ¿qué son nuestras metas sino idealizaciones, prejuicios cuidadosamente tallados por nuestras propias frustraciones?

¿A quién le gustó el dinamismo? ¿quién pudo vivir de ello? ¿cuánto tiempo puedes pasar en el ojo del huracán antes de ser vencido y salir disparado? ¿acaso con ese aguante se nace, no se hace?

No lo creo muchacho.

Ya no importa que mire la gente, quizá seamos mucho más auténticos que esos que idealizamos. Quizá alguien deba aprender una lección de nosotros. Porque nosotros nos miramos a los ojos y vemos cosas que os gustaría poder llegar a imaginar. Porque no es cuestión de estar hoy, o de haber estado ayer, es cuestión de estar, punto, y os puedo asegurar eso nos queda en aprehensión. Porque nosotros jamás apareceremos en vuestros anuncios de la tele, no somos imagen, no nos hace falta. Tampoco nos verás en la noche, no a menos nos crucemos la mirada, y no aseguro que, por nuestra parte, tal mención vaya a tener lugar.

No se si me gustaría decir más, quizá esto sea todo y simplemente estemos poniéndolo a prueba. Quizá necesitemos más. ¿Quién sabe? ¿Alguien lo sabe? ¿Tú lo sabes?

martes, 18 de diciembre de 2007

Imágenes de momento, nada más


Como un renglón que se rompe antes de ser escrito, así proyecto mis dedos sobre la celulosa. Pasa otro día, y otro millar de palabras anochecerá sin rima pertinente. Apenas unas sombras, y el tintineo de cucharas a media mañana, procuran rellenan sin éxito el espacio que deja tu imagen. Porque no soy capaz, no de esa forma.

Quiero decir: La primera imagen de recreo en una mañana de tantas cuantas puedan ser vividas. Esa imagen que provoca la más bana absortitud, llevándote a perder tu mirada en el fondo de una taza de café, mientras subconscientemente tus dedos agitan una cuchara; deslizosen por el borde. El sonido de ese roce, la única música que acompaña a ese momento en el que, solo aparentemente, el mundo se sienta frente al felpudo de tu puerta, esperándote para despachar un día más.

Y es que tengo motivos para inmortalizar esa imagen, porque sin duda jamás un sábado, o cualquier otro día de la semana, pudo ser cuanto menos reconfortante. Porque no importa lo que diga el televisor, ni la primera plana del periódico. Porque en ese justo instante podrían volar cerdos ibéricos de colores y dejar su estela por mi ventana, que mi atención no se apartaría lo más mínimo de contemplar un simple desayuno.

Al igual que en la más cruenta batalla, esta muralla acabará callendo, porque no hay asedio más mortal que el es capaz de propiciar un cabeza-trompo con papel y estilográfica.

sábado, 8 de diciembre de 2007

Hijos de una historia; una cual otra cualesquier


El nuevo pantalón que sustituye al viejo. El recién comprado que releva al gastado. Las luces de neón que se llevan por delante al más sagrado de los olivos.

Así es amigos, El Olivo de BCM ya no está con nosotros. Y es que, ¿qué valor tiene en nuestras vidas las raíces de la historia? Somos rurales, esa es la sangre que corre por nuestras venas, ¿y nos atañe algo el entorno que nuestros tarugos antecesores nos regalaron con el mayor de los orgullos? Nada. Cero. Es el valor que depositamos sobre lo nuestro, sobre nuestras calles, sobre nuestras aceras, sobre nuestros locales y en definitiva, sobre nosotros mismos. La herencia genética de la que renegamos por esas fórmulas atrayentes y estimuladoras diseñadas por el mismísimo averno, una sociedad capitalizada por el caos y el desenfreno que avanza sin tapujos disparando a mansalva contra todos nuestros santos.

¡Vergüenza siento! Oh cruel destino, futuro errante, imparable rueda de Cronos que gira sin manera humana de escapar. La vida, que te golpea con su maza.

Descubrámonos por un momento y démosle un último adiós, porque nosotros lo hemos traicionado como viles bellacos sin corazón, con esta apariencia tosca y pétrea que, maldita sea, ¡odiaré por el resto de mis días!

(minuto de silencio)

viernes, 30 de noviembre de 2007

El peso del sonido


El primer rayo de la mañana siento chocar contra mis labios, como si de un beso se tratase. En este momento no quiero estar para nadie. Ni para él, ni para él, ni para él.

Un trozo de papel cuelga del tendero de la ropa húmeda. Una pinza de plástico verde para que tus letras no caigan al suelo y resbalen hasta el alcantarillado. Esas letras me pertenecen, mías son. Ni de él, de él, ni de él.

El ruido aún perdura, retumbando en mi cabeza como retumba un conejo escapado a la fuerza gravitazional. Aquella válvula sonaba sucia, y solo para mí. Nada de él, ni él, ni aquel.

El sueño adormeció tantas notas que siento vergüenza. ¡Cuál idiota! Me permito pisar el felpudo de casa, restregar mis suelas contra él, y alejarme. No creo que exista una posición más egoísta. Porque, ¿cuánto te queda por ofrecer? Más de lo que soy capaz de darte. Mucho más de lo que dedico a darte.

Pasó el tiempo, y el sonido me hizo tu esclavo. Solo un sonido me unía a ti, pero el sonido tomó materia, y tomo forma, y ahora no nos dejará marchar. Y ella a mi lado, libremente. No alcanzo a entenderlo.

¿Qué mesura puede tener todo esto? ¿Acaso soy yo algo más que un simple humano? Nada más y nada menos, de cabo a rabo, de principio a fin. Porque la necesidad superó la creación, y aunque deba, ni quiero ni puedo abandonarlo.

Y ya solo esperar, esperar. Esperar a qué vuelva la calma, a que el Hombre Milenario se siente en esta habitación, en el sofá del que ahora pende una triste manta solitaria. Y que cuando él vuelva, el tubo catódico explosione, y se lleve por delante los sistemas de válvulas. ¡Ah! Y que nos deje algo de color, que eso nunca queda de más.

¿Cuántos colores eres capaz de distinguir en 24 horas?

lunes, 19 de noviembre de 2007

Cero


Cuatro, tres dos, uno... es tu hora de moverte. La física del mundo entero funcionó como un engranaje perfecto, como piezas de un rompecabezas que encajan de forma irreprensible. Una progresión numérica acercándose peligrosamente a cero.

Y vuelta a empezar.

Creo que balbuceé una lista negra, creo que tu equipo ocupaba el primer lugar. Todavía recuerdo mi promesa de contarte el resto, pero creo que el resto está por fabricar. Me siento capaz de realizarlo, estoy bien armado y no veo un solo impedimento, porque cuando ríes, dios mío, cuando ríes las soluciones se dibujan solas.

Ahora se qué función desarrolla el periodo noctámbulo ilustrado acotado como sueño, porque ellos ya no importan, no son más que otro step más: Se para tenerlos al lado de quién se originaron.

Apaga las luces, dicen que la oscuridad potencia el resto de sentidos hasta llegar a la sobrehumanidad. Sentirlo de forma sobrehumana, ¿quien podría desear otra cosa? Aquí es donde todo acaba, cuando todo acaba una vez más. Es simple cuestión de tiempo, saber la forma de esperar. Yo elegí la mía.

Cuatro, tres, dos, uno... es tu hora de moverte.