domingo, 29 de julio de 2007

La ley del equilibrio natural en alta mar


- ¡Marinerucho! ¡Ate ese maldito cabo de una vez! ¡No quiero tener que volver a repetírselo!
- Um... si señor, ahora mismo.
- Marinero... ¡¡Marinero!!
- Um... si señor, ahora mismo.
- ¡¡Le ordeno que ate ese cabo inmediatamente!!
- Si...
- ¡¡Maldita sea!! ¿Quiere convertirse en desayuno de tiburones? ¡¡Vas a limpiar tantas letrinas y cubiertas que en tu casa van a comenzar a llamarte Don Limpio!! ¡¡Voy a usar tu culo para sacarle brillo a todas mis insignias!! ¡¡Tortuga!! ¡¡Mi abuelita del pueblo se podría confundir con una patinadora rusa si la comparamos contigo!! ¡¡Rata de alcantarilla!! ¡¡Voy a hacerte pasar los peores días de tu vida!! ¡¡Gritarás como una nena que te hagan lo que hasta ahora conocías por sufrir cuando descubras las sorpresitas que tengo preparadas para tí!! ¡¡Simio invertido!! ¡¡Cuando acabe contigo no vas a poder...
- ¡Plof! (u onomatopeya motivo del estampamiento del puño del marine "Timón" sobre la voluptuosa napia del Almirante Gutierrez)
- ¡Chof! (u onomatopeya motivo de la caída del cuerpo inconsciente del Almirante Gutierrez sobre la cubierta del Yanhee II).
- ¿Por dónde íbamos...? Ah si...
[...]

FIN

lunes, 16 de julio de 2007

¡Ah!


"Maestro, póngame un chupito de veneno de escorpión". Porque sí, cojones. Porque a veces apetece sentir el ácido líquido elemento destrozándote el gaznate. Y porque me da la puta gana, joder, que hay que explicarlo todo.

Mirad, voy a pillar un bazoka ultrasonórico para reventar los cristales de la ventana de mi habitación, y luego me asomaré por el hueco que quede, y observaré satisfecho el reflejo del Sol en los trocitos que queden sobre la acera. Posteriormente creo que emitiré un buen alarido, uno así grande, que aturda incluso. Otearé con cara de puma jambrino al que se quede mirando, porque seguro que alguno se queda mirando. Les diré: "¡Eh!". Seguidamente les preguntaré: "¿Tú qué coño miras?", pero será una pregunta retórica. Si alguien se atreve a responder tengo a mano algunos libros. Les arrojaré uno de Richard Sennett, que ya me lo he leído. Intentaré hacer impacto con el lomo del encuadernamiento, para aumentar las consecuencias agresivas, y las secuelas también.

¿Y al próximo que me toque el talento? A ese lo meto en un cobete, ¡en un cobete hacia el firmamento! A tostarse al Sol, que si en Córdoba hace calor traspasando la troposfera no quiero ni pensarlo.

¡Más tonadas! ¡Más! ¡Tonadilleras! Carajo...

lunes, 9 de julio de 2007

Gracias Lana


TWIN OAKS, es el grabado que Lana Turner porta sobre el hombro derecho de su uniforme, muy comprensible por otra parte al tratarse del nombre que Cora eligió para su Lunch Breakfast Dinner de Los Ángeles en 1946. Añadiré de paso lo tan equilibrada-idiotamente afortunado que me parece Frank Cambell, el cual tuvo a la mujer que mejor ha empuñado un arma, y la perdió de una forma tan fatal… y tan vil… y tan estúpida. ¡Frank, estúpido!

Son casi las cinco de la mañana, no paro de toser y la Excel reposa sobre el sillón, disfrutando de sus últimos momentos de solterío justo un día antes de que se rompa el paréntesis de su proyecto central. Está contenta, pero a la vez homenajea en esta noche todos esos momentos de unidad y ausentismo personal. Está nerviosa, como la noche antes de hacer un viaje sin billete de vuelta. Está algo cansada, pues es tarde y la noche, a pesar del calor, es agradable.

Y yo, tercer vértice de este triángulo. Yo, entre el regocijo del pasado y el ansia de tiempos venideros. No soy más que otro tipo con algo de sueño entrado en altas horas de la madrugada, que tomará un vaso de agua y dormirá tranquilo, en paz con el mundo que le rodea. Gracias Lana, gracias nena.

domingo, 10 de junio de 2007

Problemas diarios independientes de la mañana


Desde hace algunos días vengo arrastrando un problema que a día de hoy no se muy bien cómo voy a solucionar: Se me ha metido una modelo en casa y no sé cómo echarla.

Todo empezó el jueves de la semana pasada. Venía de comprar unos cuantos productos alimenticios del supermercado que hacían tremenda falta, y cuando estaba dejando las bolsas en la cocina escuché un ruido en el salón. Pensé que sería mi compañero. Entré al salón y pillé in fraganti a una extraña merodeando el piso. No crean que me faltó mucho para sufrir una embolia. Agarré un periódico viejo enrollado de esos que cubren las mesas de mi piso (un arma mortífera si es usada con precisión) y comencé a gritarle en tono amenazante. No se, mi primera reconstrucción de los hechos fue que había entrado por la ventana y tenía intención de sustraernos nuestros objetos de valor. Claro que ahora que lo pienso también me podría haber dado por pensar que era una amiga de Jorge, la escena hubiera sido mucho menos violenta (aunque me alegro de que no fuese una amiga de Jorge, qué imagen se hubiera llevado de mí). Se quedó todo en silencio por un momento y, entre tanta tensión, la muchacha se asustó (normal). Nos miramos unos segundos, se tapó la cara con la palma de las manos y finalmente, rompió a llorar. Al principio no sabía muy bien cómo reaccionar. Cuando me cercioré de que lo de llorar a moco tendido iba en serio ya me acerqué a la chica, la abracé e intenté consolarla: “Venga… muchacha, no llores, no pasa nada. ¿Ves que bien?”.

No habla mucho, la verdad. Los primeros días se los pasó sentada en el sillón, viendo la tele. Llegaba yo de estudiar y me la veía ahí con su cucharilla, su tarrina de helado y su mando mirando la caja, como si el mundo no fuese con ella. Le preguntaba que cómo le había ido el día y ella me respondía encogiendo los hombros, sin apartar la vista del televisor. Y es que ese sillón era su vida, desde ahí veía su (mi) tele, se comía su tarrina de helado, se leía sus revistas, se echaba sus siestas, se tumbaba a pensar en sus cosas, dormía por las noches… Al tercer día empezó a darme lástima. A media noche me levanté de la cama y me acerqué al sofá. La desperté con la suavidad que me caracteriza y le propuse dormir en mi cama, añadiendo que a mí no me importaba dormitar en el sofá (es que ese sofá está bien para una siesta, pero tres días durmiendo ahí deben dejarte la espalda para agujerear pelotas de golf). La muchacha hizo un gesto que traduje como: “Bueeeno…”, perdiendo así mi hegemonía sobre la habitación nº02. Ahora el que tiene la espalda abollada soy yo. Se me ha cogido un dolor al lumbago que es cosa fina. También he perdido movilidad en el cuello. Y lo peor no es ya el dolor físico, si no tener que aguantar los cachondeos de mis colegas: “¡Ito! ¡Mira aquí! ¡El sujetador de Pilar Rubio! ¡No, no! ¡Mejor mira aquí que es más guay!”. Y yo: “¡Id con vuestra puta madre anda!”. Los dolores se aguantan, pero lo otro me supera. Idea: ¡¡Tengo que echarla como sea!!

Durante este tiempo la he ido psicoanalizando. He llegado a la conclusión de que su situación personal ejerció sobre ella una fuerte dosis de presión, demasiada, y no aguantó. Supongo que la vida de una modelo debe llegar a poner muy a prueba el aguante psicológico de las personas: Estar todo el tiempo pendiente de la imagen, tener que ser un icono perfecto y pasarte el día controlando al milímetro lo que haces para no salirte de lo políticamente correcto; pesado lastre para cualquiera. El glamour, las fiestas, las proposiciones indebidas, y en definitiva, estar envuelta en un mundo de una superficialidad tal debe hacer replantearte si hoy día todo se limita al envoltorio. Veo normal que la chica explotase y se batiese en retirada. Y a mí que me parece genial, pero carajo, que yo así no puedo vivir.

A partir del tercer día, (y de que empezase a dormir en mi cama) como que se fue animando, se la ve más activa. Ya llegaba yo a casa y la veía con el delantal, la cofia de asistente y el plumero quitándole el polvo a los muebles y los marcos de las fotos. Ha cambiado las toallas y ha puesto unas limpias. Algunos días cuando llegamos de estudiar nos tiene preparada la comida. Ayer nos cocinó unos filetes de lenguado que convierten la cocina de Ferrán Adriá en comida basura. Comimos tanto y tan bien que tuve que echarme la siesta boca abajo para no poner en peligro por aplastamiento algunos órganos vitales. Y es que luego también tiene buena mano para el arte del caricato: Me ha hecho un retrato bastante gracioso de yo sosteniendo un elefante mientras ella pasa la aspiradora. Joder, que yo creo que estoy encariñándome un poco con ella y todo. No si verás tú como al final me va a dar pena cuando marche.

¿A que no va a estar tan mal que se te meta una modelo en casa?

viernes, 25 de mayo de 2007

Canción protesta


Hay días que es mejor no separarse de la sábana. Muy recurrente la afirmación. A esto he de añadir: Si lo haces es imprescindible gastar aguda precisión.

Maldita sea, la historia que traigo para contar no es nada agradable, sobre todo para mí, personaje principal y principal colaterado por los daños del entuerto. Todo ha dado comienzo esta mañana, sobre las 10:00 AM, entre el insoportable ruido del despertador y el sueño aturdidor propiciado por un sopor bibliotecario. Hoy debía ser un día importante, el último día de una semana que desde el martes profetizaba ser un puente psico-espiritual hacia el éxito en la peor época del año para un estudiante. El plan constaba de dos partes: En primer lugar había de acudir a la secretaría de la facultad a recoger una factura de pago (posteriormente me informaría de hasta dónde ascendería exactamente la cifra de la discordia); a continuación debía acudir al aula 512 a realizar el último de los denominados "parciales de Mayo", que son como las "cruces" del mismo mes pero sin flores ni chicas en minifalda, y en lugar de beber cubalibres uno se dedica a rellenar folios con un boli BIC, azul preferiblemente. Creí haber sido precavido el día anterior, dándome una hora de margen entre plan y plan, con lo cual decidí apurar un poco más mi tiempo y darle alas al descanso. A las 11:07 AM el *moi de la historia surcaba ya el suburbano. Poco a poco se iba acercando a su destino, ingenuo él, su destino estaba ya escrito. A las 11:27 el *moi se situó frente al digital y asentó su cabeza para darse cuenta de la catástrofe: La principal cita del día había dado comienzo hacía ya 27 minutos. La catástrofe era ya cognoscible para y conocida por un individuo perdido a veinte metros de la superficie terrestre. Aún así no perdió la fe, y siguió recorriendo el camino mientras su rostro se tornaba en un conglomerado de adjetivos malsonantes y sus labios proferían maldiciones a mil y un demonios (que si me están leyendo, espero no se lo tomen como algo personal). Atravesó el edificio a una velocidad muy cercana a la de la luz a la vista de pintores y libreros. Ascendió hasta la 512 (que como su propio nombre indica no está al lado de la entrada) y entró al aula. Una breve explicación a lo que prosiguió una desesperanza por parte de la gobernanta del lugar me hizo situarme en la primera fila casi sin aliento. Cuando aquel A4 se posó sobre mí el cual contenía las cuestiones propuestas, entendí que mi labor allí había concluido, no quedaba tiempo suficiente como para superar la prueba, aunque todavía podía completar al menos la primera parte del plan.

Y así fue como me levanté creyendo que iba a ser el mejor día de la última semana y salí de la facultad sin examen y con una factura de 659,90 de los nuevos €uros. La verdad es que al salir a la calle sentía que no podía dejarlo estar así, y me percaté al instante de que la Cuenta Corriente sería la primera en sufrir los efectos desvastadotes de aquella mañana del copón. También entendí que el único lugar en el que no me sentiría como un muñeco de trapo con la panza aprisionada por la pistola láser del Phulminator AD-3 en el fondo del baúl de los juguetes sería rodeado de cederrones piromusicales. Así lo pensé y así llegué a la Fnac de Callao. Sabía muy bien qué disco iba a comprar. Lo sabía de sobrada manera. Ascendí a la segunda planta y acudí directamente a la letra adecuada. Allí había unos cuantos ejemplares de lo que esperaba fuera la confirmación de la apuesta por mi caballo ganador. De momento solo compraría uno. Bajé, aboné y abandoné.

En la calle de nuevo, y de nuevo camino del suburbano, esta vez con un pedazo de plástico transportado en una bolsa de polietileno (material totalmente reciclable ya que su destrucción por incineración no libera gases nocivos ni sustancias corrosivas). A la salida una amable señora me sostuvo la puerta. Subí los primeros escalones y me percaté de que, por enésima vez, estaba lloviendo (¿¡¿qué coño le pasa a esta ciudad?!?). Pensé por un instante en mi Andalucía natal, saqué el paraguas y me dispuse a humedecer los agujeros de las zapatillas, y por proyección los calcetines.

Cuando llegué a casa no había nadie. Dejé todo lo que llevaba en las manos en la habitación 02. Me acerqué a la cocina para prepararme algo de comer. A causa del momento me reservé mis mejores recetas y opté por la primera cosa que pillé del espacioso (más como antónimo de relleno que como sinónimo de amplio) frigorífico. De vuelta a la habitación 02 cerré la puerta y bajé la persiana. El CD estaba sobre la tabla del armario que acostumbro a usar a modo de mesa. Era como si una distancia insalvable nos separase. Eran las 3:30 PM de un viernes y ahí estaba yo, sentado frente al CD, mirándolo en silencio.

No me atreví a escucharlo. Cuando supe que no iba a reproducirlo me acerqué al portátil e hice sonar un antiguo disco propiedad intelectual de dos hermanas que acostumbro a poner cuando siento que algo me falta (en este caso un examen) y que hace ya más de un año desarrolló una labor de vital importancia y por la cual recibió un veto de varios meses. Volví entonces al lugar desde el que jamás debí haber despegado: las sábanas azules. Intenté perder la conciencia un rato, pero sabía que el objeto circular que reposaba a escasos centímetros de mí no iba a permitírmelo. El par de hermanas dejó de hacer música allá sobre las 4:23 PM. Me incorporé un momento, sabiendo que la escucha de la nueva adquisición era rotundamente inesquivable. Aun así todavía no era el momento. Volví a tumbarme y me dediqué a observar el trozo de tela que cuelga del techo de la habitación 02. Pasé así un rato, inmóvil. A las 5:01 PM volví en pie: había llegado el momento. Una tapa se destapó, algo se descolgó, un libro se abrió y al rato la habitación 02 se inundó con la melodía: Que empiece el viaje ya…

Desde aquí os hablo, con la melodía al cuello en la habitación 02, sin luz, con sonido. Sin examen.




* Galicismo consecuencia de que una vez tuve una novia francesa.

jueves, 17 de mayo de 2007

Un viaje a la Provence francesa


Unilateralmente... creyendo que se puede llegar lejos. Viajando por carreteras húmedas. Habito en una casa de madera. Observo un arbusto sobre el que poder arrojarse, lo miro desde un balcón. Escaleras, escalones, consecutivamente dañados, y el perfecto plano de un museo, doblado en una esquina. Mesas alineadas, zapatillas debajo, atadas al frío acero. No se sostiene ni por un instante, caen. El mármol, frío, grietas que se pierden contra la alacena. Atrapados por la nieve, amanecidos así, sol enclaustrado a nuestra merced. Pasamos al estadio, nos rodea el parquet, no sentimos nada, huimos mientras pudimos. Protege moi. La ventana permanece baja, al menor ruido la salto, y caigo a la arena, solo. Buf, me besó, se escondió, estaba a oscuras. Cuando lo descubrimos, cambió. Lunes con detective, con gafas, y medias hasta las rodillas. Estatua, mi homenaje, se lo dimos entre los tres, todo lo que quiso y más... no tuvimos piedad. Tumbados en la parte trasera de la maison, y tres o cuatro bicicletas tiradas por la hierba, y dos niños arrojando piedras a un perro que cruzaba la calzada. El camino era de arena, y por él nos deslizábamos, saltando los obstáculos. El pico, el más alto, y caímos. La cocina no tiene puertas, ¿y la despensa? El final, con el horizonte sonrojado, cada giro, un giro menos. Frenó en seco, y sentí el metal ácido del papel dividir piel, fue suficiente para crear... ¡NOIR!

domingo, 22 de abril de 2007

Viajar, en ambulancia


- Señora, coloque el gotero sobre la repisa, justo al lado del algodón.

Me arrepiento de tantas cosas. Siento tanto no haber pasado más tiempo contigo, no haberme dado cuenta a tiempo de cuales eran mis preferencias. Tantos eventos vanos a los que acudí, tantos momentos importantes contigo que no llegué a tener.

Te sujeto la mano y miro tus párpados adormecidos. Tengo que ser fuerte, sabes lo que pienso acerca de los lloriqueos. Nunca lloraría por algo así, podría provocarlo en cualquier momento y lo que siento en este momento es mucho más real que eso. No tiembla mi pulso. No aparto mi mirada de ti.

- No tardaremos en llegar, siga manteniendo la calma señora, lo está haciendo muy bien.

Pasan por mi cabeza los recuerdos. Aquella tarde que pasamos en el parque, tendidos en el césped, viendo como caían sobre nosotros todas esas hojas. Una noche en la ópera. Una mañana en la cama.

Solo te pido que seas fuerte, que me brindes una segunda oportunidad. Prometo abandonar todo eso que sabemos me resta mucho tiempo y que, a decir verdad, no es importante para mí en absoluto. Prometo solo decirte la verdad. Prometo no contentarte con falsas ofrendas, se terminó hacer nada que no sienta realmente. Te prometo ser yo, siempre, las veinticuatro horas.

Una oportunidad, es lo que pido. Ni una falsa lágrima, ni un seis de enero con adornos.

- No se preocupe señora, está en las mejores manos. Se pondrá bien, no tenga duda.

martes, 10 de abril de 2007

Del celuloide al siglo del mono



¿Qué es un sentimiento? Quizá la cosa más inexplicable e irracional que el ser humano lleva consigo. Los sentimientos. No son una nube. No son madera de ébano. No son una bombilla halógena. No son un microorganismo. No están en ninguna parte. Guían nuestros actos. Son imprevisibles. Son caprichosos. Nunca sabes cuando van a aparecer o cuando desaparecerán. Se pueden provocar, pero no siempre funciona. ¿Por qué algo que a mí puede resultarme repulsivo, asqueroso, sin sentido e idiota para un prójimo puede resultar el argumento central de su vida? Todo el mundo sabe lo que es un sentimiento, mas poca gente se atreve a definirlos con precisión microscópica. A veces tememos alcanzar ciertos sentimientos, otras veces nos drogaríamos en el servicio de un after con tal de sentirlos. Te pueden hacer flipar en poco tiempo o aburrirte durante horas. Pueden hacerte llorar, reír, dormir; pueden hacerte salir a dar un paseo, comprar una bolsa de pipas grefusitas, encerrarte en tu habitación, saltar por todo el piso, patear la almohada un buen rato, fumarte una clase de Información y Comunicación Audiovisual... No puedes esquivarlos.

Y es que no puedes esquivarlos muchacho. ¿Por qué intentarlo tan si quiera? Resulta estúpido. Resulta frustrante. Tengo la teoría *autopersonal de que tus sentimientos te respetarán si tú los respetas a ellos. Digamos que estos entes etéreos tienen una incalculable necesidad de protagonismo. Si no se lo das te joden, al igual que el niño castigado que se enfada y no respira. Los sentimientos tienen la jodida manía de entrar en combustión cuando no le haces ni puto caso. No siempre apetece sacarlos, igual que la basura, pero como queman los jodios. A veces optamos por hacerles frente, se revelan y luego viene la autocompasión. Echarle la culpa a terceros de tu desatención a tus sentimientos es actuar de forma hipócrita, coger el camino más fácil y cobarde ¡No seas cobarde coño! Si están ahí será por algo, y si están por nada apañados vamos, pero qué remedio. Llorar de poco sirve si nadie te ve. Zamparte una tarrina entera de helado de vainilla servirá para que nadie te quiera ver. Se John Wayne en lugar de Peter Pan, que estás muy crecidito para tanta bobería. Avisado quedas baby.

No es que hoy haya amanecido sentimental, me hubiera abalanzado igual sobre los tipos de interés, pero cosas de esta vida, que cual lag unos días te pone aquí y otros más allá (recuerdos para el chico que hace un año cantaba lo de Mr. Robinson). Se podría decir más bien que estaba aquí intentando esquivar al sentimiento sueño, vamos, que me he puesto gallito un rato, pero ya empieza a quemar el cabrón. La pérdida de información, que provoca reiterativos ciclos de estrechez melódica y nos pasea una y otra vez por los mismos valles distorsionados.

¡¡Piensas que me entiendes y no sabes nada sobre mí!!

lunes, 19 de marzo de 2007

Lusie y Donna



La luz rojiza teñirá por completo el paisaje. La visión hacia el horizonte quedará borrosa a causa del calor y el asfalto. El pelo de ambas recorrerá las corrientes de viento. El aire contra su piel les hará levitar en tierra. Sobre el automóvil una vieja canción escapará poco a poco del tapizado del descapotable, cruces de miradas cómplices y dos labios darán vía libre a dos sonrisas capaces de derretir el minutero de tu reloj de bolsillo.

LUSIE: Pero el final es siempre el mismo. ¿Acaso tú crees que algo va a cambiar? Hay dos tipos de personas: Los que se preocupan de hacer las cosas bien y los que no pierden el tiempo pensando en las consecuencias y directamente las hacen. Tú y yo sabemos nuestro lugar. La vida no deja de ser otra cosa que un camino de rosas.
DONNA: Tienes razón, la vida es un camino de rosas: Nos pincharemos una y otra vez con sus espinas, aún así nos quedaremos gilipollas mirándola hasta que un día no podamos más, caeremos al suelo y reventaremos. Pero lo peor no es eso, lo peor es que tras esto la hija de puta se marcará con nuestros restos una fotosíntesis, como buena rosa cabrona.
LUSIE: Sabes que yo jamás perdería el tiempo mirando rosas, la vida pone a nuestra disposición un gran número de placeres. Los que disfrutan con las pequeñas cosas como el color de una flor o la forma de una nube en el cielo es que no tienen la suficiente pasta como para acceder a los placeres mayores.
DONNA: Puede que la pasta no nos dé placeres mayores, simplemente nos ciegue en una avaricia que los directores de los grandes almacenes han ido implantando en nosotras a través de anuncios en la tele o malditos folletos de publicidad en el buzón.
LUSIE: ¡Venga Donna! ¿Quieres hacerme creer ahora el royo ese de que el dinero no da la felicidad?
DONNA: No la da.
LUSIE: ¡Venga! No seas hipócrita, ¿ahora resulta que no te gusta el dinero?
DONNA: No me gusta el dinero.
LUSIE: ¿Ah si? ¿Y cómo cojones hubiéramos conseguido este coche sin dinero?
DONNA: Es prestado.
LUSIE: Si, ya lo sé, pero antes alguien tubo que gastarse la pasta y comprarlo. Si no hay pasta no hay coche, y si no hay coche no hay nada que prestar. Me parece una estupidez que digas que no quieres dinero.
DONNA: Yo no he dicho que no quiera dinero, quiero dinero, y cuanto más mejor. Lo que yo he dicho es que no me gusta.
LUSIE: ¿Y cuál es la diferencia?
DONNA: La diferencia es meramente apreciativa. Tú crees que el dinero es bueno y da la felicidad. Yo creo que es una mierda y que en ningún momento la da. Solo es un puto atajo que lleva a una sensación similar, no es felicidad, es parecido y tú lo confundes.
LUSIE: ¿Y eso es lo importante? Es decir, ¿qué más da lo que tú y yo pensemos? Da igual que piense que la droga es buena o mala, si me meto soy una drogadicta igual. Y si el dinero es mi droga prefiero disfrutar de esta sensación todo lo que pueda. Si tú no puedes me compadezco de ti nena.
DONNA: Tampoco he dicho que no disfrute cegada por la avaricia que los directores de los grandes almacenes nos han implantado a través de los anuncios de la tele.
LUSIE: Ves nena, si al final siempre estamos de acuerdo, no entiendo por qué discutimos tanto.
DONNA: Es divertido.
LUSIE: Lo es. Anda, ¿por qué no vas parando? Tengo un hambre de fenómenos.
DONNA: Buena idea, pararemos y compraremos algo con tu sucio dinero, jajaja.


..ESTACIÓN DE SERVICIO A 2.000 m.

..ESTACIÓN DE SERVICIO A 1.000 m.

..ESTACIÓN DE SERVICIO A 500 m.

..ESTACIÓN DE SERVICIO A 250 m.


Aparcaron en la explanada arenosa, justo en frente del cristal en el que unas serigrafías rubricaban la palabra CAFETERÍA.

DONNA: Baja, yo voy a llenar el depósito. Pídeme café cortado y tortitas.
LUSIE: ¿Sirope?
DONNA: Eso, tú ponte como una foca.

Lusie levantó un poco más de polvo hasta que alcanzó la puerta de la cafetería. Pasó y se acercó a la barra para pedir el desayuno. Al tercer bocado de la tostada con crema de cacahuete Donna hizo sonar la puerta. Siete segundos después y tras lanzar una mirada a su derecha conforme caminaba ocupó el lugar que le correspondía, junto a Lusie.

DONNA: Ey, son cómodos estos asientos eh.
LUSIE: Si, no me importaría dormir en ellos. Además, podrías levantarte y pedir el desayuno desde aquí. Sería como si te lo trajesen a la cama.
DONNA: Como se nota que nunca te han traído el desayuno a la cama. Esto sería mucho mejor. En la cama estás más pendiente de que el café no vaya a volcar e inundar tus sábanas que de disfrutar de la mermelada de las tostadas.
LUSIE: Si, la verdad es que hay cosas que debemos dejárselas a los directores de cine. Los desayunos en la cama son una de ellas. Otra sería lo de bajar de un tren en marcha, o la frase "siga a ese taxi".
DONNA: Yo una vez lo hice.
LUSIE: ¿Lo del taxi o lo del tren?
DONNA: Lo del taxi.
LUSIE: Bien, entonces a mí me toca lo del tren.
DONNA: ¿No decías que eso era mejor dejárselo a los directores de cine?
LUSIE: He cambiado de opinión. Soy muy envidiosa y tú has hecho muchas cosas de directores de cine. No voy a ser menos.
DONNA: Si te lanzas desde un tren en marcha no vas a ser menos, serás estúpida.
LUSIE: Tienes razón, la que hace las cosas de directores de cine eres tú. Deberías lanzarte desde un tren en marcha ¿sabes?
DONNA: Quizá lo haga.
LUSIE: Jajaja, oye, ¿qué tal si vamos acabando con esto de una vez?
DONNA: ¿Te refieres a "comprar" algo en la tienda antes de marcharnos?
LUSIE: Me has leído el pensamiento nena.

La luz rojiza tiñe por completo el paisaje. La visión hacia el horizonte queda borrosa a causa del calor y el asfalto. El pelo de ambas recorre las corrientes de viento. El aire contra su piel les hace levitar en tierra. Sobre el automóvil una vieja canción escapa poco a poco del tapizado del descapotable, cruces de miradas cómplices y dos labios dan vía libre a dos sonrisas capaces de derretir el minutero de tu reloj de bolsillo. Donna va al volante, Lusie mira a un lado de la carretera mientras el Sol intenta reflejarse un rato más en sus sunglases. En el asiento de atrás, un pintalabios mal cerrado, el revólver aún caliente y cinco mil en billetes de cincuenta, veinte, diez y cinco dentro del bolso de piel. Ni dos horas hacen falta para que la noche caiga sobre esta tierra árida, pero será demasiado tarde, para entonces ellas ya habrán conseguido su propósito de alojarse por siempre en lo más profundo de tu vida.



Con la colaboración especial de:
APU en el papel de Lusie
OLU en el papel de Donna

jueves, 1 de marzo de 2007

EDICIÓN ESPECIAL serieb: Tiempo para romper sueños, sueños para romper el tiempo


El siguiente texto forma parte de la publicación especial en papel de marzo ‘07 del fanzine Serieb:

Las ceras de color inundan la mesa del escritorio. La dorada luz de la farola entra por la ventana y se mezcla con la nocturnidad de mi cuarto de interruptor fuera de servicio. Ahí afuera la noche está pasando. Me sumo a la volatilidad de la melodía; el frigorífico está bien cerrado y yo pasaré un rato sobre la cama desintegrando unidades de tiempo…

…en aquel preciso instante en que un segmento lineal de escasos centímetros unió, por un momento real y para siempre en mi subconsciente, cuatro esferas cristalinas destinadas a ejercerse la atracción más poderosa que el universo ha sido capaz de inventar. Miles de preguntas que se chocan entre las ondas del sonido eléctrico. Un *sonórico silencio profetizado a romperse.

…en la ciudad, y nosotros dos corriendo por ella. Niños, farolas, vallas publicitarias y marquesinas pasando fugazmente a nuestro lado, y mientras yo dibujándote una sonrisa. Saltar un banco del parque, andar sobre el bordillo y frenarnos de pronto frente a un portal, y tus ojos mirando tímidamente mi camiseta antes de cerrarse para que el tiempo aturdido estimule tus sentidos.

…en nuestro escondite, nuestro palco desde donde se puede ver el cielo entero, y yo tumbado, y tú a mi lado, los dos, y la noche detenida delante de nosotros. Una estrella que se descuelga, una estrella que nos observaba en silencio y ha bajado para rozar tu mejilla. Y susurrarte al oído, labios húmedos, y tú mirando mis ojos.

…en la última vez que te vi, en un adiós frente a una puerta de madera y forja. Dos dedos que se tocan por última vez. Una ráfaga de viento que mueve tu pelo, y tú, ya sin mirarme, y una esquina interponiéndose entre los dos. Una promesa, una compañía para un viaje que jamás llenará maletas. Una lágrima rota contra el suelo, un recuerdo alojado para siempre en el universo de mi mente.

Las ceras siguen esparcidas, chocando perpendicular e inevitablemente contra el cuadrúpedo objeto. Una luz incide directamente sobre el párpado, propiciando así el desvelo de un iris desconcertado: La farola hace horas que se apagó. Ahí fuera el día ha comenzado. No recuerdo cuando cesó la melodía, tal vez no quiso hacer bajar a ningún viajero del tren de los sueños, lástima que el Sol no haya pensado igual. El frigorífico sigue cerrado, aunque creo que no por mucho tiempo. El contador se vuelve a poner en marcha y los segundos, a partir de ahora, escapan de uno en uno.
Finalizado en la madrugada del 21 de Febrero de 2007